Elecciones 2021: lo bueno, lo malo y lo feo

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#PlumasGurú

Por: Michel Chaín Carrillo

Muchas veces escucho o leo comentarios de personas que quieren entender a la política como si fuera una actividad fundamentalmente técnica, con comportamientos regulares y predecibles.  Si bien los instrumentos de las llamadas ciencias sociales se robustecieron, tanto teórica como instrumentalmente desde la 1ª. Guerra Mundial y hasta la actualidad, en buena medida impulsadas por la Economía entendida como Ciencia, ni la política es ingeniería ni las elecciones pueden resolverse antes del día de la elección.  Las filias, fobias, lealtades, deslealtades, ambiciones, miedos y demás comportamientos viscerales, terminan por darle a la política, en términos generales, y a las elecciones, de manera particular, un grado importante de incertidumbre que a muchos les resulta apasionante y que, muchas veces, termina por nublar la manera en que se perciben.  Por esta razón, escribir sobre los resultados de la elección 2021 a un mes de haberse celebrado da la posibilidad de contar con un poco más de objetividad. 

La política es una parte irrenunciable de nuestra naturaleza humana.  La sobrevivencia tanto de los primeros homínidos como de los primeros homo sapiens, dependió de su habilidad para organizarse con sus congéneres y tomar decisiones sobre cómo cazar o vigilar que fueran aceptadas y ejecutadas de manera grupal, y así buscar los mayores beneficios posibles, tanto para sus compañeros como para ellos mismos.  Dicho de otro modo, nuestra sobrevivencia como una especie de naturaleza gregaria y capacidad de razonamiento, ha estado definida por nuestra capacidad para hacer política.

Entre las múltiples acepciones que la Real Academia de la Lengua maneja para “político”, aquella que lo refiere a la intervención de los ciudadanos a los asuntos públicos mediante opiniones, votos o de cualquier otro modo, va en el sentido de lo expuesto en el párrafo anterior.  En el caso de los siglos XX y XXI, la normalización de los valores democráticos y liberales, ha favorecido que las jornadas electorales sean las fechas más “políticas” en el calendario pues son las que mayor esfuerzo informativo y publicitario requieren.  Asimismo, las elecciones son de los eventos políticos que involucran a más gente y cuyos resultados tienen repercusiones a mayor plazo, por lo que suelen generar los mayores apasionamientos.

Por esta razón, y abusando por enésima vez del título de la película de Sergio Leone de 1966, espero a un mes de la jornada electoral del 6 de junio tener la objetividad necesaria para saber qué y quienes fueron lo bueno, lo malo y lo feo de las elecciones de 2021.

Lo bueno.

Definitivamente, la participación ciudadana.  Si bien el festejar que hayan votado 6 de cada 10 personas en México sigue siendo conformista, más allá de señalar que han sido las elecciones intermedias con mayor participación en lo que va del Siglo XXI, es importante reconocer que ni el entorno de violencia política exacerbada, el asesinato de 36 políticos en el contexto de la elección, la crisis de representatividad de los partidos políticos, la difícil situación económica del país, la Pandemia de COVID-19 o la lluvia en buena parte del país, impidieron que la gente participara en la organización de la elección, se desempeñara como funcionarios de casilla y, desde luego, saliera a votar de manera masiva.

En este mismo sentido, y más allá de las filias o fobias que haya respecto a los consejeros electorales y su presidencia, también hay que señalar que el Instituto Nacional Electoral (INE) organizó una elección ejemplar.  Esto no es tema menor, dada las presiones y la abierta campaña que se lanzó desde la Presidencia República y MORENA en contra del INE, buscando “descalificar al árbitro antes de comenzar el partido” y llegando al extremo de amagar con la posibilidad de impulsar retrocesos democráticos como la desaparición del Instituto para que volviera a ser la Secretaría de Gobernación, como sucedía durante las épocas de Partido Hegemónico, quien organice las futuras elecciones.  

Finalmente, me parece importante la capacidad mostrada por los ciudadanos para entender el contexto y la relevancia de la elección de 2021. La sociedad mexicana, por un lado, entendió la naturaleza de la relección después de prácticamente un Siglo de no existir en México, y lo hizo mejor que muchos de los políticos según se observó en sus campañas; asimismo, le reiteró al Presidente López Obrador el mismo mandato que ya había manifestado en 2018 pero que, por la permisividad de la normatividad, se revirtió mediante la construcción de una mayoría legislativa calificada: una Presidencia a cargo del morenista Andrés Manuel López Obrador, pero que requiera de la negociación y el consenso con otras fuerzas políticas.

Lo malo

Por un lado, la desfachatez con la que los actores políticos siguen trastocando, violando o, de plano, ignorando la normatividad electoral.  Si bien hay ejemplos de esto en todo el país y en todos los partidos políticos, hay dos casos que por antecedentes y cercanía con el Poder me resultan particularmente relevantes.

El primer caso, por relevancia y trascendencia, es la manera en la que el Presidente López Obrador ignoró, y hasta se burló, de la normatividad que impide tanto la llegada de “dinero negro” a los Partidos Políticos (caso Pío López Obrador) como la intromisión de autoridades en funciones en las actividades proselitistas.  De manera adicional a sus dichos durante las “mañaneras”, ahí está su constante publicación de imágenes y audios lo mismo respaldando a algunos candidatos que dando a conocer logros de Gobierno, así como la burda utilización de la Fiscalía General de la República, que en los hechos está sometida al Ejecutivo, y la Unidad de Inteligencia Financiera de la SHCP (UIF) en la elección de Nuevo León. 

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Llama la atención y preocupa porque, más allá de las evidentes áreas de mejora en nuestra normatividad electoral, son las “reglas del juego” que el propio Presidente López Obrador y sus aliados impulsaron a raíz de los encontronazos que, durante la presidencia del guanajuatense, tuviera con Vicente Fox.  La flagrancia con las que el Presidente se desentendió de la legislación que el mismo impulsó, me parece refleja la arbitrariedad de la que ha padecido su gestión y refleja su visión discrecional tanto en la aplicación de la Ley como en el ejercicio de Gobierno.

El segundo caso es, por enésima vez, la manera en la que el Partido Verde Ecologista de México violó la legislación electoral al contratar a “influencers” para lanzar mensajes en redes sociales en favor del PVEM durante el periodo de “veda” previa a la votación.  Preocupa porque no es la primera que el PVEM es exhibido por violar la normatividad electoral, quedando impune en las ocasiones anteriores, y porque es, junto con el PAN, el Partido que más creció su número de diputados federales.  

Lo feo

Sin duda, el involucramiento del crimen organizado en prácticamente todas las etapas de la elección.  Ya sea desde el financiamiento de campañas, el proselitismo en favor de tal o cual candidatura, la operación electoral el día de la votación, la burda y evidente inhibición del voto por medio de mantas y amenazas o la presencia de criminales arrojando partes de cuerpos o haciendo disparos en las casillas, hasta llegar al asesinato de candidatos, la participación de los grupos criminales fue evidente y queda clara para cualquiera que lo quiera ver.

Precisamente por lo anterior, lo más feo de lo feo es que nuestras autoridades sean quienes no lo quieran ver y, como en el caso del Presidente López Obrador, hayan llegado al exceso de felicitarlos por “haberse portado bien”.  Esto no es tema menor.  La tolerancia al hampa hace ganar a los criminales espacios en la toma de decisiones en el país que perdemos la sociedad y el Gobierno.  Tolerar el que los criminales tengan espacios y capacidad institucional de decisión en el país, es abrirle la puerta a un “narcoestado” y, ahí sí, perdemos todos.

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