MENOS POLÍTICA, MÁS ADMINISTRACIÓN

PolíticaEl presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, en conferencia de prensa.
Miguel Ángel Solis
ENTRE VISIONES DEL PODER
MIGUEL ÁNGEL SOLÍS
El Presidente de la República sigue en campaña. Lo hace todos los días para congraciarse con sus seguidores, no con todos los mexicanos. No se ve ni talante, ni luces de su encomienda: ser estadista. La arenga le gana al gobernante. Se ha enfundado en el rol de político, más que de administrador público. Vemos a diario que el Jefe del Ejecutivo hace más política en vez de hacer más política pública. Parece – solo parece – que no distingue entre el significado del quehacer político (realpolitik) y el quehacer gubernamental. La política debe ser practicada en el ámbito de los partidos y del Congreso. Andrés Manuel López Obrador la ejerció por muchos años y a rienda suelta (dirigió dos partidos). La política, en estricto sentido, es de profesionales que dedican tiempo y espacio a su desempeño, como lo distinguió en sociólogo Alemán Max Weber en su libro “Política y Sociedad”, quien además definió que “la acción orientada a valores (autoridad carismática), debe dar paso a una organización y acción orientada a objetivos (autoridad racional-legal)”, es decir, darle más peso a las decisiones de Estado que a las decisiones estrictamente políticas fincadas en el carisma del líder. 

Es en el gobierno donde se toman las decisiones que involucra a las políticas públicas, entendidas éstas como programas y proyectos que inciden en la sociedad. Suele confundirse que desde el gobierno también se hace y se debe hacer política. Solemos caer en esa trampa. Se hace algo parecido, pero más bien vinculado a la esfera de las relaciones públicas con una connotación o significado diferente que se materializa a través de lo que se llama políticas públicas. Ahí estriba la distinción. Una se hace en el campo estrictamente de lo político y la ejercen políticos profesionales; la otra, se realiza desde ámbito de la administración pública y la ejecutan servidores y funcionarios públicos. Esas políticas públicas varían de gobierno en gobierno. A algunos les parecen adecuadas, a otros no tanto y hay a quienes, en definitiva, nada de lo que hagan los gobiernos les satisface. Así, la política y las políticas públicas, son tareas que conllevan grados de vulnerabilidad para quien ejerce estas actividades porque tiene que ver con acciones directas e indirectas que inciden de una u otra forma en la sociedad. Cada una lleva su espacio, contexto y tiempo. Para AMLO, ambas son una. 

La mayoría de quienes ejercen el poder desde el gobierno realizaron previamente tareas propias de la política profesional (no es necesariamente una condición), como Andrés Manuel López Obrador; sin embargo, eso ya quedó atrás y hoy es gobernante. Como tal, debió darle vuelta a la página del político para situarse en la del estadista. Lamentablemente vemos que no es así. En estos 100 días de gobierno, ha empleado más tiempo en generar anuncios a través de las conferencias de prensa “mañaneras”, que implementar políticas públicas. Ha abusado del recurso político generando mensajes con “verdades a medias”, y ha minimizado la instrumentación de programas serios y bien planificados que beneficien a todos los mexicanos. Esto conlleva a distorsionar el propósito de quienes realizan labores desde la administración pública: destinar su tiempo a tomar decisiones sin politizarlas en beneficio de la colectividad. Quienes desde el gobierno hacen más política que programas y proyectos de gobierno, suelen dividir y confrontar a la sociedad. Los partidarios del gobernante son quienes suelen aprobar sus decisiones, y quienes no le dieron su apoyo en las urnas, son quienes las rechazan. Por eso es importante que los gobernantes ejerzan el poder para beneficiar a todos los conglomerados sociales, sin distinción de sexo, edad, ingreso, credo y origen. El gobernante debe hacerlo para todos, debe tener clara la distinción entre gobernar en la pluralidad y no a partir únicamente de la popularidad. El camino que AMLO está transitando como Presidente, parece ser desafortunadamente ese. Liébano Sáenz lo plasma muy bien en su artículo publicado el pasado 2 de marzo en Milenio Diario:”hasta ahora el Presidente ha preferido la eficacia de la popularidad que la popularidad de la eficacia”. Esto tiene consecuencias que nos puede acarrear desequilibrios económicos, políticos y sociales, pues pareciera que le importa más el mensaje político que ser realmente eficiente en su desempeño como mandatario.

Una condición importante para que las políticas públicas sean eficaces y eficientes, pero que además sirvan a todos, se refiere a los perfiles de puestos idóneos para que exista una adecuada planeación estratégica para su puesta en marcha. Quienes ejercen gobierno, deben tener experiencia y conocimiento de la administración pública. Sin esto, los programas y decisiones suelen ser equivocadas y muchas veces catastróficas.  

El gobierno de Andrés Manuel López Obrador ha mostrado también en este rubro que se privilegia más la política que la instrumentación de políticas públicas. Lamentablemente el Presidente se ha rodeado de un buen número de personas inexpertas e incapaces. Aquí, por supuesto, caben gobiernos anteriores al actual, nadie se salva. Sin embargo, no se trata de hacer lo que hacían otros gobiernos. Se trata de hacer la diferencia, de profesionalizar al sector público y catapultar el “Servicio Civil de Carrera”, no de repetir errores de administraciones pasadas. Se trata de mantener a los que saben (muchísimos de ellos honestos), no de despedir a personas capaces y probadas que sin distinción de partido o ideología, trabajaban eficientemente en la estructura de gobierno. Los Consejeros propuestos por Andrés Manuel López Obrador para conformar la CRE (Comisión Reguladora de Energía) o funcionarios del CONACYT (Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología), son solo un ejemplo de las características no deseadas de personas que pueden equivocar el rumbo en sectores tan importantes para el desarrollo del país. Por el contrario, personal que labora en guarderías, en el sector agrario, en el tributario (SAT), en el turístico o en el medio ambiental – en muchos casos – son un ejemplo de conocimiento, eficiencia y responsabilidad. 

Un buen estadista planea y hace estrategia para ejecutar con éxito sus decisiones. La ausencia de planeación estratégica es parte del día a día de este gobierno. Pareciera que las ocurrencias y las decisiones políticas pesan más que las programáticas. Ahí tenemos el tema del combate al “huachicol” que quedó a deber con acciones judiciales de peso, la realización de encuestas y la conformación de sindicatos a modo, el tren maya del que no conocemos estudios técnicos, o la cancelación del NAIM donde se dice había corrupción, pero nadie enfrenta proceso. Se trata de hacer las cosas bien, con resultados en todos los frentes, no de presentar spot´s de televisión promoviendo al turismo y a la vez al hoy Presidente con una imagen de él como candidato que incluía el logo de MORENA ¿Eso no es hacer política? Por fortuna decidió bajarlo para que no se continuara transmitiendo en horarios destinados al Estado. 

Todo debe partir, pues, de la planeación, no de ocurrencias y menos de politizar la administración pública con posiciones y declaraciones “mañaneras”. Los golpes mediáticos no son necesariamente aliados de un buen gobierno. La desconfianza de la mayoría de los mexicanos en gobiernos que no rindieron buenas cuentas y ahora darle su confianza a ciegas a otro que usa la política para montarse en la credibilidad, es seguir en campaña, no en la tarea de gobierno. Por eso, se requiere dejar la política en manos de otros, no en las de quien dirige la nación. 

Mientras, el país se debate entre buenos y malos, entre “iluminados” y fifís, entre evolucionar o retroceder, entre castigar sin castigo a los corruptos y entre decisiones que ya nos cuestan la calificación de perspectiva de país de estable a negativa. El tiempo pasa y no vemos visión de Estado. Hay en cambio, ausencia de políticas públicas fincadas en un auténtico desarrollo nacional. Y así nos la podremos pasar. Mientras, a seguirle aplaudiendo al Sr. Presidente, al cabo hay que hacer más política y menos administración. La tribuna así lo exige. A darle gusto. 

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Miguel Ángel Solís
Politólogo. Consultor político. Experto en estrategia y comunicación política para campañas electorales, de gobierno y comunicación organizacional. Ex servidor público e investigador universitario. Apasionado del orden, la disciplina y la organización.

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