DONALD TRUMP: EL RUGIDO DEL RATÓN

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Sobre la Marcha…

Rafael Martínez de la Borbolla
@rafaborbolla
“Este tipo de veneno puede realmente filtrarse en una democracia y deslegitimar la forma tradicional en que se desarrolla la política en este país”. – David Farber

Ante la falta de pruebas del supuesto fraude electoral, el Colegio Electoral de Estados Unidos confirmó al demócrata Joe Biden como el ganador de las elecciones presidenciales del pasado 3 de noviembre, culminando con el periodo más tenso, desde la guerra civil, en la historia de la democracia en Estados Unidos. 

Desde que enfrentó a Hillary Clinton hace ya 4 años, que parecen siglos, Donald Trump sentenció que solo reconocería los resultados sí él resultaba ganador, sorpresivamente así ocurrió. La noche electoral del 3 de noviembre de este año ante el conteo de los votos adversos enviados por correo en los estados en disputa, el mandatario afirmó que las elecciones estaban amañadas, existió fraude y se declaró vencedor.

Desde entonces, el autoritario personaje emprendió al menos un total de 60 acciones legales en tribunales estatales para impugnar los votos, de los cuales únicamente uno fue aceptado por el poder judicial en Pensilvania, la cual no cambiaba en lo más mínimo los resultados de las urnas. Esta serie de derrotas tiene una explicación lógica: no hubo fraude electoral.

Sólo el 18% de los republicanos mostraba desconfianza en el sistema electoral estadounidense antes del 3 de noviembre, pero el daño a la democracia esta hecho, según una encuesta que el medio estadounidense Político ha realizado entre el 6 y el 9 de noviembre, el 70% de los votantes republicanos creen existió fraude.

Las declaraciones de victoria de Trump y su negativa a admitir la derrota no tienen ningún impacto en el resultado: la transición hacia la Casa Blanca de Biden está en marcha, así sea a la fuerza Trump y allegados deberán desalojar la Casa Blanca. A medida que los intentos por desafiar el resultado de las elecciones fracasaron en los tribunales, un silencio inquietante también se ha ido apoderando de su círculo rojo. 

Hay más hechos penosos para esta campaña. El equipo de Trump pagó US$3 millones por un recuento de votos en Wisconsin, que terminó otorgándole más de un centenar de votos extra a su rival. Y los supuestos testigos estrella que anunció su equipo legal, algunos parecieran hubieran recién escapado de un Instituto Psiquiátrico, fueron incapaces de argumentar el supuesto fraude. Una de estas testigos brindó un testimonio tan endeble que la oposición incluso aseguró que estaba ebria cuando se presentó en la corte. Entonces, si la humillación en los tribunales era inevitable, ¿por qué Trump insistió en descalificar? La respuesta se encontraría en los últimos 500 correos de su campaña.

El equipo del presidente envió cerca de 500 correos a sus simpatizantes en los que les aseguraba que las elecciones habían sido fraudulentas y que por ello necesitaba fondos para pelear en las cortes. Trump les pidió que le consignaran dinero al Fondo de Defensa Electoral. Así consiguió cerca de US$207 millones después de las elecciones. Esta cifra es mucho mayor que la de las recaudaciones mensuales de su campaña antes de los comicios. ¿Como estará la politización que ningún donante se cuestiono: Cómo se gasto el dinero?

La letra pequeña de esos correos les informaba a los seguidores del presidente que el dinero recaudado no solo estaba destinada a las batallas legales, sino que en su mayoría serviría para pagar las deudas de la campaña de Trump e iría a dar a Comités de Acción Política, como el Comité Nacional Republicano, y a otro en especial, el comité Save America, con fines opacos que misteriosamente Trump fundó apenas en noviembre.

Los votantes republicanos, generalmente frustrados por su falta de éxito y con menor educación, aceptaron las falsas afirmaciones de fraude electoral masivo que sus mesiánicos líderes han estado aseverando durante años como parte de una estrategia para apoyar las restricciones al voto, y con el objetivo de que esto impacte de manera desproporcionada en los votantes demócratas. Seguramente, existen casos de fraude electoral ocasionales y solo determinantes como para impactar las contiendas locales que se deciden con un puñado de votos.

Trump construyó su carrera política promoviendo el discurso de odio, como la teoría conspiratoria de que el ex presidente Barack Obama no era ciudadano estadounidense. Ahora, sin ninguna evidencia y arrastrando al precipicio a todo lo que le rodea, habla de una conspiración criminal mucho mayor que roba decenas de miles de votos. Un esfuerzo criminal inverosímil que requeriría la cooperación de miembros de ambas partes y de la intervención de altos funcionarios de su mismo gobierno. 

Seguramente el futuro de Trump, al igual que su administración, sea frívolo pero amenazante y escandaloso. Tampoco estará completamente bajo su control. Enfrenta una serie de acciones legales civiles y penales, más de cien, relacionadas con los negocios de su familia y sus actividades antes de asumir el cargo, que podrían acelerarse una vez que pierda las protecciones legales otorgadas al ocupante de la Oficina Oval. El que siembra tormentas cosecha tempestades. 

El fiscal de distrito de Manhattan, Cyrus Vance, ha estado llevando a cabo una investigación criminal contra Trump y la empresa familiar, la Organización Trump. La investigación se centró originalmente en los pagos de dinero secreto hechos antes de las elecciones de 2016 a dos mujeres que dijeron haber tenido encuentros sexuales con Trump, lo que el pronto ex presidente ha negado, sugiriendo recientemente que existe una investigación en curso sobre el narcisista magnate de fraude bancario, fiscal y de seguros, así como en la falsificación de registros comerciales. 

Paradójicamente, solo Joe Biden sea el equilibrio de la balanza, y para mantener el orden, enfrentar efectivamente la Pandemia y curar divisiones al norte del Río de Bravo no permita la última humillación, que la harían propia millones de manipulados norteamericanos; al xenofóbico personaje y familiares: la cárcel.  

Como todo en política, todo es relativo y dependerá de lo que le convenga al nuevo poder en Washington y sus circunstancias. 

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