La crisis comercial de EE.UU. contra China y su miedo a ser desplazado

ChinaDonald Trump // Li Keqiang

Por: Rodrigo Hernández

Desde que estaba en campaña, Donald Trump ha sido crítico de las prácticas comerciales chinas. En 2017, ya como presidente, ordenó una investigación oficial al respecto. En 2018, el gobierno estadounidense impuso más de 200 mil millones de dólares en aranceles, a lo cual China respondió con 110 mil millones de dólares en aranceles punitivos. 

A finales del año pasado, los dos países acordaron una tregua de tres meses para negociar un fin a la guerra comercial. El próximo 30 de abril, el representante comercial, Robert Lighthizer, y el secretario de Finanzas, Steven Mnuchin, viajarán a China para darle seguimiento a las negociaciones.

Las demandas formales de los Estados Unidos pueden resumirse en tres puntos:

  • Reducir el déficit comercial entre los dos países.
  • Liberalizar el acceso al mercado chino.
  • Reformar la política industrial china para evitar transferencias de propiedad intelectual.

El gobierno de Estados Unidos tiene demandas válidas. Se estima que el robo de propiedad intelectual por parte de empresas chinas asciende a más de 50 mil millones de dólares anualmente.  A su vez, el gobierno chino impone diversas barreras de acceso a su mercado, mediante subsidios a empresas estatales. Por otro lado, hay demandas, como la insistencia de Donald Trump de reducir el déficit comercial por decreto, que carecen de sentido y resultarían dañinas para EE.UU. en el mediano-largo plazo.

Sin embargo, parece ser que la motivación principal detrás de la guerra comercial, por parte del gobierno estadounidense, es el miedo a ser desplazado como potencia tecnológica, militar y económica. Desde antiguos colaboradores como Steve Bannon hasta John Bolton, el asesor principal de seguridad nacional de Trump, han dejado claro que Estados Unidos debe de tener una postura más fuerte contra China si quiere mantener su supremacía. 

En 1980, la nación de “las barras y las estrellas” representaba el 22 por ciento de la economía global y China el 2 por ciento. Tan sólo 36 años después, en 2016, China representaba el 18 por ciento, comparado con 11 por ciento por parte de Estados Unidos. De seguir las tendencias actuales, en 2040 China podría significar el 30 por ciento de la economía global. Este crecimiento, sin precedentes en la historia de la humanidad, está generando cambios tectónicos en el concierto de naciones. 

En áreas tan diversas como inteligencia artificial, ingeniera genética o automóviles eléctricos, China busca posicionarse como un líder a nivel global. La estrategia Made in China 2020,y la iniciativa del Cinturón y la Ruta de la Seda son dos ejemplos de las ambiciones globales del país asiático. 

En este sentido, la ansiedad en Washington por el poder creciente de Beijing es entendible e históricamente predecible. En su más reciente libro Graham Allison, académico de la Universidad de Harvard, estudia 16 casos en los cuales el crecimiento de una nación importante disrumpe la posición de un poder establecido, a lo largo de los últimos 500 años. 

Allison argumenta que históricamente cuando se da una dinámica de desplazamiento de poder es muy probable que las partes caigan en lo que él llama la Trampa de Tucídides. 

Tucídides es el narrador más famoso de la guerra del peloponesio, en la cual Esparta, el poder establecido, entra en una guerra con Atenas, el poder creciente. En este sentido, la Trampa de Tucídides describe una dinámica en la cual la tensión en entre un poder creciente y un poder establecido lleva a una serie de eventos que culminan en un conflicto armado. Sus conclusiones son interesantes, ya que sólo de sus casos de estudio, logran evitar entrar en guerra. Mientras que Allison no argumenta que China y EE.UU. están destinados a caer en la Trampa de Tucídides, si hace énfasis en que el crecimiento descomunal de China debe de ser acomodado pacíficamente para evitar cualquier conflicto. 

La estrategia de Estados Unidos parece ir en el sentido contrario. La administración de Donald Trump busca, como pare de la resolución del conflicto comercial, que su país tenga la facultad de ser juez, jurado y ejecutor del acuerdo; es decir, si por cualquier razón, considera que China no está cumpliendo los términos acordados, podría imponer medidas comerciales unilateralmente. En este contexto, el equipo negociador estadounidense busca que China se comprometa a acatar cualquier medida que imponga el gobierno de Trump, sin la posibilidad de defenderse. Para la administración del presidente Xi Jing Ping, un acuerdo de este tipo sería humillante y políticamente inaceptable. 

El libro de Allison nos invita reflexionar sobre como medidas antagónicas, como las que propone EE.UU., pueden resultar peligrosas en un contexto de desplazamiento de poder. Donald Trump debería de prestarle más atención a estas advertencias históricas.

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