Izquierdas, derechas y corporativismo en la construcción de México

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#PlumasGurú

Por: Michel Chaín Carrillo

Si se parte de las muchas veces que el Presidente López Obrador ha dicho ser un estudioso de la historia del México, es de sorprender la cantidad de imprecisiones, suposiciones infundadas y vacíos con la que explica la conformación nuestro país.  De manera consistente, una de las etapas que “brilla por su ausencia” en la muy oficialista y maniquea versión de la historia que maneja el Presidente, es precisamente el periodo inmediatamente posterior al de la consolidación de la Revolución Mexicana: la de la creación de las instituciones que le han dado sustento y sostenibilidad en el tiempo a nuestro país.

En México es complicado hablar de historia en una sobremesa con la familia o los amigos porque, en realidad, no se conoce la historia del país.  Quienes nacimos en los 70’s lo que se nos enseñó como “historia” era, en realidad, una muy lineal y maniquea mitología oficial que justificaba al sistema político corporativista, poco liberal, menos democrático y muy discrecional en el que se basó el régimen de Partido Único/Hegemónico y el “presidencialismo imperial” a la mexicana.  Nunca se nos preparó para entender, y mucho menos se nos expuso, el multifactorial choque de ideologías, idiosincrasias, cultura, idiomas, mitos, hechos y datos, que han sido la realidad con la que día a día ha sobrevivido el país y forman su muy compleja, contradictoria y multicausal historia.

Por dar un ejemplo, en los libros de texto de la SEP con los que estudié, no había mayores menciones de la “guerra cristera” o de la masacre del 2 de octubre de 1968, mucho menos de sus repercusiones sociales y políticas, a pesar de que entré al kínder por ahí de 1980 y a la primaria en 1982. 

Quienes tenemos interés por la historia, conforme crecemos y empezamos a buscar fuentes de información que fueran más allá de la muy planita “historia oficial”, descubrimos un apasionante zarzal donde nunca nadie puede tener certeza, ni caer en el error de creer estar en lo cierto, pues un nuevo dato, un descubrimiento o, incluso una nueva interpretación de los mismos hechos puede hacer que se cimbre el edificio de nuestras supuestas certezas. 

De esta manera se puede trascender de la historia oficial, que se construye en base a los relatos sobre caudillos que terminan totalmente desnaturalizados, y acceder una historia menos llamativa, pero más rica, hecha de dudas, investigaciones, análisis de datos y conclusiones de las que se desprenden nuevas dudas para resolver.

No es de sorprender que para la historia oficial, tan dedicada a la confección de mitos fundacionales que mucho tienen de leyendas, la historia de México caiga en un largo letargo, carente de gestas o personajes dignos del Olimpo mexicano, después de la entrega del Poder de Lázaro Cárdenas del Río, socialista michoacano y creador del muy corporativista PRM, a Manuel Ávila Camacho, poblano, mediador, “presidente caballero” y el último de los militares que llevaría las riendas del país.

¿Qué sucedió en esos años? ¿La vida nacional perdió brillo? ¿Dejaron de haber mexicanas y mexicanos dignos de trascender históricamente?  Posiblemente para el estilo de historia que le gusta al Presidente López Obrador, llena de huecos, héroes dignos de comic, dibujable en viñetas y carente de cualquier referente distinto al los caudillos y sus gestas, posiblemente sí.  Sin embargo, en esos años el protagonismo de los caudillos poco a poco se fue perdiendo ante el surgimiento de una nueva construcción que, hasta cierto punto, es su antítesis: las instituciones.

En este sentido, hay que entender que aunque a muchos autores les gusta analizar a México desde su supuesta “excepcionalidad”, en realidad el país nunca ha estado aislado del mundo y momentos claves, como el inicio de la lucha de Independencia, en realidad son respuestas locales a sucesos que se dieron ultramar (la gesta de 1810 es una respuesta local, primero, a las Reformas Borbónicas, y posteriormente, a la invasión napoleónica y la Corte de José Bonaparte).

En este sentido, al inicio del Siglo XX en Europa se gestaba un choque de explicaciones sobre lo que era Occidente, que habría de marcar el perfil cultural europeo para los próximos 100 años.  

Por un lado, el surgimiento de dos regímenes “colectivistas”: el socialismo/comunismo impulsado por la Revolución de Octubre de 1917 y el fascismo, catapultado por las llegadas al Poder, en sus respectivos países, de Benito Mussolini en 1922 y de Adolfo Hitler en 1933; del otro lado, la siempre amenazada, pero hasta ahora sobreviviente democracia liberal, los esperaba.  A manera de referencia, en 1920 era asesinado Venustiano Carranza y en 1924 Álvaro Obregón con los que comienza el fin de la etapa de los caudillos revolucionarios y comienza la de la consolidación del país con Plutarco Elías Calles, el “Maximato”  como “el Jefe Máximo” (1928-1934) y la creación del Partido Nacional Revolucionario o PNR en 1929.

De este modo, mientras en Europa las tres versiones distintas del Estado se preparaban para llegar hasta las últimas consecuencias para consolidar su versión como la hegemónica, en México se daba un proceso similar, con el Presidente Lázaro Cárdenas ajustando y profundizando el sistema tipo corporativista que implementara Calles quien, a su vez, lo había tomado de la Italia de Mussolini y los experimentos fascistas centroeuropeos.  Complementariamente, la influencia de los “siete sabios”, también conocidos como la “generación de 1915”, apuntalaba, hacía contrapeso y complementaba al esfuerzo Presidencial, pese a irreconciliables diferencias ideológicas que había entre ellos.

Si bien la “generación de 1915” incluyó originalmente a figuras como los magistrados Alberto Vásquez del Mercado y Teófilo Olea Leyva; el literato Antonio Castro Leal; el abogado, filósofo y sindicalista, Vicente Lombardo Toledano; el también abogado, pero destacado arqueólogo y antropólogo, Alfonso Caso; el jurista y miembro del Partido Nacional Cooperativista, Jesús Moreno Baca; además de abogado, Rector de la UNAM y fundador del Partido Acción Nacional, Manuel Gómez Morín; por su relevancia y afinidad, también suelen incluirse nombres adicionales como Narciso Bassols, Luis Enrique Erro, Daniel Cosío Villegas, Juvencio Ibarra, Miguel Palacios Macedo y Manuel Toussaint.

De todas esas figuras, para efectos de este texto es importante retomar, por un lado, la del sindicalista, que nunca se asumió como comunista “pero que cada día buscaba serlo”, impulsor de las grandes centrales obreras mexicanas y Secretario General de la CTM (1936-1940), Presidente de la Confederación de Trabajadores de América Latina, Vicepresidente de la Federación Sindical Mundial, Gobernador de Puebla y fundador de la Universidad Obrera y el Partido Popular Socialista o PPS, el teziuteco Lombardo Toledano; y, por el otro, el chihuahuense Gómez Morín que lo mismo fue activista en favor de la autonomía universitaria, Subsecretario de Hacienda, fundador y Presidente del otrora Consejo de Administración de Banco de México (1925-1929), Rector de la Universidad (electo por aclamación en 1933) y fundador, en 1939, del opositor Partido Acción Nacional.

Nuevamente, si desde la hisoria oficialista sólo Cárdenas del Río se merece el Olimpo, desde perspectivas menos ideologizadas, los tres son gigantes tanto por lo que hicieron pero, aún más, por lo que decidieron no hacer.

Cárdenas, un convencido socialista, tuvo que hacer a un lado la agenda tipo moscovita y bordar sobre el corporativista, y no poco totalitario, proyecto de Partido y de Nación que le dejara el “Turco” Elías Calles.  Aún más, al igual que el sonorense, se dio cuenta de que la viabilidad a mediano y largo plazo del Partido y el país dependía de renunciar a las mieles de la Presidencia; a diferencia de Calles, se dio cuenta de que no podía ser una simulación o un nuevo Maximato, por lo que no sólo dejó la Presidencia, lo hizo evadiendo la tentación de dejarla en manos de uno de sus cercanos y, por el contrario, designó como su sucesor al moderado, católico y nada socialista, Ávila Camacho.

De manera similar, aunque incomprensible para nuestra generación que vio enquistarse en la dirigencia de la CTM lo mismo a Fidel Velázquez, que a Leonardo “la Güera” Rodríguez Alcaide, Joaquín Gamboa Pascoe y, en la actualidad, a Carlos Aceves del Olmo, Vicente Lombardo Toledano que había levantado el movimiento obrero más importante de Latinoamérica no prorrogó su tiempo al frente de la Confederación así como nunca buscó ser militante del Partido Comunista por considerar que, dada la cercanía con los Estados Unidos, ese no era el mejor camino para México.

Lo mismo se puede decir de Gómez Morín quien, por un lado, supo sortear los esfuerzos de aquellos que buscaban orillarlo a conformar un Partido confesional, a lo que se opuso con la consistencia y la convicción de que Acción Nacional debería ser un “Partido de católicos, pero no Católico”.  Del mismo modo, y con la misma consistencia y convección, construyó desde su trinchera una institución que tendría que madurar décadas pero que, con el tiempo, le daría equilibrio al proyecto de Nación al garantizar quien empujara la agenda democrática y de empoderamiento ciudadano.

Por cierto, al próximo que diga algo de la “alianza contra-natura de el PAN, el PRI y el PRD” habrá que preguntarle si conoce a la “generación de 1915”, la construcción institucional del país o de la amistad que desde sus épocas de estudiantes de Derecho tuvieron Gómez Morín y Lombardo Toledano.  Recuerden tenerle paciencia. No sabe historia.  Le deben de haber educado con cuentos.

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