Mexicanos en EEUU: 40 millones que no queremos ver

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#PlumasGurú

Por: Michel Chaín Carrillo

Recientemente tuve la oportunidad de tener una larga e ilustrativa sobremesa con un poblano avecindado en los Estados Unidos que, desde su trabajo como ejecutivo en una empresa de medios de comunicación, es un incansable activista en favor de la comunidad latina, en lo general, y mexicana, en lo particular.  De manera tanto sorprendente como dolorosa, comentó que el reto más complejo y desmoralizador que enfrenta, día tras día, al tratar de mejorar las condiciones de los “paisanos” de aquel lado del Río Bravo no son los militantes más extremos del Partido Republicano o el propio Donald Trump: es la manera sistemática en la que los mexicanos de este lado, nos negamos a ver a los mexicanos de aquel lado.

¿Cuántos mexicanos hay? De inmediato mi cerebro carbura, antes de que diga 120 millones me hace recordar que ya salieron los resultados del Censo de Población y Vivienda 2020 del INEGI, mentalmente rectifico y contesto con seguridad: 127 millones.

La mirada de mi interlocutor lo dice todo.  Me equivoqué.  No tomé en cuenta a los más de 38.5 millones de mexicanos, de primera, segunda y tercera generación, que viven en suelo norteamericano.  

Soy uno más de los mexicanos que, desde nuestro lado de la frontera, consciente o inconscientemente, no vemos ni reconocemos a los mexicanos que, desesperados por la falta de oportunidades en México para sacar adelante a sus familias, decidieron jugarse la vida para entrar como indocumentados a los EEUU y, una vez ahí, desde la más total de las clandestinidades reinventarse en ciudadanos modelos, buenos trabajadores, productivos y que generan, pese a las condiciones siempre adversas y el riesgo permanente de ser deportados, ingresos suficientes para vivir y para mandar “un dinerito” a sus familias para que sobrevivan, vayan a la escuela, le hagan la fiesta a los niños o compren, finalmente, una casa propia.

De acuerdo a un reportaje de 2019, firmado por Patricia Sulbarán Lovera para la BBC, los 57 millones de latinos que actualmente viven en los Estados Unidos equivalen a uno de cada seis ciudadanos norteamericanos.  Dato por demás relevante, de esos 57 millones de latinos el 63% son mexicanos.  

Asimismo, mexicanos son el 25% de los 44.5 millones de migrantes registrados en 2017, de acuerdo a las estimaciones del Migration Policy Institute.  No sólo son muchos los paisanos viviendo allá, sino que además son demográficamente pujantes: mientras que únicamente el 20% de los norteamericanos “blancos” son menores de 18 años, cerca del 50% de los latinos nacidos en suelo estadounidense lo son y, cada vez de manera más identificable, su dinamismo los proyecta como una fuerza laboral y de consumo clave para el desempeño de la economía más importante del mundo.  De hecho el Centro Selig, perteneciente a la Universidad de Georgia, calcula que el ingreso disponible en manos de los latinos en EEUU, después de impuestos, es del orden de los $1.5 billones de “billetes verdes”.

Sin embargo, el impacto positivo generado por los latinos y mexicanos en la economía no es una exclusiva de los EEUU.  Por el contrario, la fuerza laboral mexicana, de 16 años o más, pasó de 11 millones en el año 2000 a más de 16 millones de potenciales trabajadores en aquel país y sus envíos de remesas, en el caso de México, crecieron el 11.4% de 2019 a 2020 para, en pleno año de pandemia, alcanzar su máximo histórico con 40,606.7 millones de dólares en el multicitado 2020.

De manera de verdad increíble, después de que en México no les dimos absolutamente nada y, en muchos casos, nos esforzamos por quitarles hasta la esperanza de un mejor futuro para sus familias, los paisanos que migran a los EEUU tienen tal magnanimidad que, entre ayuditas y ayudotas a sus familiares, terminan por volverse la tercera o cuarta fuente de divisas para un país que, ante el beneplácito del Presidente, cada vez se anquilosa más y más en una arbitrariedad cotidiana que aleja lo mismo al pequeño que al gran inversionista y, junto con ellos, a la generación de las fuentes de trabajo que tanto se requieren.

De esta manera, mientras el Presidente hace “caravana con sombrero ajeno” y da a las remesas el mismo trato de los cada vez más inexistentes logros de gobierno, la sociedad mexicana toma sin mayor reparo los dólares enviados por los paisanos, da su muy abusiva tajada a las empresas de envío de dinero, otra más a intermediarios financieros un poquito más sólidos, otro tanto para el próximo berrinche fiduciario de Grupo Salinas y, el resto, lo mezcla con el circulante de la economía mexicana para, con una facilidad que raya en la crueldad, olvidarse de los casi 40 millones de paisanos que viven en los EEUU, desaparecerlos de la agenda pública, erradicarlos de las discusiones de gobierno, hacerlos invisibles para el ojo de los medios de comunicación y, dado que “Santo que no es visto no es adorado”, extirparlos de la vida nacional hasta la próxima transferencia.

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Por un mínimo de humanidad, agradecimiento y decencia, el olvido en el que se tiene a los mexicanos que viven en EEUU debería asustarnos por lo que dice de nosotros mismos.  Aún más, debería de sobrecogernos porque, como pasa algo muy similar con la sociedad y la autoridad norteamericana, los paisanos terminan por ser víctimas de esta doble negación.  Generamos una población de mucho peso en términos de cantidad de gente, ingreso y capacidad de compra que, increíblemente, pareciera pasar desapercibida para todos.  Una mayoría silente e invisible, pero potencialmente poderosa.

Apelar al agradecimiento y la solidaridad con los mexicanos en los EEUU debería ser argumento suficiente para llamar a la reflexión y la acción, pero pareciera que en los últimos años el país se ha especializado en verse el ombligo tautológicamente.  Apelo entonces a la sana y a la no sana ambición: sin que se les tire un lazo, esos mexicanos mandan 40 mil millones de dólares de manera voluntaria y sin contraprestación de por medio.  ¿Ya se pusieron a dimensionar los aspiracionales de todo México el potencial de negocios que hay si se les tiende una mano, aunque sea para ofrecerles esquemas de pagos chiquitos e infinitos, que los ayuden a reencontrarse con su familia, cultura y raíces.

Conviene, por donde se le vea, quitarle de una buena vez a ese “otro México” el mentado “otro”.  Allá también hay patria.

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