500 años después

México

Desde el Monterrey de las Montañas

Guillermo García

@billyguillermo

El 13 de agosto de 1521 la ciudad de Tenochtitlán estaba por primera vez en manos españolas. Este no era el fin de la conquista. Cabría una adaptación a la frase de Churchill; la captura de Tenochtitlán “no fue el fin, ni siquiera el principio del fin, pero sí el fin del principio”. Durante los siguientes tres siglos la corona española habría de intentar colonizar, pacificar, descubrir, aterrorizar, civilizar y someter lo que hoy conocemos como México. La obra, por inmensa, quedó inconclusa. Hasta nuestros días existen comunidades en nuestro país que prácticamente son precolombinas.

Si la colonización de nuestro territorio tomó 300 años, la comprensión de esa labor titánica a 200 años de distancia también está incompleta. Uno de los motivos de esta incomprensión es que ha sido utilizada como bandera política a través de los siglos. Para los independentistas, México siempre existió pero fue sometido, durmiendo durante tres siglos bajo la opresión española. Nuestros antepasados directos no eran los españoles sino aquellos estoicos indígenas que se vieron avasallados por los malignos españoles. El acta de independencia de 1821 dice: “La Nación Mexicana que, por trescientos años, ni ha tenido voluntad propia, ni libre uso de la voz, sale hoy de la opresión en que ha vivido” pero, ¿de qué nación mexicana podían estar hablando? ¿Del pueblo mexica? El mismo Iturbide, y muchos de los que formarían el primer gobierno nacional, eran militares y funcionarios del imperio español. Poco a poco el país fue radicalizándose hasta llegar, en 1829, a expulsar a los españoles residentes en México. 

Aún hoy nuestro gobierno busca legitimarse nombrándose heredero del pueblo mexica. En un acto sin sentido (y gramaticalmente complejo) se ha pedido a España que pida disculpas por la conquista.

Creo que el problema en el entendimiento reside principalmente en dos factores. El primero es que a pesar de ser una historia increíble, una epopeya digna de leyenda griega, no hay buenos ni malos. Y sobre todo no hay buenos.

Cortés y sus hombres torturaron y asesinaron a miles de indígenas. Su motivo principal era la ambición económica. Podríamos resumirlo en la escena que narra López de Gómara: “Cortés le preguntó si Moctezuma tenía oro. Y como respondió que sí, ‘envíeme, dice, de ello, que tenemos yo y mis compañeros mal de corazón, enfermedad que sana con ello’.

Pero los aztecas eran también una sociedad maligna, con toda la dimensión de la palabra. Sacrificios humanos, canibalismo y una profunda ignorancia-fanatismo, eran algunas de las características de los señores del centro de México. Tal era el odio que habían despertado a su alrededor, que la inmensa mayoría del ejército que toma Tenochtitlán era indígena. De los casi 200 mil combatientes ganadores, menos de 2 mil eran españoles, los demás eran de los pueblos indígenas sometidos por los aztecas.

El segundo factor por el que creo que no terminamos de comprender la conquista es el lugar que nos damos en la historia. Como gobierno y sociedad ¿tenemos nuestro antecedente en las sociedades indígenas o en la corte de Carlos V? ¿O en ambas?.

Pareciera obvio que en nuestra sangre y en nuestras calles hay antecedentes españoles e indígenas. Pero el reconocer que somos producto de la fusión es aceptar que somos consecuencia del arrebato conquistador.

Octavio Paz escribió: “El mexicano no quiere ser ni indio, ni español. Tampoco quiere descender de ellos. Los niega. Y no se afirma en tanto que mestizo, sino como abstracción: es un hombre. Se vuelve hijo de la nada”.

El lugar de la batalla final por Tenochtitlán fue en donde hoy está la plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, ahí se encuentra un monumento cuyas frases sintetiza la historia de la conquista de la mejor manera que he leído: “El 13 de Agosto de 1521 heroicamente defendido por Cuauhtémoc, cayó Tlatelolco en poder de Hernán Cortés. No fue triunfo ni derrota. Fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo que es el México de hoy”.

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1 Comment on "500 años después"

  1. Buenísimo Guillermo

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