Mujeres y nuestro Siglo XXI

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Por: Michel Chaín Carrillo
Tradicionalmente México es visto como un país machista, donde la figura del padre de familia era, palabras más palabras menos, una especie de dictador benevolente que, al mismo tiempo que era el proveedor único del hogar también tenía la última palabra en un monólogo en el que no cabía réplica alguna.  Por su parte, la abnegada mujer era destinada a sufrir de manera estoica, entregando sus mejores años al cuidado de unos hijos que, ingratos, la terminaban por abandonar para ser dictadores benevolentes o sumisas madrecitas en sus propios hogares.  A pesar de muchas resistencias, el Siglo XXI es muy diferente a esa tradición… aunque seguimos siendo un país machista.

De acuerdo a la Real Academia de la Lengua, el machismo se define como la “Actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres” o una “forma de sexismo caracterizada por la prevalencia del varón” lo que, dicho de manera más coloquial significa que, ya sea por aspectos legales o culturales, quienes somos del sexo masculino tenemos ventajas que quienes son del sexo femenino no.  De acuerdo a Parametría, 62% de la opinión considera que México es un país machista contra el 38% que opina lo contrario.

Tradicionalmente, las mujeres no podían entrar a las cantinas o a las pulquerías que, en muchos casos, ni siquiera baños de mujeres tenían, o si entraban, era para cobrar por bailar “pegadito” con los clientes, lo que dio lugar al mote de “ficheras” que hasta la fecha subsiste.  

En la actualidad, y por lo menos en las ciudades más grandes y urbanas del país, creo que sería de escándalo un bar o “antro” donde no pudieran entrar las mujeres simplemente por ser mujeres; sin embargo, en aspectos que a fuerza de ser cotidianos terminan por parecer invisibles para quienes los practican, pero no para quien los observa.  Esto va desde los diferentes grados de libertad que se le da socialmente a los hombres para ser promiscuos y como, exactamente el mismo comportamiento, se condena y sataniza en las mujeres, pero también se observa en los hogares cuando a los hijos hombres no se les pide responsabilizarse de las labores domésticas mientras que a las mujeres se les exige hacerse cargo del hogar o, algo que me sorprendió siempre y en primera persona, que a la hora de la comida se le sirva primero a los hombres, después a las mujeres y, si falta algo en la mesa, sean las mujeres quienes lo tengan que traer.

De manera poco sorprendente, lo que sucede en el ámbito doméstico termina por trascenderlo y afecta prácticamente todos los ámbitos laborales, como refleja el que la participación laboral de las mujeres, en México, sea la mitad que la de los hombres.  Aún más, y según señaló recientemente la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), dados el tipo de trabajo a las que acceden normalmente, están en una situación de vulnerabilidad que va más allá de lo económico:  “La crisis afectará más gravemente a las mujeres, ya que estas representan más del 60% de la mano de obra en los sectores de alojamiento y servicios de alimentación y el 72,8% de la fuerza de trabajo en el sector de la atención de la salud, y tienen una mayor probabilidad que los hombres de trabajar en ocupaciones informales. El confinamiento también ha significado una presión adicional sobre las mujeres como cuidadoras principales, al tiempo que ha aumentado la incidencia del femicidio y otras formas de violencia sexual y de género”.

Según señala la CEPAL, en lo que sucede con los servicios de Salud, que por más de un año han sido la heroica trinchera que ha evitado que las tragedias asociadas a la pandemia de COVID-19 sean mayores, y donde a nivel latinoamericano la mayor parte de quienes ahí laboran son mujeres pero ganan, en promedio, 20% menos.

Adicionalmente, hay que tener muy presente que, tal como se explicaba en mi ejemplo inicial, las mujeres tienen una responsabilidad desproporcionadamente alta en e trabajo no remunerado de cuidados que prestan a otras personas.  De acuerdo con la ONU, ellas dedican entre 1 y 3 horas más que los hombres a las labores domésticas y entre 1 y 4 horas diarias menos a actividades de mercado.

Si bien mi mamá difícilmente calificaría como una feminista, en el sentido contemporáneo del término, el hecho de que fuera ella quien tuviera que desempeñar ambos roles en la casa, a raíz de la muerte de mi papá, me enseñó que para que se pueda hablar de un empoderamiento efectivo de las mujeres es condición sine qua non que logren un empoderamiento económico.  De otra manera, y más si hay hijos, es más probable que tengan que aceptar condiciones de vida con las que no están de acuerdo y que, de una u otra manera redundan ya sea en vulnerabilidad o en violencia contra ellas

De esta manera seguir impidiendo, de manera legal o meta legal, que las mujeres participen en condiciones de igualdad en los mercados laborales o, aun peor, dejar que sea la inseguridad quien se los impida, no solo es ética y moralmente equivocado, es económicamente suicida.  Desafortunadamente las autoridades en los tres niveles de gobierno parecen ignorarlo en la mayor parte del país, pues cada vez generan un entorno más complicado para ellas.

Si bien las mujeres son las figuras principales en su empoderamiento de cara al Siglo XXI, los hombres no podemos ser ajenos pues las nuevas feminidades requieren, de manera estadísticamente complementaria, de nuevas masculinidades que, desafortunadamente parece ser un tema que no tiene peso en las reivindicaciones feministas.  

¡Además nos conviene a los hombres!  De acuerdo a la Organización Panamericana de la Salud, en su informe “Masculinidades y salud en la región de las Américas” se señala que las expectativas sociales de los hombres para ser proveedores de sus familias, participar en conductas de riesgo, ser sexualmente dominantes y evitar discutir sus emociones o buscar ayuda psicológica (la masculinidad tóxica) contribuyen a tasas más altas de suicidio, homicidio, adicciones y accidentes de tránsito, así como de enfermedades no transmisibles.  Según esta investigación, uno de cada cinco hombres muere antes de los 50 años y muchas de las principales causas de muerte en las Américas, incluidas las enfermedades cardíacas, la violencia interpersonal y los siniestros viales, están directamente relacionados con comportamientos “machistas” construidos socialmente.

En él empoderamiento de las mujeres también influye, de manera medular, el entorno político y las políticas públicas.  Por lo menos en México, en este rubro son las mujeres quienes, desde el año pasado, han dado el ejemplo y llevan la delantera.  Mientras los vehículos de participación política convencional de quienes no están de acuerdo con la cuatroté, los Partidos Políticos de oposición, siguen atrapados en esa ratonera discursiva en los que los ha metido el Presidente López Obrador con la dicotomía “transformación vs. mafia del poder”, las mujeres con un movimiento auténticamente social, sin liderazgos visibles, evidentemente apartidista (aunque no apolítico, que no es lo mismo) ya el año pasado lograron lo que parecía imposible en México: hacer que todos los hombres discutiéramos fenómenos como el machismo, el feminismo y nuestros roles como hombres y mujeres para lo que le resta al Siglo XXI y dejar a Presidencia sin la narrativa de lo que sucede en el país.

El Presidente López Obrador no entiende a las mujeres y el hecho de que sus protestas se salgan, tanto de su marco de referencia político como de los roles que él supone cada quien debe realizar en la sociedad, lo saca de sí  y en su desesperación hace callar a buena parte de las feministas que militan en MORENA para intentar justificar a su Administración, pero desde una posición eminentemente patriarcal, lo que  lejos de restablecer su monólogo, solo enardece más a las mujeres y pierde, aún más, el monopolio de la palabra.

No todas las mujeres son feministas, es claro.  Pero si nos fijamos sólo en sus coincidencias y dejamos a un lado sus diferencias, veremos que es posible establecer un mínimo común denominador que las hace a todas partícipes de esta lucha por una sociedad más justa y equitativa en favor de todos, y son el 52% de la población.  ¡Mi respeto y admiración a todas!

Nota Bene: ¿Les extraña que un economista liberal-liberal escriba del rol de las mujeres en la sociedad y de feminismo?  Pues no debería, ya que desde el Siglo XIX uno de los pensadores más influyentes de la escuela filosófica liberal y de los planteamientos en favor del mercado, John Stuart Mill, trabajó junto con su esposa Harriet Taylor Mill, para publicar en 1869 “The Subjection of Women” (La Esclavitud de las Mujeres) que fue considerado una afrenta a las normas convencionales de la época por su defensa de la igualdad entre ambos sexos.  Hay un vínculo profundo entre filosofía liberal, mercado, democracia e igualdad entre mujeres y hombres

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