Metro CDMX

Metro
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#PlumasGurú

Por: Michel Chaín Carrillo

Adiós mi linda Tacuba,

bella tierra tan risueña,

ya me voy de tu Legaria,

tu Marina y tu Pensil.

Ya me voy, me lleva el metro

por un peso hasta Tasqueña;

si en dos horas no regreso

guárdame una tumba aquí.

“Voy en Metro”, 1973.

Chava Flores

Si bien no nací en la Ciudad de México y hasta que acabé la preparatoria, en mi natal Puebla, me fui a vivir al otrora D.F., tengo recuerdos desde muy pequeño del Metro.  Los primeros eran por la profundidad y magnitud de los túneles en estaciones como las de la Línea 7 (la naranja); después, por la estética tan particular de Tacubaya o Chabacano (no de gratis en la primera filmó Schwarzenegger “Total Recall”).  Después, y aunque siempre fui más de la zona sur, me encantaba pasar por el “túnel de la ciencia” seguramente poniendo, ahí sí, cara de turista.

Cuando comencé a vivir en la Ciudad de México hubo dos fenómenos por los que me gustaba ir en Metro de CU, donde tomaba o daba clases, al Centro, al principio para matar mis horas ociosas (aunque, ahora que lo pienso, seguramente debería haber estado haciendo tarea) y, posteriormente, para trabajar en una casona espectacular de la calle República de Cuba.  El primero, lo rápido y eficiente que era viajar en Metro respecto a hacerlo en coche o en otro tipo de transporte público.  El segundo, y especialmente porque se me ocurrió comenzar a estudiar Economía precisamente en plena crisis de 94-95, por la manera en que los vagones del Metro son unos perfectos termómetros del ánimo social en la Ciudad y, en buena medida, del país.

Sí, como todos quienes viajan en Metro de manera habitual, odiaba los atasques en Pino Suarez en las horas pico, el esperar con ansia llegar a la siguiente estación para tomar una bocanada de aire fresco cuando el vagón iba lleno o, cuando finalmente había un lugar disponible para sentarme, quedarme dormido y pasarme de la estación en la que tenía que transbordar. 

De hecho, cuando finalmente me pude comprar un coche, era habitual que lo dejara estacionado en CU o muy cerca de ahí y, después de clase, tomar el Metro, ya fuera en Copilco o M. A. Quevedo, para ir a trabajar perfectamente disfrazado de yuppie con traje, corbata, mancuernillas y pañuelo.

Si bien Puebla es mi origen y, en muchos sentidos, mi manera de ser no niega mi barroca y neciamente rebuscada esencia poblana, es igualmente cierto que con la CDMX, desde hace décadas, mantengo un affaire muy especial marcado por el enorme agradecimiento que le tengo por los 15 maravillosos años que viví ahí y viajé en Metro.

En esos 15 años, y aún cuando muchas veces tenía que correr para alcanzar las últimas corridas del día, nunca me sentí inseguro en el Metro.  Había que ir alerta por alguien que no daba buena espina o a las vivas por los “conejos” (así le decían a los carteristas), pero no más.  Nunca, ni en mi más delirante y trastocada fantasía, provocada por el calor, la gente y la falta de aire en los vagones, llegué a imaginar las dantescas imágenes de este 3 de mayo por el colapso de la polémica, y malograda, Línea 12 del Metro.

Al momento de escribir este texto se habla de más de 20 muertos y 38 heridos trasladados a hospitales, pero le está resultando muy difícil a la Jefa de Gobierno trasmitir certeza en sus datos.  Pienso en los muertos, en sus familias, en los terribles minutos que vivieron quienes viajan en la Línea 12 o en la angustia que miles de mexicanas y mexicanos están viviendo por no saber si sus familiares o amigos estaban viajando sobre la estructura que se colapsó, si sobrevivieron o son de los cuerpos que, de zarzales de metales retorcidos, sacan para cubrirlos con sabanas blancas.  Mi solidaridad está con todos ellos y, en general, con todos los capitalinos y con la Ciudad misma.

Duele ver esto en la Ciudad de México.

De manera inevitable, y dada la cercanía de las elecciones del 6 de junio, habrá quienes desde ya están buscando sacar raja política de esta desgracia que, de una u otra manera, habrá de marcar la jornada electoral.  En estos momentos me niego a hacer eco a quienes lo hagan.  Hay que tener una condición humana o un nivel de fanatismo ideológico muy particular para hacerlo que, creo que de manera afortunada, no comparto.

Sin embargo, es imposible no señalar las problemáticas y soluciones de último momento con la que arrancó la operación de la Línea 12 y la necesidad de realinear rieles y vagones.  De las múltiples denuncias, tanto por parte de usuarios como vecinos, sobre el mal estado de la estructura que soportaba la llamada “línea dorada” y que este 3 de mayo colapsó.  Del inédito incendio, al inicio de este año, que apagó al Metro y las infantiles respuestas de su Directora General.  De fallas evidentes en el mantenimiento.  De la falta de protocolos, improvisación y, hasta impotencia, con la que busca reacciona el “estado de fuerza” desplegado en la ya llamada “zona cero”.  También de la solidaridad de los vecinos que, con todo y Pandemia COVID-19, abrieron sus casas a quienes viajaban en el Metro y les ofrecen café y comida.  De cómo nunca, en la larguísima y muchas veces dolorosa historia de la Ciudad de México, se había visto algo parecido a lo que se vive hoy.

Los terremotos no se pueden prever y, sin embargo, del de 1985 el país salió marcado y transformado.  México aprendió, se mejoró la manera de construir, se desarrollaron alertas y protocolos y, aún así, la Ciudad de se volvió a romper con el terremoto de 2017 y, a la escala de esa nueva desgracia, se volvió a reconstruir y recomponer.

Pero los terremotos no se pueden prever.  Es la naturaleza y las placas tectónicas jugando a ser las Moiras y su hilado.  Simplemente, no se podían prever.

La desgracia de la Línea 12 del Metro no sólo era previsible.  Era evitable.

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