CORRUPCIÓN E IMPUNIDAD: PREDICAR CON EL EJEMPLO

CorrupciónAndré Manuel López Obrador
Miguel Ángel Solis

“ENTRE VISIONES DEL PODER”

MIGUEL ÁNGEL SOLÍS

El Presidente lo dice a diario: La corrupción en México es el mal de todos los males. Los mexicanos lo sabemos. Está enquistada en todos lados: en gobiernos, en instituciones y en la sociedad. El tema es qué hacemos cada quien para erradicarla. Mucho se ha dicho, escrito, diagnosticado y debatido acerca de la corrupción en nuestro país, particularmente – y no es para menos – con respecto a su génesis, expansión y desmedido florecimiento en los gobiernos que antecedieron al que encabeza ahora Andrés Manuel López Obrador.

El combate a la corrupción, es causa y bandera de su proyecto. Como político, se ha comprometido desde hace muchos años en desterrarla. Ahora como gobernante, asume que lo hará en los 6 años de su mandato. Veremos si es posible. El reto es enorme, formidable, mayúsculo. 

Para dimensionar la proeza comprometida por AMLO, contextualicémosla grosso modo: El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, define a la corrupción como la “acción de corromper o corromperse. En las organizaciones, especialmente en las públicas, es una práctica consistente en la utilización de las funciones y medios de aquellas en provecho económico o de otra índole de sus gestores”. 

Dicho de otro modo, el que aprovecha el gobierno para robar, es corrupto. Quien corrompe la estructura y procesos administrativos para favorecer a terceros y hacer negocios ilícitos, facilita la corrupción y también es corrupto. Quien conoce de actos de corrupción y no los señala (actúa como cómplice) es corrupto por omisión. El que miente aprovechando un cargo público es igualmente corrupto porque esconde la verdad con un avieso y muy particular interés. Lamentablemente, estas prácticas han existido por siglos en nuestro país. Manuel Payno las describe muy bien en su novela histórica “Los Bandidos de Río Frío”, escrita entre 1889 y 1891.    

Se trata de proteger y beneficiar a alguien a cambio no solo de dinero, sino de favores e intereses concretos. Así, el nepotismo, el amiguismo y el compadrazgo que generan complicidades, son medios que allanan el camino a la corrupción. Ningún gobierno se salva. 

Cuando no hay autoridad que la vigile y sancione, cuando las leyes o normas son laxas e inexistentes para establecer límites, se genera lo trascendente: la IMPUNIDAD.

La corrupción no surge por generación espontánea. Nace desde nuestra formación, desde el seno familiar. Los seres humanos ejercemos poder, formas de chantaje y esquemas de dominación hacia los demás. En sociedades donde predomina una educación fincada en valores como el respeto a la autoridad y el establecimiento de límites que se traduce en características que se vuelven colectivas, como la honestidad y la transparencia, tenemos como resultado sociedades donde se privilegia el respeto a la ley. Desafortunadamente no es el caso de México. 

También tenemos miedos y límites. Cuando no se hace caso a algo o a alguien, se vulnera la figura de autoridad. En una familia, en una sociedad y en un gobierno, quien trasgrede las reglas, debe hacerse acreedor a sanciones, a consecuencias. Nadie debe quedar impune. México es una de las excepciones. 

Cuando hay límites y estos son alentados desde la familia por el temor que implica violarlos (porque se sancionará), se generan sociedades honestas y transparentes que evitan a toda costa corromper y corromperse. Por eso, cuando se fomenta la corrupción, los límites no existen, hay impunidad, y ésta se estimula y arraiga porque no hay castigo. En nuestro país esta es una regla.

Andrés Manuel López Obrador surge como la figura que representa a la autoridad, misma que, través de su liderazgo y ahora como jefe del Ejecutivo Federal, convoca, exige, demanda, señala, incluso reprime (regaña) a los que la practicaron (“neoliberales del pasado”) y amenaza con ponerlos en la cárcel (el “que la hace la paga”). La consigna es clara: cuidado con trasgredir a la autoridad. 

Lo mismo dice frente a quienes hoy son gobierno (sus colaboradores) y reta a los que llama “malosos”, advirtiéndoles: “nada al margen y nadie por encima de la ley”. El mensaje es directo: aquí mando yo. Sin embargo, es imposible que un solo hombre se abrogue la titánica proeza de exterminarla.    

La corrupción parecería que es un mal endémico (exclusivo) en los mexicanos, pero no es así. En muchos países, por desgracia, también se practica. Se castiga de manera diferente de un país a otro, y por ser un mal atroz, es rechazado por muchas sociedades. De acuerdo a datos de 2018 de la organización Transparencia Internacional (con sede en Berlín, Alemania), en materia de percepción de la corrupción, México ocupa el lugar 138 de 180 países, junto a Nueva Guinea, Irán, Líbano, Papúa y Rusia. De los países pertenecientes a la OCDE, México ocupa el último lugar. En cambio, Dinamarca, Nueva Zelanda, Finlandia, Suecia, Suiza y Noruega, ocupan los primeros lugares en materia de combate a este flagelo. 

Países que la castigan con severidad, disponen de leyes e instituciones diseñadas para aplicar la norma. Tienen un sistema educativo, de valores, autoridades y familias que propician la convivencia de todos dentro de un Estrado de derecho, donde se predica a diario con el ejemplo. En el caso de la corrupción, ésta se castiga y punto.

Aunque en México se ha destinado tiempo, capacitación, recursos humanos y materiales a su prevención y combate, el esfuerzo ha quedado muy por debajo de las expectativas. El resultado ha sido insuficiente. Nuestros gobiernos no aplican la ley contra quien delinque (la corrupción es un acto delictivo). De hecho, la corrupción no está tipificada como delito grave en nuestra Constitución. Por fortuna, AMLO propuso al Congreso incluirla, decisión que se aplaude y festeja. Esperemos que llegado el momento, se aplique con severidad. 

Los gobiernos priístas y panistas, a pesar de que impulsaron la creación de organismos para su combate (Instituto Federal de Transparencia y Secretaría de la Función pública, por ejemplo), no fueron capaces de resolver el tema de fondo: PONER UN ALTO A LA IMPUNIDAD. 

Solemos criticar con justificada razón el pasado ligándolo a la corrupción. No es para menos. Sin embargo, cabe cuestionarnos si todos hemos sido o somos honestos y transparentes en nuestro día a día. Es claro que la pureza no existe al cien por ciento, pero hay normas, valores y límites que –decíamos – se aprenden desde el seno familiar. Permiten que una sociedad tenga niños, jóvenes y adultos honestos. Esos valores y límites se fortalecen mediante un sistema educativo de calidad  del que también hemos carecido en México.

No porque uno se asuma a título personal como honesto, lo es. Debemos todos, poner el ejemplo. Los gobiernos priístas bien ganado se tuvieron el rechazo en las urnas, justo producto de las prácticas desmedidas de corrupción. Su mal ejemplo le valió perder el poder.

Hay impunidad porque nos se aplica la ley, pero lo peor es que nosotros diariamente la potenciamos y la auspiciamos ¿por qué? Porque obedecemos “reglas” autoimpuestas por la misma sociedad que se traducen en impunidad (repetimos patrones). 

La positiva y empecinada idea del Presidente de combatir la corrupción, genera en muchos, esperanza cierta, emoción y hasta revanchismo, pero también es necesario que AMLO sea el primero en auspiciarla con hechos y no solo con sermones, amenazas y amagues. 

Debe, entre otras medidas, evitar la puesta en marcha de programas sociales sin reglas de operación y sin fiscalización que generan OPACIDAD, prima hermana de la corrupción. La transparencia es el antídoto. 

Fustigar y cancelar recursos a las Organizaciones de la Sociedad Civil (OSC) que realizan su trabajo de manera eficaz y transparente – en más de las veces como contrapesos a la impunidad y a la corrupción – fue una decisión presidencial que le “quita dientes a la sociedad” para sumarla a su combate. Mantenerlos ayuda a prevenirla. 

De la misma manera actúan los órganos reguladores o autónomos, siempre y cuando no exista conflicto de interés, mismo que cuando se presenta, también es una expresión clara de corrupción. Designar jueces, magistrados y fiscales a modo, es corromper el sistema de justicia. 

Mentir, dar cifras y datos para ganar adeptos, también ejemplifica que no hay valores, que se utiliza el púlpito y el poder para dominar, para ejercerlo a costa de alimentar falsas esperanzas en la gente. Esto también lo vemos en los ámbitos estatal y municipal, que de ninguna manera justifica que si el Presidente lo hace, todos deben replicarlo.

En el pasado – aunque también en el presente observamos indicios claros – se han generado incentivos perversos que alientan la corrupción, mismos que deben desterrarse. La rendición de cuentas, la transparencia y la aplicación de la ley, deben ser la clave para erradicar la corrupción y la impunidad. No se debe alentar por ningún motivo que los las instituciones se corrompan. La concentración del poder, fomentada por el PRI, echó raíces en la sociedad y se dice, se convirtió en “razgo cultural”. Esto generó pobreza, frenó y desincentivó la inversión. Hoy estamos en la antesala de correr también ese riesgo.

Por décadas se ignoró la creación de órganos que auditaran y evaluaran el desempeño de las instituciones y de los servidores públicos. Mucho menos, se generó un marco institucional para contar con un sistema educativo eficiente que contribuyera a crear una sociedad de bien, de sólidos valores y principios cívicos.

La creación de redes de tráfico de influencias e impunidad desmedida, sin que por años existieran consecuencias ejemplares para frenar la corrupción, representa un reto de trascendental importancia para el actual gobierno. Es un problema complejo e institucionalizado. Durante 70 años de dominación priísta, se creó desde el Estado, una ideología de apatía, mediocridad y conformismo de la población. Hubo sin embargo, cambios e intentos de atajar ese sistema de incentivos perversos, pero los esfuerzos no alcanzaron, justo por acción u omisión.

El crimen organizado, el huachicoleo, los contratos de obras y servicios sin licitación o que favorecen a grupos específicos cuando la norma no lo permite, son ejemplos claros de corrupción. Combatirlos, requiere visión, decisión y estrategia, no solo buenas intenciones y desplantes de autoritarismo. 

Sin duda, los mexicanos debemos acompañar los esfuerzos que emprende el actual gobierno para enfrentar a la impunidad y a la corrupción. Para ello, el Presidente debe ser ejemplo vivo todos los días. 

No basta – aunque es una  buena intención – el discurso para persuadir, llamar la atención y “regañar” a “los malandrines y malos funcionarios”. Tampoco es suficiente con echarle la culpa a los “neoliberales, conservadores, pillos y bandidos del pasado”. De lo que se trata, es de empujar ese llamado “cambio verdadero” con acciones congruentes, claras y permanentes, despojadas de mensajes moralistas que no brindan resultados concretos y tangibles. 

El sermón mañanero ayuda, pero no es, ni por mucho, suficiente. No corta de raíz el problema. Requerimos fortalecer los valores y límites (fomentados desde la familia y el sistema educativo), y contar con un Estado que aplique la ley a secas. De lo contrario, la impunidad será perenne. 

Seríamos un mejor país si todos ponemos de nuestra parte. No seamos un eslabón de corrupción e impunidad, incluyendo al Ejecutivo Federal, a su gobierno y poderes que deben ejerce su plena autonomía. 

Vemos y oímos a diario el discurso del bien y el mal, donde un hombre se asume como el salvador que quiere “terminar con la pesadilla política del neoliberalismo” que engendró la corrupción e impunidad.

Mientras, el pueblo confiado aguarda el baño de pureza con el agua bendita de la eterna esperanza. Y así, esperará paciente para ver si con esa pócima discursiva se va a acabar la corrupción de golpe y porrazo. 

Intenciones y promesas por si solas, no podrán extirpar el cáncer de la corrupción. Sería deseable que el Presidente y su gobierno sean congruentes con el decir y el hacer. De otro modo, jamás saldremos del lugar 130 como uno de los países más corruptos del mundo. Todos, incluido AMLO, debemos predicar con el ejemplo.      

About the Author

Miguel Ángel Solís
Politólogo. Consultor político. Experto en estrategia y comunicación política para campañas electorales, de gobierno y comunicación organizacional. Ex servidor público e investigador universitario. Apasionado del orden, la disciplina y la organización.

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