CON SU MIRADA ME DIJO: TE NECESITO.

Departamento
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El Callejón de las Letras Rotas

Laura Sánchez Flores

Esta noche no es de las mejores en mi vida: el trabajo va mal y no encuentro una respuesta que me saque de esta situación. Trato de concentrarme en buscar una solución fumando, tomando café, e incluso intento con el alcohol pero nada funciona. Mi mente trabaja buscando algunas salidas pero todo me parece descabellado o tonto.  

Me tumbo en el sofá intentando dormir pero en el departamento de al lado, los gritos acostumbrados de la medianoche inician puntualmente, solo que esta vez me irritan hasta casi desquiciarme. Golpeo la pared para que la pareja se calle, pero fue inútil. Continúan así por media hora más, y después, silencio. Tal vez el llanto y el remordimiento los vuelve presas fáciles de una ficticia reconciliación, y sus pieles desnudas postergan lo inevitable.

Es bastante tarde pero aun así, decido salir. Tomo mi chaqueta y salgo justo cuando inician las notas de Kumbala en otro de los departamentos. Cada vecino tiene su ritual, y es momento del vecino de la música a todo volumen.  Resumiendo, están los vecinos de las peleas nocturnas, el de la música, también los de las borracheras frecuentes, y finalmente las chicas de las fiestas semanales, quienes se ubican unos pisos más arriba, y se unen a la melodía imitando estruendosamente con su canto a la Maldita Vecindad. Y en el conjunto, también estoy yo. Me enorgullece decir que soy el que contrasta en el lugar porque me dedico a trabajar como negro todos los días, buscando superar el hoyo en el que me encuentro actualmente. Repaso a cada vecino y noto que son muy peculiares, pero también concluyo que de todos, seguramente soy el más aburrido. He llegado a pensar que incluso paso desapercibido porque pareciera que nadie me conoce. Creo es mejor así. Algún día me iré de aquí y no me llevaré ni el recuerdo.

Hace frío. Debí pensarlo bien antes de salir de casa, pero decido continuar con mi caminata porque no tengo ánimo de soportar a mis estruendosos vecinos, Salgo del paupérrimo conjunto de departamentos y llego a la avenida principal. A esa hora, los semáforos parpadean en color rojo, previniendo a los escasos automóviles que circulan. De pronto, el chirrido de un auto frenando de improviso rompe la tranquilidad de la noche. A escasos metros, un sorprendido conductor desciende maldiciendo con fuertes gritos por lo sucedido.  Corro y me aproximo para ver que pasó. Ambos, el conductor y yo, nos asomamos por debajo del auto y vemos a un cachorro asustado que no sabe si salir corriendo o permanecer inmóvil. El conductor está muy enfurecido y yo intento sacar al animalito para que el auto siga su camino. Al final, lo logro.  El tipo monta en su auto y se marcha a toda velocidad, mientras yo permanezco de pie, bajo las luces parpadeantes, con el tembloroso cachorro en brazos. Y aquí estoy, parado a mitad de  la solitaria avenida, sin saber qué hacer. La mirada del cachorro se encuentra con la mía. Sus ojos me dicen que tiene más miedo que yo, que ha sufrido más que yo, y que está igual de solo que yo. Pareciera que con su mirada me implora ayuda, y tenerlo en brazos y sentir su calor me hace bien en este momento.

Han pasado varios meses desde esa noche. Decidí cuidar del cachorro por unos días mientras le encontraba un hogar, pero terminé quedándomelo. Gracias a él, todo ha cambiado, e incluso la relación con mis vecinos ha dado un giro de 180 grados. Me ayudaron con el cachorro y descubrí que son buenas personas. A ellos les gusta mucho la historia del hombre “fracasado” que salvó al cachorro y cada vez que la cuentan, la vuelven más increíble de lo que en realidad fue. Hoy veo el barrio diferente y ellos me ven como un igual. Dejé de ser el matado petulante y ellos se volvieron mi gente, mi familia, todo esto gracias a un cachorro el cual, sin querer, llegó a mi vida para quedarse por siempre.

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