El Indicador Presidencial

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#PlumasGurú

Por: Michel Chaín Carrillo

El Presidente López Obrador no ha sido tímido en cuanto a sus calificativos respecto a la ciencia y la técnica, particularmente aquella que se emplea en tareas de Gobierno.  Desde los ingenieros que hacen los caminos y garantizan su estabilidad y perdurabilidad a la complejidad de extraer petróleo del subsuelo, pasando obligadamente por el trabajo de economistas y otros profesionistas afines que planean y cuantifican el trabajo gubernamental, además de generar distintos tipos de indicadores para su evaluación, permanentemente el titular del Ejecutivo encuentra la manera jocosa de hacer menos su trabajo.  En este contexto, no es de asombrar que el Presidente desconfíe de cuestiones que el considera como “neoliberales” simplemente por basarse en cálculos matemáticos, y que los resultados de su gestión lo reflejen.  Sin embargo, la pregunta subyace ¿cómo hace el Presidente López Obrador para evaluar el rumbo de su gestión y saber si va “bien” o “mal”’

Podría parecer el “story board” para hacer un meme muy complejo, pero no lo es por más que las imágenes hayan circulado por redes sociales.  Son las imágenes de caminos cuyo pavimento luce totalmente destrozado por las irregularidades del suelo aunque, de manera extraña, el pavimento luce un color gris demasiado claro, casi como si estuviera nuevo.  En principio, deshecho la idea de que sea pavimento nuevo porque simplemente no correspondería al nivel de destrucción que muestra.  En un segundo momento, se muestra al Presidente López Obrador inaugurado lo que parecen ser esos mismos caminos, mientras comenta que no era no era necesario tanto gasto ni tantos ingenieros para construir un camino pavimentado.

En un primer momento, mi cabeza me hizo resistir la idea y pensar que era una publicación cómica más.  Sin embargo, de manera casi instantánea, recordé al mismo presidente López Obrador señalando que para perforar un pozo petrolero era suficiente con “hacer un hoyito” en el suelo o cuando dijo que gobernar el país “no es gran ciencia”.  Ni modo, a darle el beneficio de la duda a la información y aceptar como algo no sólo posible, si no muy probable, que:

  1. Fueran los mismos caminos;
  2. Que efectivamente se hayan construido sin contar con ingenieros civiles;
  3. Que el presidente en su momento haya festinado el que no participaran ingenieros en su construcción;
  4. Que dado que no participaron los mentados ingenieros, la mecánica del suelo no fue tomada en cuenta y al primer movimiento de tierras los caminos quedaron rotos e inservibles.

¿Cómo hace el Presidente para evaluar si algo está bien o no si, en principio, rechaza el trabajo técnico de los expertos así como la mayor parte de los indicadores utilizados por quienes hemos trabajado en Gobierno, en cualquiera de sus tres niveles?  ¿Cómo hace el Presidente para evaluar aspectos más complejos que unos caminos pavimentados, como podría ser el grado de avance en sus objetivos de gobierno o el desempeño de la economía en sus diferentes sectores y niveles?

De manera un tanto provocadora, una posible respuesta la dio Carlos Tello a finales del año pasado en el programa de opinión “Es la Hora de Opinar” de Leo Zuckermann, cuando señaló que el Presidente López Obrador se guía por la cantidad de gente que se muestra molesta con las acciones de su Administración y la intensidad de molestia.

¿Extraño? Sí.  ¿Imposible? Definitivamente, no.  ¿Probable? Curiosamente, sí.

Si alguna vez han echado a andar alguna iniciativa que va en contra del status quo, ya sea de su casa, familia ampliada, negocio o industria, sabrán que, así como no se puede preparar un omelette sin romper algunos cascarones, tampoco se pueden hacer grandes cambios en las culturas organizacionales sin hacer molestar a diferentes actores, en el mejor de los casos, por sacarlos de sus “zonas de confort” y, en escenarios más complicados, por ir en contra de sus intereses económicos.

Y sí, hacer enojar a algunos viejos guardianes del “status quo” normalmente es señal de que efectivamente se están comenzando a sacudir las viejas estructuras que hay que cambiar.

El Presidente López Obrador ha dado muestras, una y otra vez, de que su entendimiento del país, el mundo y la política está basado en su experiencia personal, por lo que no es aventurado asumir que si alguna vez, ya fuera en Tabasco o en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, el hacer enojar a determinado tipo de personas fue una señal de éxito en alguno de sus proyectos, haya establecido ese como uno de los parámetros con los que evalúe si efectivamente está cambiando las cosas.  Partiendo de que lo que le funciona a él es lo que le funciona al país y que el cambio por el cambio mismo es, en sí mismo, algo positivo (sin importar el rumbo o la dirección), no resulta desaventurado suponer que efectivamente pueda tomar el hacer enojar a la gente como un indicativo de éxito.

El principal problema de esta lógica es que el país, a diferencia incluso de la campaña política más ambiciosa, tiene una inmensa variedad de intereses contrapuestos, por lo que cada decisión de gobierno, incluso la más justa, la más deseable o la más populista, afecta a una gran cantidad de intereses ya sea en su estilo de vida, nichos de poder o intereses económicos.  Dicho de otro modo, no hay manera de gobernar sin hacer enojar a alguien.

De esta manera, si la “tesis Tello” tiene algo de cierta (y me parece que no es el todo descartable), entonces el Presidente López Obrador se ha encontrado con una brújula imantada que, simplemente, no sirve para encontrar el Norte porque apunta para todos lados.  Si todas las direcciones parecen ser la dirección correcta, ninguna termina por serlo.

O dicho en términos de la actual coyuntura, si el Presidente López Obrador busca en hacer enojar a cierto tipo de gente como un indicador de que su transformación va por buen rumbo en favor del país, que por favor que alguien le advierta que donde quiera que pise hay gente enojada.

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