La aprobación del Presidente, ¿espejismo o realidad?

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Diálogos en el Infierno
Por José Zenteno

Todas las encuestas coinciden en mostrar a un Presidente de la República con elevados niveles de aprobación a su gestión. El tracking de la empresa Consulta, que diariamente se publica en el periódico El Economista, muestra que alrededor del 60 por ciento de la población nacional está de acuerdo con el trabajo del presidente López Obrador. A pesar de que ha habido una pérdida de aproximadamente 20 puntos entre febrero y agosto de 2019, es indudable que la Presidencia de la República goza de cabal salud en términos de percepción social.

López Obrador continúa siendo beneficiario del gran candor que lo llevó a Palacio Nacional sin importar que los resultados no sean los que ofreció como candidato. Vale preguntarse por qué es que los mexicanos continúan apoyando a un Presidente que no cumple y por lo que se puede anticipar, tampoco va a cumplir todo lo que ofreció.

Muchos dirán que el Presidente sí ha cumplido y que el cumplimiento de ciertas promesas sostiene la aprobación a su gestión. Las acciones simbólicas como abrir al público la otrora residencia oficial de Los Pinos, poner a la venta el avión presidencial, subastar los autos lujosos del Gobierno Federal o bajar los sueldos a la alta burocracia, son medidas que gustan a millones de mexicanos, pero resultan tan inútiles como intrascendentes para resolver los problemas cotidianos de la gente.

En lo que se refiere a delincuencia y violencia la situación va peor, en materia económica y de empleo el país va mal y a la baja, en materia administrativa la “Cuarta Transformación” tampoco ha entregado resultados tangibles. En cambio, el endurecimiento del discurso en contra de la oposición política y social, así como el intento de fracturar principios generales del Estado mexicano con acciones como la extensión al mandato del gobernador de Baja California, o la criminalización de las marchas y los bloqueos en el estado de Tabasco, dan cuenta de un régimen que pronto revelará su verdadera vocación autoritaria.

Es cierto que las encuestas demuestran un debilitamiento en los porcentajes, de acuerdo con la gestión del Presidente; sin embargo, la base de apoyo a la figura de López Obrador es robusta. Los dos pilares que sostienen este fenómeno de popularidad son el discurso y el dinero regalado, los cuales sustituyen -en la creencia de grandes sectores sociales- antiguas prácticas de corrupción que se han terminado gracias a López Obrador.

Lo peor que le puede pasar al país es que continuemos en esta suerte de casa de los espejos, en la cual nada es realmente lo que parece ser. Ni el juicio del pasado, ni la benevolencia del presente ni las posibilidades de un mejor futuro. México atraviesa una especie de limbo de conciencia colectiva, en el que la conferencia mañanera le evita al “pueblo bueno” la fatiga de razonar sobre la realidad.

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Aunque lo anterior es por sí mismo un síntoma negativo, lo peor de esta situación no ocurre en la sociedad, sino en la conciencia del propio Presidente de la República. En la medida de que su imagen siga fuerte y su base de apoyo personal no se mueva, en la lógica de López Obrador “vamos bien”. Esa frase resume el pensamiento de un hombre que lo dio todo para ser Presidente y en ese esfuerzo aprendió a diagnosticar su realidad en función del candor del pueblo, no de las razones estadísticas, ni de los análisis de especialistas, sean de la izquierda populista o la derecha neoliberal.

Los analistas, comentaristas y periodistas que todos los días publican razones y críticas a las políticas y al estilo de López Obrador, ni son escuchados por el Presidente y tampoco por el pueblo. Son palabras que aparentemente hacen surcos en el mar.

Cuando alguna nota logra llamar la atención de una parte significativa de la opinión pública, al otro día es descalificada en la conferencia mañanera. Sin embargo, como dice el refrán: “Tanto va el cántaro al agua”, que finalmente algo comienza a romperse, y ese algo es la confianza en el futuro del país.

Solamente la base dura del binomio AMLO- Morena tiene mucha confianza en que el país va a mejorar, el resto de la gente manifiesta menos optimismo hacia el futuro. Esos que tienen menos confianza también están menos motivados a votar por Morena a pesar de que en las encuestas afirmen que tienen la intención de hacerlo.

En estos tiempos de cambio, los encuestadores debemos hacer diferentes preguntas para obtener resultados que expliquen mejor la percepción social. Es un hecho que los indicadores de aprobación de gestión, calificación al trabajo y opinión del gobernante, entre otros que funcionaban en el pasado, ya no son suficientes para medir el humor social en esta 4T; sobre todo en lo que se refiere al trabajo del Presidente de la República.

Millones de mexicanos creen que Andrés Manuel López Obrador posee cualidades de santo o, al menos, de hombre con dotes divinas, y no serán ellos quienes lo bajen de ese lugar de un día para otro. Por eso, resulta un tanto engañoso preguntar sobre la evaluación del Presidente si ya sabemos que el rasero con que será medido no es el mismo al que usaban para evaluar a Peña Nieto, Felipe Calderón o Vicente Fox.

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Entiendo la necesidad de una evaluación que permita comparar los mismos indicadores de un sexenio a otro, aunque una parte importante de la sociedad mexicana no es capaz de culpar al presidente López Obrador de que las cosas en el país vayan empeorando; culparán a su gabinete, a la situación que heredó, a Peña Nieto, a Trump o a algún otro factor, pero no a Andrés Manuel, ya que él ocupa un lugar en el corazón del pueblo que le otorga cierta impunidad.

Creo que las encuestas deben comenzar a presentar “otros datos” que reflejen mejor la percepción y el humor social. Esos datos le darán elementos al presidente para ponderar los costos electorales que Morena va a pagar como consecuencia de que las cosas no van tan bien como él piensa. Si ello ocurre, quizá López Obrador reconsidere el rumbo que trazó para el país y decida cambiar algunas decisiones.

Quizá, si alguien es capaz de mostrarle a Andrés Manuel los costos políticos de sus decisiones, así logre que busque soluciones creativas a los problemas del México actual y deje atrás fórmulas antiguas que ya son obsoletas. Quizá, si lo único que le interesa al Presidente es el poder político, la inminencia de una derrota o al menos de una pérdida de espacios en las próximas elecciones, logre que el Presidente reconsidere algunas decisiones absurdas y costosas para México.

El espejismo de los números fortalece la intolerancia del Primer Mandatario, esperemos que sean los mismos números los que hagan que el Presidente atienda a muchas recomendaciones de sus colaboradores más cercanos y no sólo aquellas que está dispuesto a escuchar.

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José Zenteno
Director de MAS DATA. Investigador de percepciones y preferencias públicas. Me pagan por documentar realidades

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