Bonapartismo Mexicano

Bonapartismo
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#PlumasGurú

Por: Michel Chaín Carrillo

Como pocas veces, la #cuatroté mostró su cara más deleznable y con una jugarreta que hasta pena le daría al Cabildo de la Presidencia Municipal más cínica que haya yo conocido, y miren que las hay, el Senado de la República aprobó un Transitorio que contraviene claramente el Artículo 97 de la CPEUM y que hace pensar en los peores, y más napoleónicos, desenlaces tanto para el actual régimen como para el país.

No hace falta ser un Doctor en Derecho para entender que un artículo transitorio en una Ley secundaría, no es suficiente para hacer algo que está explícitamente en contra de lo establecido en la Constitución.  De plano pensaron los de la #cuatroté que nunca nadie se iba a enterar de su “bola rápida” en el Senado y que un buen día se iba a presentar el Ministro Arturo Saldívar a su oficina y, ante la extrañeza de sus pares, los polis de la entrada y alguna secretaría juiciosa que lleve en orden la agenda, les iba a decir “¿qué? ¿a poco no se enteraron de que mi periodo como Ministro Presidente va a durar otros dos años?”.

Más allá de la forzada intentona de comicidad, que la verdad la incluí para que no se me noten las ganas de llorar de impotencia y de tristeza, la puñalada trapera que el régimen cuatroteísta dio en el Senado de la República, a través de un impresentable promedio del PVEM, es llevar la constante erosión de las instituciones democráticas del país a un nivel que no hace descabellado pensar en que están pasando de desmontarlas a dinamitarlas.

Contraviniendo el funcionamiento del Senado, y tratando de aplicar una “bola rápida” que fue detectada por un solitario Dante Delgado que, aunque enérgico y preciso en sus palabras, no pudo evitar que una mayoría acrítica y mandadera consumara no sólo el absurdo jurídico sino el primer movimiento claro de la 4T en lo que podría ser, no sólo la prórroga del Ministro Saldívar al frente de la SCJN y Consejo de la Judicatura Federal, sino el antecedente directo para en un futuro buscar prorrogar los periodos de otros servidores públicos en funciones, como podría ser el caso del Presidente de la República.  

Pese a que en la Cámara de Diputados se logró que la minuta fuera a comisiones, y no directamente al Pleno como buscó MORENA y sus aliados legislativos, dada su composición sería una sorpresa mayúscula que la aplanadora morenista no apruebe, ahí también, este absurdo.

¿Por qué un gobierno que, de acuerdo a la Organización Mundial de la Salud, ocasiono 190,000 mexicanos muertos innecesariamente debido a su mal manejo de la pandemia de COVID-19 y que fue incapaz de consolidar la recuperación de la economía mexicana después de que el PIB cayera -8.5% en 2020, a la que sólo le quedan cuentos chinos y tabasqueños para informar en las mañaneras, busca destruir la instituciones democráticas que tanto trabajo y esfuerzo han requerido de las mexicanas y los mexicanos?  Si ya tomó la decisión, criticable por donde se le vea, de revertir el régimen constitucional y democrático ¿por qué hacerlo de una manera tan infantilmente desaseada?

Mientras me encontraba buscando un nombre adecuado para llamar lo que el Presidente López Obrador está haciendo con el país, dudando entre autocracia y tiranía, un comentario del internacionalista Carlos Bravo Regidor en un programa de opinión dio justo en el blanco: bonapartismo.

El bonapartismo es un término utilizado por sociólogos y politólogos que encuentra sus raíces, ni más ni menos, en los escritos políticos de Karl Marx y Friedrich Engels para hacer referencia al régimen en el cual la clase económicamente dominante se ve obligada a tolerar la dominación incontrolada del Gobierno, encabezado por un personaje que bien podría llamársele “salvador”.  De esta manera, el bonapartismo aparece como un “régimen personal” que se eleva por encima de las instituciones, en este caso democráticas, y genera un régimen de excepción basado únicamente en las intenciones del salvador quien, libre de las ataduras de los pesos y contrapesos y la división de poderes, es el único que conoce la voluntad del pueblo y tiene la capacidad de traducirla en política pública.

Para no hacer el cuento (de terror) largo, precipito el triste pero no excepcional final.  Al paso del tiempo, quien se presentó como el “príncipe azul” del régimen político, termina por ser un monárquico absolutista más que, una vez liberado de las ataduras , termina por abjurar de los valores que prometió defender y, lo que debiera ser el medio día de las libertades, termina siendo la media noche de la opresión.

En términos históricos el personaje que mejor representa la esperanza y el desencanto es, sin duda, Napoleón Bonaparte.  De una juventud en Córcega donde no pudo hacer carrera en la Armada gala, Bonaparte se convirtió en el genio militar que representaba de mejor manera a la nueva Europa, pues superaba tanto el absolutismo de los luises como el dogmatismo sordo de Robespiere, el Terror y la guillotina.  Dice la leyenda que tal fue su influencia, que un ilusionado Ludwig van Beethoven le dedicó su Sinfonía n.º 3, conocida como Eroica (Heroica, en español).

Sin embargo, una vez encumbrado en el Poder, Napoleón Bonaparte no pudo evitar la tentación de jugar el tergiversado papel del héroe maldito, generándose un estado de excepción, y convirtiéndose en un muy absolutista emperador que llegó a gobernar sobre medio mundo.

Tal fue la borrachera de poder de Bonaparte que, como refleja la espléndida pintura de Jacques-Louis David que se exhibe en el Museo de Louvre, al momento de su coronación y contraviniendo la razón de ser de las monarquías de aquella época, basadas en el modelo aristotélico tomista, no es la Iglesia quien lo corona, pese a encontrarse ahí el Papa Pío VII, sino que es el mismo quien lo hace y, posteriormente, es también él quien pone la corona correspondiente sobre Josefina.

Si Luis XIV definió al absolutismo al afirmar “el Estado soy yo”, Napoleón fue un paso más allá pues estableció que el también era el Estado, pero no por obra y gracia de Dios, sino por su propia mano.  De esta manera, despojado de los mitos y la duda que amablemente se le daban a sus excesos y arranques, Napoleón Bonaparte terminó por ser un autócrata absolutista más y fue tal la decepción en Europa, que la leyenda dice que Beethoven borró la dedicatoria.

Mientras los pequeños napoleónicos de la cuatroté ensayan su coronación cada mañana, yo no puedo más que preguntar ¿quién o quienes son los Nelson que van a sacar el pecho por la mitad del mundo que queda?

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