Estados Unidos, ¿la historia de una muerte anunciada?

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#PlumasGurú

Rodrigo Hernández Gallegos

Nos acostumbramos a un mundo donde Estados Unidos era la piedra angular del ecosistema de naciones, tras la debacle de Iraq y la Gran Recesión nos dimos cuenta que, el mundo era multipolar y que el poder de “Occidente” iba en un declive relativo. 

La tensión estructural que sido evidenciada en EE. UU. es un factor que puede acelerar el proceso de declive y hace muy difícil ser optimistas sobre el futuro de su sistema de organización política. 

Estados Unidos sigue siendo un país con un poder militar, cultural y social sin comparación, a su vez, cuenta con una capacidad de innovación y de movilización de recursos dominante. En términos culturales, EE. UU. es la sede de las universidades más prestigiosas del mundo, así como de Hollywood y otros productores de material cultural.  Las demandas de su sociedad tienen un eco mundial, un ejemplo de esto son las protestas en contra del asesinato de George Floyd y del racismo sistémico. 

El presupuesto militar del año pasado fue de más 700 mil millones de dólares, una cantidad mayor a la que gastan los siguientes 9 países con mayor presupuesto en el mundo combinados. Estados Unidos tiene a empresas líderes en su ramo, desde energía, hasta las grandes compañías tecnológicas que dominan el ciberespacio, al menos en “occidente”, y cuenta con un aparato de investigación y desarrollo que sigue siendo la envidia del mundo. 

Si entendemos a un país como una inteligencia colectiva, entonces EE. UU. sigue siendo una que, en términos de producción de riqueza sigue siendo no solo exitosa, pero dominante. Sin embargo, toda inteligencia colectiva necesita generar un sistema de organización de recursos y de capital cognitivo, es en este punto dónde se encuentra el gran obstáculo de nuestro vecino del norte. 

Debido a diversos factores, como el nuevo ecosistema digital, y las nuevas realidades sociales y económicas, el sistema estadounidense de distribución de riqueza y de deliberación colectiva están llegando a un punto de quiebre. 

La victoria de Biden, generó una ola de un optimismo injustificado por todo el mundo. En la columna pasada hablábamos sobre las deficiencias de los tres poderes de gobierno en EE. UU. y del alto grado de polarización de su sociedad. Los resultados electorales son una muestra interesante de ambos componentes. Hasta el día de hoy, Trump no ha reconocido los resultados de la elección y parece estar dispuesto a disputarlos en las cortes para deslegitimizar la victoria de Biden, al menos con un sector de la población, y mantenerse como la voz más fuerte y popular del Partido Republicano y de la derecha en general. Existe un escenario donde un tercio de la población no considerará a Biden como un presidente legítimo. 

En caso de no ganar el Senado, lo cual se definirá en enero, la mancuerna de Biden-Harris, podrá revertir muchas de las ordenes ejecutivas de Trump y hacer un cambio de timón en la política exterior estadounidense, al retomar el Acuerdo de Paris o el Acuerdo Nuclear con Irán. Sin embargo, su política interna se verá severamente limitada por un Partido Republicano que tendrá pocos incentivos para colaborar. Aún en el caso de que los Demócratas ganen el Senado, será difícil que se lleven a cabo las reformas a largo plazo que necesita Estados Unidos. 

De acuerdo con algunos cálculos, en 20 años el 30 por ciento de la población podría elegir al 70 por ciento del Senado, el Colegio Electoral les dará aún más voz a estados con poca población y con tendencias republicanas y la Suprema Corte podría seguir con una mayoría conservadora. El argumento a favor del sistema es que Estados Unidos antes de ser una democracia, es una república, por lo que, el poder de los estados miembros de la unión debe de ser protegido. Desde mi perspectiva esta concepción de los estados como fines en si mismo, reflejan circunstancias históricas que ya no existen y justifican una estructura de organización insustentable en mundo rápidamente cambiante.

Hay algunos que argumentan que las tensiones sistémicas de las que hemos hablado tienen diferentes escenarios. Por una parte, las visiones más polémicas ven una fractura civil en EE. UU. que podría llevar a una disolución violenta o pacifica de la unión o a que algunos estados importantes como California decidan dejar de ser parte de la misma. Hay otras voces que argumentan que llegará un punto en el que se tendrán que llevar a cabo las grandes reformas estructurales que permitan revigorar las instituciones estadounidenses. Por otra parte, podemos imaginarnos un Estados Unidos que sigue el paso de otro gran impero, el Otomano, en el sentido de que se genere una esclerosis institucional que fortaleza una serie de elites que estén conformes con el estatus quo y que carezcan de incentivos para evolucionar. 

La historia nos demuestra que ningún imperio es eterno, este puede ser un momento que recordemos como el inicio del fin del EE. UU. y su papel en el mundo como lo conocemos. El panorama es gris, una sociedad polarizada, una economía en problemas, una pandemia devastadora, una inequidad comparable con la del Imperio Romano, nuevos y viejos poderes en ascenso, todo esto en el contexto de un cambio organizacional sin precedentes. No podemos olvidar que nuestro destino está atado al estadounidense, así que, el debate sobre el futuro de EE. UU. es más importante que nunca para nuestro país.

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