Elías Calles, “Tata” Lázaro y AMLO

Cárdenas
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#PlumasGurú

Por: Michel Chaín Carrillo

Entiendo el fervor que muchos mexicanos, mayoritariamente en la generación que me precede, le tienen a Lázaro Cárdenas del Río aunque no necesariamente la comparto.  Tampoco me desagrada.  Es un personaje histórico que, a contrapelo de la narrativa oficial del “régimen de la revolución”, como se hacía llamar el priísmo hegemónico, y del “régimen de la cuatroté”, como se hace llamar el lopezobradorismo “iliberal”, tiene luces y sombras, triunfos y fracasos.  Al igual que el Presidente López Obrador, quien lo tiene en ese fetiche simbólico y narrativo que es el logo de la CuatroTé, difícilmente podría considerarse a “Tata” Lázaro como un demócrata.  Sin embargo el michoacano, a diferencia del tabasqueño, fue un forjador de instituciones pensadas en el futuro y la estabilidad del país.

En las postrimerías de la Revolución Mexicana, una vez que el “Barón de Cuatro Ciénegas” Venustiano Carranza, líder de los constitucionalistas, fue asesinado en Puebla, el grupo de los sonorenses se consolidó como la fracción dominante y encumbró a -Álvaro Obregón como  el nuevo hombre fuerte del país.

De manera un tanto anónima, y con cierta polémica respecto a su grado de involucramiento durante la persecución y eventual asesinato de Venustiano Carranza en Tlaxcalantongo, empezó a despegar dentro del grupo de los sonorenses la carrera política de una de las figuras  más trascendentes de la primera mitad del Siglo XX mexicano: Lázaro Cárdenas del Río.

A partir de la muerte de Carranza en 1920, en una sucesión de eventos relativamente rápidos, por lo menos en términos históricos, Obregón logró que Plutarco Elías Calles lo sucediera en la Presidencia (1924-1928), consolidando así a su grupo político e iniciando la construcción de instituciones, como el Banco de México, la Escuela Médico-Veterinaria, la primera línea aérea nacional, escuelas rurales o una auténtica red de carreteras nacional, aunque también fue con Calles con quien reventó la Guerra Cristera.

Para 1929 Obregón había logrado reelegirse, pero José de León Toral lo asesinó.  Plutarco Elías Calles se convirtió en el nuevo hombre fuerte del país, el “jefe máximo” y, mediante la creación del Partido Nacional Revolucionario (PNR) como un experimento social y político sui generis, donde cabían todos los jefes y grupos revolucionarios, más allá de su procedencia o filiación ideológica, logró darle estabilidad al país.

El PNR ofreció un mecanismo político para que los distintos grupos pudieran acceder, sin derramamientos de sangre al interior del Partido, a la Presidencia.  Para hacer creíble que todos podrían aspirar a obtener la candidatura a la Presidencia, y al ser él el Presidentes de la República en funciones, Elías Calles anunció su renuncia, su retiro de la vida pública y fue sucedido por Emilio Portes Gil,

Sin embargo, la Presidencia resultó ser poco más que un parapeto, porque quien seguía ejerciendo el Poder era Calles, estableciendo así, de 1928 a 1934, la época conocida como “Maximato” y que incluyó, además de Portes Gil, a las presidencias de Pascual Ortiz Rubio y Abelardo L. Rodríguez

El Maximato termina entre 1934, con toma protesta como Presidente el michoacano Lázaro Cárdenas, y 1936 que, después de que todos los callistas hubieran sido expulsado del Gabinete de Cárdenas en 1935, el otrora Jefe Máximo sale al exilio, del que no regresaría sino hasta 1941 ya sin mayor influencia política.

Cárdenas ejerció una Presidencia de corte socializante que buscó una participación mucho más activa del Gobierno en la economía, por lo que recurrió a expropiaciones, nacionalizaciones, el reparto de la tierra en favor de las clases populares (reforma agraria) y el manejo del sistema financiero.  Muchas de estas políticas seguramente hicieron sentido en su momento histórico pero, desafortunadamente, al paso del tiempo generaron algunos de los problemas con los que todavía lidia el país.

Tal es el caso de la “reforma agraria” que, al paso de las generaciones, generó la atomización de la propiedad rural y el empobrecimiento de buena parte de los habitantes del campo.  Otro caso puede ser la vinculación entre petróleo y soberanía, que en 1939 seguramente tuvo razón de ser, pero que para el Siglo XXI ya es anacrónico dogma de fe por sectores amplios y diversos, no necesariamente atinados, de la sociedad mexicana.

Sin embargo, la labor de Lázaro Cárdenas como constructor de instituciones es titánica.  El Partido de la Revolución Mexicana fue fundamental para la estabilidad política que, a lo largo de todo el Siglo XX  y a diferencia de buena parte de lo que sucediera en buena parte de los países de América Latina, hizo posible la modernización y urbanización del país, así como su despegue de la economía.

Con la transformación del PNR en PRM, lo que fuera un Partido de grupos e individuos retomó el modelo del corporativismo, implementado originalmente por Benito Mussolini en 1922 en Italia pero que se extendió por buena parte de los países de Europa Central, convirtiendo lo que eran movilizaciones de trabajadores (CTM, CNC, etcétera) y otros grupos sociales, como los campesinos, en “sectores” al interior y exterior del Partido.

El PRM, dice la leyenda se quedó a nada de ser nombrado Partido Socialista Mexicano pero hasta a Vicente Lombardo Toledano le pareció mala idea, buscó no depender únicamente del poder personal de los caciques; por el contrario, se estableció como un contrapeso a estos pues se buscaba que sus decisiones fueran validadas por el poder de las masas representadas ya fuera en el sector obrero, agrario o popular. 

Sin embargo, tal como sucediera con el PNR, para que fuera creíble la efectividad del Partido para templar las ambiciones y pasiones políticas del país y los apetitos personales, se requería de un sacrificio: el del Presidente de la República, que tenía que ser el primero en renunciar a eternizarse en el Poder y, de esta manera, permitir el constante recambio de grupos al frente del país pero sin que fuera necesario un cambio de Partido.

El “Turco” Elías Calles lo sabía, pero sólo lo hizo de manera epidérmica a través de sus testaferros.  A diferencia de Calles, Cárdenas tuvo la altura de miras, el perfil de estadista, la nobleza o lo que quiera que haya sido para que, teniendo todo para eternizarse el poder, no sólo lo haya abandonado sino que se lo entregó al poblano Manuel Ávila Camacho que, mucho más moderado, no pertenecía a su grupo político. 

Es justo en este punto que, por mucho que tenga al Gral. Cárdenas, junto a Hidalgo, Morelos, Juárez y Madero (otro poco y le ponen junto a Carranza) en el escudo de la 4T y a su nieto, Lázaro Cárdenas Batel, como Jefe de Oficina, el Presidente López Obrador palidece, se desdibuja, tartamudea y termina por mandarnos a todos, incluidos los deudos de las personas que han fallecido en las desgracias que ha habido en estos casi tres años, al carajo.

Ni Calles, ni Cárdenas ni López Obrador pueden ser considerados demócratas, pero la diferencia fundamental es que en su paso por la Presidencia tanto Calles como Cárdenas se dieron cuenta que, para que el país se consolidara y pudiera crecer había que darle solidez y certezas, por lo que se dedicaron a crear con las que, en esencia, todavía hoy nos acompañan.

Calles y Cárdenas, más allá de luces y sombras, le dieron al país instituciones que los trascendieron.  López Obrador ya mandó al demonio a esas mismas instituciones, o sus continuaciones, y parece estar empeñado en destruirlas.

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