La renuncia de Adán Augusto López al Senado no fue un acto de voluntad, sino una decapitación política orquestada desde Palacio Nacional.

Claroy Cociso | Alberto Castelazo Alcalá
Opinión
Política Gurú
@Castelazoa
Hola. Qué gusto saludarte de nuevo. Hoy el café está amargo, como la realidad política de quienes se creían intocables. Vamos directo al grano con la caída de quien fuera el “brazo derecho” del régimen anterior.
Dicen que en política, la forma es fondo. Sin embargo, para Adán Augusto López, la forma fue un portazo en la cara. El otrora todopoderoso coordinador de Morena en el Senado ya no despacha ahí. No fue una decisión propia, sino una ejecución política en toda regla.
La historia real ocurrió hace dos semanas en Palacio Nacional. Allí, la presidenta Claudia Sheinbaum le leyó la cartilla. No hubo abrazos, solo carpetas con datos duros sobre sus supuestos vínculos con el crimen organizado. En consecuencia, el tabasqueño salió de la oficina políticamente liquidado.

La presión no solo fue interna. Por el contrario, el nombre de Marco Rubio retumbó en los pasillos. El secretario de Estado norteamericano fue claro: la impunidad de ciertos personajes era inaceptable. Por lo tanto, Sheinbaum tuvo que elegir entre proteger a un “hermano” o evitar un conflicto binacional.
A pesar de su arrogancia, Adán buscó refugio en el extranjero. No obstante, ninguna nación europea quiso otorgar el beneplácito. Al igual que sucedió con Gertz Manero, el silencio diplomático fue su peor castigo. En consecuencia, la embajada que tanto anhelaba terminó en el archivo muerto.
Su reemplazo, Nacho Mier, ya tomó las riendas del control presupuestario. Mientras tanto, a López Hernández lo mandaron al “destierro” territorial. Operar la cuarta circunscripción es, en realidad, un premio de consolación bastante amargo. Además, el estigma de “La Barredora” lo perseguirá en cada mitin.
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Es irónico. Adán Augusto se pavoneaba como el arquitecto de la caída de otros. Sin embargo, terminó siendo un peón sacrificable en el tablero de la 4T. Su cinismo era casi admirable, pues exigía reconocimientos por una honestidad que nadie en el Senado le encontraba.
Finalmente, el senador mantiene el fuero, ese escudo protector contra la justicia. Pero, aunque la ley no lo toque hoy, su peso político se desvanece. Cayó el operador, aunque se quede el burócrata. Así termina otro capítulo de soberbia y opacidad en el segundo piso de la transformación.

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