La austeridad republicana fue el sello moral de la 4T. Sin embargo, entre 2023 y 2026, viajes, accesorios y polémicas internas exhibieron una pregunta incómoda: ¿la sobriedad es regla o escenografía?

Claro y Conciso | Alberto Castelazo Alcalá
Opinión
Política Gurú
@Castelazoa
La austeridad republicana llegó como evangelio: “No puede haber gobierno rico con pueblo pobre”. Y sí, pegó. Además, sirvió como marca registrada de la 4T: un código moral para distinguirse del “PRIAN” y su buffet de privilegios.
En teoría, el mensaje era impecable. Sin embargo, en la práctica se volvió elástico. Morena predicó sobriedad, y algunos cuadros entendieron otra cosa: que la austeridad era para el discurso… y el lujo para el Instagram (siempre que no se note tanto).
Para entender el choque, hay que aceptar algo incómodo: la austeridad no se vendió solo como ajuste presupuestal. También se vendió como virtud personal. Por eso, cuando el poder aparece con accesorios “de otra galaxia”, el problema ya no es contable: es simbólico.
Además, el oficialismo no construyó su legitimidad diciendo “somos eficientes”. La construyó diciendo “somos distintos”. Por lo tanto, cada foto en hotel exclusivo, cada cabina premium y cada reloj suizo opera como una grieta en la narrativa.
La escena que lo resumió todo llegó en noviembre de 2024: las cámaras captaron a Ricardo Monreal y Pedro Haces usando un helicóptero privado para moverse. Monreal defendió que no era dinero público, pero igual pidió disculpas tras el llamado de atención desde Palacio.
Ese episodio importó por una razón simple: Morena ya no discute solo “legalidad”, discute “ejemplo”. En consecuencia, cuando Sheinbaum tiene que decir en voz alta “den ejemplo”, es porque el ejemplo ya venía fallando en cadena.
Luego vino el verano europeo de 2025, con fotos que hicieron el trabajo sucio: no importó si el viaje lo pagó cada quien; importó la postal. Mario Delgado apareció vacacionando en Portugal y respondió que todo fue con recursos propios. Aun así, la imagen chocó con la bandera de sobriedad.
Y por si faltaba gasolina, Gerardo Fernández Noroña reventó enero de 2026: lo captaron en vuelo desde Roma en un asiento tipo cama y contestó con tecnicismos de clase (que si “no existe primera”, que si “es ejecutiva”). El ciudadano entendió otra cosa: lujo.

Aquí está la trampa del “es mi dinero”: es cierto, pero es incompleto. Porque la política no es solo patrimonio; también es mensaje. Además, Morena no ganó diciendo “cada quien haga lo que quiera”. Ganó diciendo “se acabaron los privilegios”.
Por eso, cuando Noroña defendió a Andrés Manuel López Beltrán por Tokio con una frase que parecía meme filosófico —“¿quién decide si un lugar es lujoso?”—, el debate se degradó: ya no fue congruencia vs. exceso, sino clasismo vs. crítica. Morena movió la portería.
Mientras tanto, el lujo dejó de ser “viaje” y se volvió “accesorio”. Y ahí la cosa se ve en alta definición: relojes, chamarras, bolsas, autos. No porque el ciudadano sea policía de moda, sino porque Morena convirtió la sobriedad en credencial moral.
En diciembre de 2025, Mariela Gutiérrez Escalante fue señalada por portar relojes de alta gama y otros artículos de lujo. Ella quedó atrapada en el peor ángulo: el contraste entre la narrativa de austeridad y la percepción pública de ostentación.
Después, enero de 2026 trajo otro símbolo explosivo: “Memo” Herrera, ligado a Morena en Veracruz, fue exhibido por un reloj Richard Mille valuado en millones y un estilo de respuesta que no ayudó: burla, “envidia”, show. En política, la soberbia siempre sale cara.
Ahora, hablemos de lo que nadie quiere en voz alta: sueldos. Sí, un alto cargo gana mucho para el promedio nacional. Pero el lujo que se presume a veces no es “caro”; es “inexplicable” con salario público, salvo que exista patrimonio previo, herencia o negocios.
Sheinbaum tiene reportado un salario neto mensual de alrededor de 134,290 pesos. Por su parte, el Senado documentó dietas cercanas a 131,700 pesos mensuales. Son cifras altas, sí, pero no son “reloj de nueve millones”.
Hagamos una regla de sentido común: un reloj de 400 mil pesos equivale a varios meses de ingreso neto de un legislador, sin gastar en nada más. En cambio, un reloj multimillonario exige años completos. Entonces, el ciudadano pregunta lo obvio: ¿de dónde?
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Y ojo: la pregunta no acusa automáticamente corrupción. Sin embargo, exige algo elemental: transparencia patrimonial verificable. Porque cuando el político llena el vacío con “me alcanza”, el público llena el vacío con la explicación más frecuente: conflicto de interés, regalos, favores o recursos opacos.
Además, este debate no ocurre en el vacío. Llega después de episodios que erosionaron la superioridad moral, como “La Casa Gris” y sus derivaciones de conflicto de interés alrededor del círculo familiar del obradorismo. La congruencia quedó tocada.
Por eso Sheinbaum intentó retomar el control con mensajes internos y llamados públicos. En 2025, incluso envió una carta a Morena para recordar que el dinero y el poder no son el éxito, y para exigir regreso a principios.
Aun así, el punto no es escribir cartas. El punto es cobrar costos. En consecuencia, si el castigo real es “no lo subas a redes”, entonces la austeridad republicana se vuelve maquillaje: se cuida la foto, no la conducta.
El dilema de la 4T es brutal y sencillo: si Morena parece un club de privilegiados, pierde la ventaja moral con la que conquistó votantes. Además, la oposición ni siquiera necesita inventar historias: le basta con reenviar capturas.
En resumen: nadie exige que un servidor público viva en pobreza. Pero sí se exige que no predique humildad mientras colecciona símbolos de lujo. Porque el electorado perdona errores; lo que castiga con más dureza es la doble moral.

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