La incómoda voz pública de las mujeres

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#CoyunDura

Paola Molina Noguera

El reciente estudio de la ONU Mujeres y la Unión Interparlamentaria con datos de enero 2020, da cuenta que solo el 6.6% del cargo de Jefes de Estado en el mundo está ocupado por mujeres, si bien, muchos son los esfuerzos que se hacen desde distintos partidos, instituciones y organizaciones por promover la paridad y aumentar la participación política de las mujeres, la realidad es que no se alcanza ni el 10% de su inclusión como Jefas de Estado y Gobierno.

Cabe revisar, el manifiesto de Mary Beard “Mujeres y Poder” donde reseña lo incómoda que ha sido la voz pública de las mujeres a lo largo de la historia, donde expone que el primer ejemplo documentado de un hombre diciéndole a una mujer “que se calle” fue en la Odisea, cuando Telémaco frente a los pretendientes de su madre Penélope, que la abordaban ante la ausencia de Ulises, le dijo: “Madre mía, vete adentro de la casa y ocúpate de tus labores propias, del telar y de la rueca. El relato estará al cuidado de los hombres, y sobre todo al mío. Mío es, pues, el gobierno de la casa. Y ella se retira a sus habitaciones del piso superior”.

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En la cultura griega y romana las mujeres no tenían participación en el discurso público y la oratoria, ambas actividades estaban reducidas para los hombres, que además, constituían un símbolo de masculinidad, la política era impensable para una mujer. De hecho, presenta Beard a Aristófanes (siglo IV a. C.) quien dedicó una comedia a la fantasía de que las mujeres pudieran estar al frente del gobierno del Estado y las mostraba como incapaces de conectarse al lenguaje de la política, propiamente masculino. Son múltiples las evidencias de la cultura occidental donde las voces de las mujeres en la esfera pública son acalladas o simplemente ausentes.

Aunque, si bien se han dando grandes y reconocibles avances en materia legislativa en búsqueda de la igualdad, la participación y la tipificación de delito a conductas y acciones que violan los derechos de las mujeres, en la aplicación las mismas siguen dejando en evidencia el estado de desigualdad y las enormes brechas que existen en todos los ámbitos de la vida tanto pública como privada.

Menciona la autora las preguntas frecuentes que se hacen las mujeres que son más visibles o expuestas al ámbito público: ¿Cómo hago para que escuchen mi punto de vista? ¿Cómo consigo que me hagan caso? ¿Cómo consigo formar parte de la discusión?. Sin embargo, ninguna de estas preguntas parece tener una receta para las respuestas, pero lo que sí es necesario, “sensibilizar sobre lo que entendemos como “voz de autoridad” y cómo hemos llegado a crearla”.

Para nadie es un secreto que históricamente se ha posicionado la idea que una voz grave es indicativo de “coraje viril” y la voz aguda de “debilidad femenina”, lo que ha reforzado que se le otorgue al hombre la voz de autoridad.

Por supuesto, hay que reconocer el gran esfuerzo de las mujeres desde parlamentos, gobiernos, medios, por hacer sentir su voz, por alcanzar espacios de poder y toma de decisiones que décadas atrás estaban reservados solo para hombres, de su compromiso de incidir en las agendas públicas a favor de las mujeres, sin embargo, aún falta mucha más inclusión en decisiones económicas, militares, científicas, ya que en la mayoría de los casos se les concede ser solo una “voz autorizada” en temas feministas, de igualdad de género, cuidados y protección, en la antigüedad la voz de una mujer además de incapacidad era sinónimo de desestabilización en el ámbito político, la incomodidad de su voz y su discurso sigue prevaleciendo en el tiempo.

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