Daniel Ortega. ¿Traidor de la Revolución Sandinista?

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Sobre la Marcha.

Rafael Martínez de la Borbolla

@rafaborbolla

“Nosotros iremos hacia el sol de la libertad o hacia la muerte; y si morimos, nuestra causa seguirá viviendo. Otros nos seguirán”.- General Augusto Sandino. 

En medio de la guerra fría en America Latina del Siglo Pasado existían 3 dictaduras que representaban lo peor de nuestra historia y realidad; François Duvalier en Haiti, el General Augusto Pinochet en Chile y Anastasio Somoza en Nicaragua, tras luchas, sabotajes, lágrimas, sudor, sufrimiento, tortura, valentía, conspiraciones y sangre los tres cayeron, pero excepto Chile, su caos actual es peor que el del pasado, algunos ciudadanos de a pie incluso, añoran los tiempos pasados. 

El principio del fin de la tiranía somocista (1937-79) llegó cuando el pueblo de Nicaragua respaldó masivamente el espíritu de unidad política del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) y de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional (JGRN). Fue la lucha de luchas, pueblo contra dictadura. Cualquier observador neutral entendía cual era la causa que merecía el triunfo. 

General Augusto Sandino

Ya identificado plenamente con la lucha sandinista y habiendo roto relaciones dipolomáticas con el Dictador Somoza el gobierno mexicano dio marcha a una campaña de proselitismo interamericano dirigida al bloqueo diplomático de la dictadura; envió armamento por conducto de Costa Rica y de alguna manera reconoció al nuevo gobierno nicaragüense en el exilio, pese a la petición del gobierno de Carter de condicionarlo. Así mismo, en junio de 1979, en el marco de la XVII Reunión de Consulta de Cancilleres de la Organización de Estados Americanos (OEA), México buscó echar abajo la iniciativa norteamericana de enviar una Fuerza Interamericana de Paz a Nicaragua que pusiera fin a los combates y que garantizara una transferencia pacífica del poder. El sesgo intervencionista de la propuesta estadounidense, así como la falta de títulos de la OEA para negociar con Somoza, fueron subrayados por Castañeda: “La OEA -sostuvo el canciller mexicano- no puede ni legal, ni política, ni moralmente, intervenir en este asunto puramente interno de Nicaragua”. Washington se vio obligado a desistir ante la desaprobación mayoritaria de las cancillerías latinoamericanas. De acuerdo con Galván Corona, “la mayoría de los Estados latinoamericanos confiaban por entonces en que la revolución nicaragüense, ante todo nacionalista, respetaría el pluralismo político interno y el no alineamiento externo”.

A un costo de 35 mil vidas en un país habitado entonces por 4 millones, el FSLN alcanzó una suerte de “empate técnico” en su lucha contra la feroz Guardia Nacional financiada por la CIA, para la fortuna de los Sandinistas; la administración Carter estaba más preocupada sobre los eventos en el medio oriente y los derechos humanos, que sobre apoyar dictaduras en pequeñas Repúblicas de América Central. El 17 de julio de 1979 Anastasio Somoza huyó a Miami.

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Entonces las instrucciones llegarón de sus líderes exiliados en México y Costa Rica a los revolucionarios, era ahora o nunca, y el FSLN apretando los dientes, lanzó la ofensiva final, el 18 de julio la JGRN (exiliada en Costa Rica) se desplazó a León, ciudad a la que ambas fuerzas proclamaron “capital provisional de Nicaragua”. Y el 19 de julio, el FSLN entró en Managua, envuelto en el grito de Sandino recuperado por la multitud: ¡Patria libre o morir!

En el México de José López Portillo el FSLN tenía su oasís, al PRI de entonces, al fin y al cabo resultado de una Revolución, veía con ojos protectores a los rebeldes, eran su reinvidicación dogmática como en su momento fue la Revolución Cubana, tanto así que nada más las tropas revolucionarias, cuyo mucho de su armamento y financiamiento se entregaba clandestinamente desde México, entraron triunfales a Managua, muchos de sus líderes salieron en el avión presidencial rumbo a su liberada capital para sellar su victoria. El pueblo Nicaraguense había derrotado a balazos a la Dictadura. La Revolución había triunfado. 

Vanidades, inconsistencias, dogmatismos, narcisismos, traiciones, sectarismos, oportunismos y otras miserias de la lucha quedaron atrás. Pueblo de poetas y guerreros, los sandinistas regalaban al mundo esperanzas, vigores renovados, optimismo, desprendimiento, amores, música y gran alegría colectiva. Como solo pasa cada cien años, los buenos habían ganado.

Cuarenta y dos años después la familia Somoza está ahí. Daniel Ortega es la principal prueba del fracaso de la revolución sandinista. Olvido sus ideales, resultado de  la obseción de poder que perdura y arruina históricamente a Latinoamérica. Un traidor de los guerrilleros que hace 42 años estaban tomando el poder en Nicaragua. Daniel Ortega y otros siete comandantes que conformaron lo que se llamó “Dirección Nacional”, un órgano que concentró en sus manos el poder público, político y militar de Nicaragua. Una dictadura colegiada.

El Sandinismo se comporta como el Somocismo, su enriquecida clase politíca ha elegido la más peligrosa de las opciones: intentar perpetuarse en el poder. La deriva emprendida desde hace años por el Gobierno de Ortega parece haber entrado en nueva fase con la reciente detención de figuras de oposición a pocos mese de las elecciones del 7 de noviembre de 2021. “Ortega lleva en el poder desde 2006. En estos años se han aprobado nuevas leyes y cambios en la Constitución que ahora facilitan que el Frente conserve el poder. Las próximas elecciones están condicionadas por esa ruta llevada a cabo en el Parlamento en los últimos 10 años”, sentencia Laurin Blecha, investigador de la Universidad de Viena, experto en Nicaragua. 

El desmantelamiento de las instituciones democráticas ha llegado a tal punto, que hacer oposición política en el país es prácticamente imposible. “Tanto que se se legistlo la ley 1055 donde se formula de forma abierta que casi todo lo que hace la oposición se considera ir contra el pueblo nicaragüense. Con esa ley en la mano, ya no existe más la posibilidad de ejercer crítica”, agrega Blecha. 

En total, han sido detenidos cinco posibles candidatos a las elecciones presidenciales de noviembre de 2021, así como numerosos periodistas y empresarios, la mayoría de ellos bajo esa controvertida ley de traición.

Daniel Ortega

La ley de traición establece en términos genéricos que cualquiera que sea declarado culpable de actuar contra “la independencia, la soberanía y la autodeterminación” de Nicaragua podría ser calificado de traidor. Un poder judicial profundamente comprometido puede fácilmente equiparar críticas legítimas al presidente con crímenes contra el Estado.

Tras el triunfo de la Revolución, el país quedó en manos de una generación treintañera, desaliñada y arrogante. Decía ser la vanguardia de una revolución que cambiaría a Nicaragua para siempre. La nueva Nicaragua. La experiencia y las calificaciones de los otros —los más viejos, los distintos—- eran desdeñadas como parte del ancien régime.

Los cargos y las responsabilidades recayeron sobre “el hombre nuevo” que representaban ellos. La medida para seleccionar quién era quién la determinó cuánto le “había costado la causa” a alguien. Y así se vió a legendarios guerrilleros, casi analfabetas, administrando importante cargos de gobierno. Un desastre. Valía más un historial guerrillero o un carné de militante que un título universitario. Proliferaron los grandes proyectos que no iban para ningún lado y terminaban convertidos en inservibles elefantes blancos.

El mito del joven que se sumó al clandestino Frente Sandinista a finales de los sesenta, que asaltó bancos y participó en conspiraciones contra la guardia de Somoza, que estuvo encarcelado y fue torturado por la dictadura, y más tarde regresó triunfante del exilio para forjar la “Nueva Nicaragua”, dio paso a un hombre mezquino, envejecido, encorvado, con el rostro mustio, cuya familia es más voraz y adinerada que cualquier Somoza, que pasa la mayor parte de sus días encerrado en su búnker, una fortaleza militarmente resguardada, desde donde encaja el golpe que significó la rebelión de abril en 2018, cuando miles de nicaragüenses —la mayoría jóvenes idealistas como alguna vez lo fue él— retaron su poder tomando el control de las calles. Ortega ahora gobierna al lado de su esposa, Rosario Murillo a quien ha bautizado como la Eternamente Leal, y de sus hijos, quienes controlan un poderoso aparato mediático, convertidos en ricos empresarios. Todo un derroche en el país más pobre de América después de Haití.

Daniel Ortega es Anastasio Somoza y puede ser peor. Hay mucho más de somocismo en el régimen de Daniel Ortega que algo de los ideales que inspiraron la revolución hace 42 años. Incluso, hay quienes creen que hay mucho más de somocismo en esta dictadura que en la dictadura del propio Somoza, si se considera al “somocismo” como esa etiqueta que desborda a Somoza y define a un gobierno autoritario, corrupto y cruel.

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