El festejo, la corrupción y el mito de la esperanza

“Entre Visiones del Poder”
Por: Miguel Ángel Solís

Me cuento entre los mexicanos que sabemos que el combate a la corrupción es un principio ineludible e irrenunciable que deben abanderar todos los gobiernos, del nivel que sea y de cualquier signo político. De ahí que la eterna promesa de AMLO de acabar con este flagelo y con la impunidad que impera en nuestro país, debe aplaudirse; sin embargo, no hay motivos para festejar (el pasado 19 de marzo publiqué en estas páginas el artículo “Corrupción e Impunidad: Predicar con el Ejemplo”, donde analizo con mayor detalle el tema de la corrupción).

El Presidente se cansó – como el ganso al que apela – de insistir, machacar, señalar y fustigar que antes que nada, en México “se debe acabar con la corrupción como principio de todas las acciones de gobierno”. Insiste en decirnos que no puede existir pueblo bueno, con gobierno malo y corrupto, “gobierno rico, con pueblo pobre”. Ni qué decir de su llevada y traída frase: “Al margen de la ley nada; por encima de la ley, nadie”.

Sin embargo, las señales que su administración envía todos los días para acabar con estos males, van en dirección contraria.

El Presidente cree que por el hecho de repetir un día y otro también que acabará con la corrupción, ésta desaparecerá por acto de fe. La promesa de que su gobierno será transparente y que no ocultará nada “porque él no traiciona al pueblo”, encierra una trampa en la que muchos mexicanos han caído. Otros que cayeron ven que esa promesa se esfuma.

Parece que a AMLO no le hace mella que México siga ocupando el primer lugar en la lista de países más corruptos del G20 y de la OCDE (recomiendo leer el artículo de Rafael Lagos Inoriza publicado aquí, el pasado 25 de junio).

Se percibe desencanto en algunos sectores que votaron por él y se reafirma la posición de incredulidad en quienes no le dieron su voto. Una encuesta nacional reciente elaborada por “México Elige” indica que su popularidad ha bajado en promedio 18.7 puntos porcentuales en comparación al pasado mes de febrero.

A pesar de que él y sus fieles no se cansan de repetir que AMLO es el Presidente con mayor popularidad, la última encuesta de Roy Campos dice que se encuentra abajo de Fox y Calderón comparando los segundos semestres de sus gobiernos, ubicándolo en un 61%, 2 puntos por debajo del primero y 4 del segundo.

En la encuesta de Mitofsky, publicada ayer por El Economista, a la pregunta acerca de algunas cosas que el Presidente ha hecho o propuesto desde que ganó “¿están bien o están mal?”, La respuesta de un 75 por ciento es que está mal que no se castigue a los corruptos.

 Si la máxima apuesta y oferta de campaña fue y es acabar con la corrupción, lo deseable sería que en efecto, AMLO y su gobierno demostraran fehacientemente que caminan en esa dirección y no en la opuesta.

No basta con culpar al pasado. Si bien, gobiernos anteriores a éste se consumaron como campeones de la corrupción y la impunidad, no hace falta que a diario lo repita. Eso lo sabemos de sobra, aunque él tenga otros datos. Lo que hace falta es que emprenda acciones reales, efectivas y concretas para atacarlas. Requerimos menos discurso, demagogia y engaño, y más, mucho más efectividad.

La compra de pipas sin licitación, la falta de estudios técnicos para construir el aeropuerto de Santa Lucía, la refinería de dos bocas y el Tren Maya, son algunos ejemplos que demuestran con extrema claridad que una cosa son sus dichos y promesas, y otra, la triste realidad. Nada que festejar.

Su mayor apuesta se desmorona frente a nuestros ojos, pues la corrupción no sólo es brincarse la ley de adquisiciones. También designar como magistrada a la esposa de José Ma. Riobóo, el constructor “de confianza” de AMLO, es otra forma de corrupción. Nombrar a funcionarios y miembros de comisiones, institutos, organismos e instituciones de gobierno sin mérito profesional y sin experiencia, también es corrupción. Ahí está PEMEX y el CONACYT. Nada que festejar.

Instruir a su bancada para confeccionar una ley a modo para que Paco Ignacio Taibo II ocupe la Dirección del Fondo de Cultura Económica, es una manera de alentar la corrupción. Nada que festejar.

Dejar sin empleo a más de 11 mil burócratas para incorporar a sus fieles, sin previo análisis de trayectoria y experiencia de quienes fueron despedidos con el solo argumento de formar parte de administraciones “neoliberales”, es sinónimo de arbitrariedad y autoritarismo que es otra forma de corrupción. Nada que festejar.

Nombrar al Coordinador de los Súper Delegados, Gabriel García Hernández, quien detenta un cargo partidista y, al mismo tiempo, es servidor público, cuando los estatutos de Morena lo impiden, cuyo resolutivo 312-2018 dice que “representa una trasgresión a los principios democráticos”, es otra faceta de la corrupción. A eso sumémosle el reparto de recursos que hace desde Presidencia de manera opaca. Nada que festejar.     

Prometió “meter a la cárcel a corruptos neoliberales” y a la fecha no hay ni un solo detenido. Sólo se han girado órdenes de aprehensión contra algunos funcionarios menores, de nivel medio y contra el exdirector de PEMEX, quien ya cuenta con un amparo. De los llamados por el Presidente “empresarios de cuello blanco”, ni hablar. Alonso Ancira, dueño de Altos Hornos de México, fue detenido en España, pero un juez le otorgó libertad condicional a partir del pago de 1 millón de euros. Nada que festejar.

Mientras el Presidente dice insistentemente que “la corrupción se barre de arriba para abajo”, ésta sigue ahí presente y latente. Ahora resulta que el Director de la CFE, Manuel Bartlett, le asignó un contrato al hermano del que llama AMLO líder de la “mafia del poder”, a la que, por cierto, perteneció el propio Director de la ahora empresa productiva del Estado. Nada que festejar.

Aun año de ganar la Presidencia, hay más sombras que luces en el combate definitivo y para siempre a la corrupción y la impunidad, pero él lo festeja. Es claro que no hay voluntad plena, real y efectiva del Presidente para exterminar estos males. Sólo pinceladas, promesas y buenas intenciones. 

No se trata de proteger y beneficiar a alguien a cambio no sólo de dinero, sino de favores e intereses concretos. Así, el nepotismo, el amiguismo y el compadrazgo que generan complicidades, son medios que allanan el camino a la corrupción. Ningún gobierno se salva, éste tampoco.

Bien lo señaló Denise Dresser en su artículo de ayer, publicado en Reforma: “La ilegalidad no se combate con más ilegalidad. La discrecionalidad no se arregla con más discrecionalidad”.

No basta el voluntarismo presidencial. Falta mano dura y firme que se traduzca en decisiones certeras que verdaderamente ataquen de frente a la corrupción. Que la aplique con esa fuerza que manifiesta en la entonación de sus discursos cuando se refiere a la corrupción heredada por los gobiernos neoliberales. 

En tanto, y a pesar del déficit en materia de combate a la corrupción e impunidad, a sus seguidores no les importa que las palabras de AMLO se las lleve el viento. De cualquier forma, los hizo caer en su trampa discursiva.

Al cabo puede más la esperanza de campaña que las acciones efectivas de gobierno.      

Y aunque festeje lo infestejable, que siga el mito de la esperanza.   

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Miguel Ángel Solís
Politólogo. Consultor político. Experto en estrategia y comunicación política para campañas electorales, de gobierno y comunicación organizacional. Ex servidor público e investigador universitario. Apasionado del orden, la disciplina y la organización.

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