Retirada

Estados Unidos
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#DesdeelMonterreydelasMontañas

Guillermo García

@billyguillermo

El 11 de septiembre de 2001 la geopolítica mundial cambió para siempre. Ese martes, un grupo de islámicos radicales conocido como Al-Qaeda ejecutó una serie de ataques terroristas coordinados en Estados Unidos. Los ataques asesinaron a, por lo menos, 2,996 personas. “Al día siguiente, de regreso a la oficina, empezamos a planear la invasión en Afganistán”, escribió el mes pasado Bruce Riedel, miembro del Consejo Nacional de Seguridad. El apoyo al gobierno de George Bush para que hiciera algo como venganza del ataque era enorme. Internacionalmente el imperio tenía una oportunidad de oro. Por primera vez desde su transformación en superpotencia, después de la Segunda Guerra Mundial, la comunidad internacional estaba de lado de Estados Unidos y apoyaba una respuesta enérgica y militar.

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El gobierno norteamericano exigió la entrega de Osama Bin Laden, los talibanes la rechazaron y el 7 de octubre de 2001, menos de un mes después de los ataques, con la operación “Libertad Duradera” empezó la lucha en Afganistán. Importante recalcar que la guerra más larga en la historia de los Estados Unidos no fue una guerra, constitucionalmente hablando. Para declarar la guerra a una nación extranjera la Constitución norteamericana establece un claro procedimiento a seguir. Sin embargo, en uno de los golpes más duros a la distribución de poderes, aprovechando el patriotismo y sed de venganza posterior a los atentados, Bush consiguió una autorización del Congreso que le permitía usar la fuerza contra quienes “planearon, autorizaron, cometieron o ayudaron” en los ataques del 11/09, lo que en la práctica le daba un cheque en blanco para invadir a quien quisiera.

El éxito militar inmediato de los americanos es indiscutible, en meses eran amos de las ciudades más importantes del país y los talibanes tuvieron que refugiarse en Pakistán. Sin embargo, durante la invasión la estrategia se perdió. Un ataque que empezó como una misión de búsqueda de los miembros de Al-Qaeda y destrucción de enclaves terroristas, se transformó en el proyecto de producir una nación moderna. El pueblo afgano, compuesto por diferentes grupos de poder organizados en forma de clan, rara vez puede encontrar unidad sino frente a las amenazas externas. Poco a poco la falta de definición de los americanos en cuanto a la profundidad de su intervención en la política local fue provocando que se alejaran fuerzas no extremistas de los invasores. La esquizofrenia norteamericana llegó tan lejos como anunciar un incremento de tropas al mismo momento que anunciaban qué día esas tropas se retirarían. Al Talibán le debe haber quedado claro hace muchos años que lo único que tenía que hacer era sobrevivir. 

Cabe entender que los talibanes no son Al-Qaeda. Son consecuencia directa de la Guerra Fría, es un movimiento político y social que nace auspiciado por Estados Unidos. Cuando en 1978 un gobierno marxista toma el poder en Afganistán, los americanos empiezan a dar dinero a través de Pakistán a los fundamentalistas islámicos que combaten el régimen de izquierda, esto provoca que la Unión Soviética invada el país, lo que provoca a su vez que los norteamericanos manden más dinero y armas a los rebeldes. Al final el gobierno ruso tiene que abandonar el país en 1989 por caro e impopular. Sí, evidente la ironía. El país cae en una lucha de facciones entre las fuerzas que habían echado fuera a los rusos, de todas esas facciones la que ganó fue la de los Talibanes, que aun cuando la más fuerte, nunca tuvieron control del país entero. Por eso Al-Qaeda estaba en Afganistán, como parte de los grupos que se atribuían la victoria frente a los soviéticos, convivían y cooperaban como gobiernos alternos en diferentes zonas del país sin que en realidad fueran los mismos. 

En su discurso de la última semana, Joe Biden ha puesto el costo de este esfuerzo al gobierno de EE.UU. en 300 millones de dólares diarios por 20 años. Muy capitalista de parte del presidente hablar de cuánto dinero le ha costado a Estados Unidos y no las más de 200 mil vidas que ha costado la aventura. Sólo existe un lado positivo de la aventura, los grupos extremistas no han podido volver a ejecutar un atentado terrorista a gran escala en Estados Unidos. Por lo demás, Afganistán representa una derrota más grande que Vietnam. Aquí no sólo se perdió el territorio ocupado, se perdieron también los limites constitucionales del poder presidencial norteamericano, se perdieron libertades individuales dentro y fuera de Estados Unidos con la excusa de salvaguardarnos del terrorismo, y se abrió una brecha discriminatoria entre cristianismo e islamismo que ha sido uno de los motores del resurgimiento de los demagogos nacionalistas. 

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Unos aviones estrellándose en las torres gemelas hace 20 años abrió el capítulo de indignación y simpatía mundial hacia los Estados Unidos, un avión militar huyendo de Afganistán con civiles afganos cayendo a su muerte la semana pasada lo cierra, con sentimientos de derrota y debilidad del imperio. 

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