Democracia, cuatroté y tiranía

Presidente
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Michel Chaín Carrillo

Dado el interés del presidente López Obrador por impulsar una consulta a todas luces absurda, supuestamente para que “el pueblo” decida si se juzga o no a los expresidentes, aunque no hay ningún impedimento legal para que se les juzgue si hay pruebas suficientes y la previsible resolución en sentido negativo por parte de la SCJN, las instituciones que heredamos de la Ilustración y que permiten acercarnos a un régimen democrático de libertades  y que sustentan las libertades y la democracia el país están a prueba.

Nadie puede decirse engañado y, quien no se haya enterado, es porque ideológicamente se negó a escuchar y leer explicaciones que, gente mucho más preparada en el tema que yo, han dado estos últimos en todos lados: no hay ningún impedimento legal para juzgar a cualquiera de los expresidentes de este país.

Sea como sea, la insistencia del presidente López Obrador para que el INE organice una consulta popular donde se pregunte a los votantes si están a favor de que se juzgue a los expresidentes Salinas, Zedillo, Fox, Calderón y Peña es una tomadura de pelo que, con un poco de la suerte a la que el presidente le confía que la economía salga adelante, puede acabar en genialidad política a tres bandas.

Tomadura de pelo, para abrir la plática, ¡porque es innecesaria!  No hay ningún impedimento legal para que la Fiscalía, ya sea la General de la República o la de alguna de las entidades federativas, inicie una carpeta de investigación contra cualquiera de los exmandatarios si es que tiene los elementos acusatorios necesarios. 

Es más, hasta donde recuerdo, no hay ninguna demanda presentada contra Salinas, las que hubo en su momento contra Calderón están en la cancha internacional, Peña se la pasa haciendo vida de “celebridad” del otro lado del charco y ni modo que a Zedillo se la hagamos cansada por los suetercitos de cuello “V” que usaba antes de 1995 o por sus chamarras de piel con resorte en la cintura ya como presidente.  ¡Aún peor! Que le hagamos la mala obra a Luis Echeverría recordándole a la yihad cuatrotera que está vivo, es muy vivo, y que es el decano de los expresidentes vivos (aunque algo me hace sospechar que quizá le tengan simpatía ideológica).

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¿Se imaginan el “oso” en caso de que se logre realizar la dichosa consulta y, a la hora de la hora, no salgan las cuentes y resulte que nadie se encargó recopilar y sistematizar la información para contar con las evidencias necesarias para que, más allá del discurso placero, se les pueda acusar de algo ante la Ley?

Lo más probable es que la Suprema Corte haga su trabajo de manera seria y con apego a la Constitución, deseche la consulta y sufra la andanada de radicales cuatroteístas que se les van a ir encima, tanto a la institución como a los magistrados en lo individual, además de algún recargón de los feítos por parte de Palacio en caso de que el Ministro Saldívar, en su calidad de titular del Poder Judicial, no alcance a establecer un acuerdo de estabilidad y conducción política respecto a esta resolución con el titular del Poder Ejecutivo, el Presidente López Obrador, en su doble papel de promovente y Poder par.

Porque precisamente en la división del Poder del Estado en tres podres está uno de los puntos sensibles que muchos mexicanos desconocemos o pasamos por alto, particularmente en MORENA y los círculos más cercanos a Presidencia donde hasta los que saben prefieren fingir demencia para que no los señalen de enemigos, pero que es fundamental: el ejercicio del Poder en regímenes democráticos requiere de límites y contrapesos al poder del Ejecutivo.  No es que la Corte quiera llevarle la contra a la cuatroté o que la Cámara de Diputados vaya a tener el atrevimiento de meterle mano al proyecto de Presupuestos que les mandó el presidente: es que esa es su razón de ser en la gran mayoría de los gobiernos liberales democráticos, ya sean parlamentarios o presidencialistas.

Así como el Renacimiento (siglos XV y XVI) fue una época breve, en términos de las etapas históricas de Occidente, pero muy poderosa en términos culturales que, en lo que al Estado y la manera de gobernar se refiere, rompió con la visión aristotélico-tomista de la Edad Media e hizo posible la Edad Moderna y el concepto de Estado propio de Maquiavelo (“El Príncipe”, 1531), la Ilustración (mediados del Siglo XVII a los primeros años del Siglo XIX) fue un periodo igualmente revolucionario en términos de ideas, donde se crearon las bases para las instituciones liberales de la actualidad, como el mercado o la democracia, al romper con los paradigmas despóticos de los monarcas de la época (“el Estado soy yo”) y diseñar arreglos institucionales para evitar la concentración del Poder en una sola persona y, en contrapartida, favorecer la revaloración del ciudadano como fin último de la acciones de gobierno, tal como sucede con el principio de la División de Poderes, que fue creado para limitar la tentación totalitaria de los gobernantes y que perdura hasta nuestros días..

En palabras del propio Montesquieu (1689-1755) la División de Poderes se basa en que “para que no se pueda abusar del poder hace falta que, por la disposición de las cosas, el poder detenga al poder”. 

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Lo anterior, en el caso de México, significa una Suprema Corte independiente en el Poder Judicial, resolviendo controversias constitucionales para frenar las intentonas, tanto del Legislativo como del Ejecutivo, de ir más allá de la Carta Magna.  Significa un Poder Legislativo que además de hacer leyes también se encargue, vía la Cámara de Diputados, de autorizar el presupuesto de Ejecutivo y del Judicial, además del propio, así como de vigilarlos.  Significa contar con lo anterior para tratar de contener al Poder Ejecutivo que, a diferencia de los otros dos que son cuerpos colegiados, la Presidencia recae en una sola persona que, en la medida que es humana y por lo tanto imperfecta, necesita de límites institucionales que eviten que trastoque el orden democrático.

¿La cuatroté estará a favor de la democracia o de facilitar una tiranía? Veremos y diremos.

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