Caracas ardió en la madrugada y Washington escribió una nueva regla. El problema es que México la leerá en voz alta, quiera o no.

Claro y Conciso | Alberto Castelazo Alcalá
Opinión
Política Gurú
@Castelazoa
Antier, Venezuela se despertó con un sonido que no admite interpretaciones: el rugido de la superioridad aérea. En la madrugada del 3 de enero de 2026, Donald Trump ordenó una operación relámpago y el mundo vio algo que parecía imposible: comandos estadounidenses capturaron a Nicolás Maduro en Caracas.
Para dimensionar el golpe: la misión duró, según los reportes, poco más de dos horas y media. Además, participaron más de 150 aeronaves y un despliegue naval que incluyó al USS Iwo Jima. No fue “presión diplomática”; fue una escena de manual imperial, pero con tecnología 2026.
Y, sin embargo, lo más inquietante no fue el músculo. Fue el mensaje. Porque Trump no sólo capturó a un mandatario; también reactivó una idea vieja, la rebautizó con su ego y la convirtió en política pública de alto voltaje: la Doctrina Donroe.
Sí, leyó bien: Donroe. Donald + Monroe. Es el branding aplicado a la geopolítica, como si el hemisferio fuera un hotel con letrero nuevo.
Trump dijo que “superó” a la Doctrina Monroe. Por lo tanto, el límite dejó de ser el pudor y pasó a ser el capricho.
La Doctrina Monroe nació en 1823 con la frase “América para los americanos”. En los libros suena a defensa contra Europa; en la historia real, sonó a “aquí mando yo”. Después vino el “gran garrote” y, con él, una lista larga de intervenciones que América Latina nunca olvidó.
Ahora bien, la versión Donroe no viene con corbata académica. Viene con drones, ciberataques y helicópteros a baja altura. Además, se vende como gestión cotidiana: si hay “amenaza”, se actúa; si hay “narco”, se entra; si hay “migración”, se presiona.
En el caso venezolano, Washington no usó eufemismos. La Casa Blanca habló de una misión conjunta militar y de justicia, y el Departamento de Justicia destapó cargos por narcoterrorismo y armas. En consecuencia, Maduro pasó de “presidente” a “acusado” sin escala diplomática.
El detalle importa: cuando un gobierno etiqueta a alguien como narcoterrorista, le quita el traje de Estado y lo mete en la lógica policial. Por eso, la captura se vendió como arresto, no como invasión. Sin embargo, para el derecho internacional, la palabra “arresto” no borra los misiles.
Mientras tanto, América Latina se partió en dos. Unos aplaudieron “la caída del tirano”; otros denunciaron la violación a la soberanía. México se fue al grupo de la condena y la presidenta Claudia Sheinbaum reiteró la postura de no intervención.
Hasta ahí, manual diplomático. El problema es que Trump detesta los manuales. Además, no distingue matices: para él, el hemisferio funciona con semáforos simples.
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Por si faltara picante, reapareció AMLO desde su retiro y llamó “secuestro” a la captura. En México, esa frase alimenta la épica. En Washington, en cambio, suena a desafío. Y Trump, cuando escucha desafío, no se pone reflexivo: se pone transaccional.
Aquí entra el dilema: México no juega en el tablero venezolano. México juega en el tablero del T-MEC, de las cadenas de suministro y de la integración brutal. Por lo tanto, un choque frontal con Trump no es debate ideológico; es factura.
A la 4T le gusta hablar de soberanía como si fuera amuleto. Sin embargo, la soberanía no es oración; es capacidad de Estado: control territorial, inteligencia, policía eficaz y justicia que procesa. Cuando eso falla, el discurso se vuelve decoración.
Y hoy el punto ciego se llama cárteles. Trump no los ve como criminales locales; los ve como amenaza estratégica. Además, su gobierno ya dio un paso formal: Estados Unidos designó a varios cárteles y redes criminales como Organizaciones Terroristas Extranjeras (FTO).
Ese sello importa porque cambia el lenguaje legal y operativo. En consecuencia, el combate deja de ser “cooperación” y se acerca a “contraterrorismo”. No se trata sólo de extradiciones; se trata de objetivos. Y cuando alguien habla de objetivos, la tentación del dron siempre aparece.
Por supuesto, Sheinbaum respondió con una frase clave: “No es una opción” una intervención militar en México. Tiene razón. Sin embargo, la frase es defensa política, no candado técnico. Porque si la Casa Blanca decide, primero actúa y después explica.
La escena de Caracas funciona como espejo. Si Washington capturó a Maduro con despliegue masivo y costo político manejable, entonces probó el modelo. Además, mostró que la región carece de una voz unificada para frenarlo. Eso, para Trump, es licencia.
Y aquí viene lo incómodo: a México no lo presionan por petróleo. Lo aprietan por fentanilo y por la cifra de muertos que Trump usa como bandera electoral y moral. Por lo tanto, la conversación se vuelve moralina con dientes: “ustedes no hacen; nosotros haremos”.
La 4T heredó y administró un eslogan que ya no sirve: “abrazos, no balazos”. La frase vendió esperanza en campaña; en la práctica, regaló tiempo al crimen. Además, el crimen lo usó para profesionalizarse, expandirse y capturar municipios como si fueran franquicias.
Cuando México tolera zonas sin Estado, no sólo pierde vidas; también pierde autoridad. En consecuencia, se vuelve fácil que alguien desde fuera diga: “Ahí manda otra cosa”. Trump lo dijo sin filtro al hablar de México y de quién controla realmente el territorio.
Entonces, ¿qué debe hacer Sheinbaum? Entender que la Doctrina Donroe no es meme: es un marco para justificar acciones rápidas. Además, asumir que la mejor defensa no es el discurso, sino la eficacia. Llegar a 2026 con resultados, no con excusas.
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Resultados significa golpear finanzas criminales, limpiar aduanas, fortalecer puertos y romper redes políticas locales. Además, significa coordinación real con Estados Unidos, pero desde reglas claras: cooperación sí, subordinación no. Esa línea suena bien; sostenerla exige músculo propio.
También significa algo que la 4T suele esquivar: aceptar que la seguridad se mide en métricas, no en conferencias. Por lo tanto, se requieren detenciones, sentencias, decomisos y control de rutas. De lo contrario, Trump pondrá sus propias métricas: “Yo capturé al grande; ¿ustedes qué?”.
En Venezuela, el golpe dejó otra lección: Rusia y China protestaron, pero no movieron un dedo. En consecuencia, las alianzas se encogen cuando el F-35 aparece.
Además, la operación abrió un debate incómodo: ¿quién gobierna Venezuela hoy? El Tribunal Supremo habló de ausencia “temporal” y colocó a Delcy Rodríguez como interina. Trump presume influencia. El vacío es pólvora.
Con todo, sería un error caer en la tentación fácil: “Si cayó Maduro, que caigan todos los malos”. La democracia no se construye con helicópteros ajenos. Sin embargo, también sería ingenuo defender dictaduras por reflejo ideológico. La 4T debe dejar de confundir antiimperialismo con brújula moral.
Porque la pregunta real no es si Trump tiene razón. La pregunta es si México está listo para que Trump actúe. Y, hoy, la respuesta se parece demasiado a un “no” incómodo.
Además, tenemos una conversación pública intoxicada. Unos piden “mano dura” como si fuera botón mágico; otros gritan “soberanía” como si fuera escudo impenetrable.
En consecuencia, el país se queda inmóvil mientras la presión crece. Y la presión, como el gas, siempre busca una chispa.
La Doctrina Donroe es esa chispa geopolítica: convierte problemas internos en pretextos externos. Por lo tanto, el mejor antídoto es doméstico: Estado presente, seguridad profesional, justicia funcional y política exterior sin poses. Suena obvio; justamente por eso duele tanto.
El 3 de enero de 2026 no fue sólo un episodio venezolano. Fue un aviso de época. Trump instaló la idea de que el hemisferio se administra con fuerza y facturas.
Y México, si no ordena su casa, corre el riesgo de que un vecino impaciente llegue con su propia escoba.

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