La marcha Generación Z en la CDMX nació para exigir seguridad y justicia por Carlos Manzo. Terminó convertida en campo de batalla útil para el relato de la 4T.

Claro y Conciso | Alberto Castelazo Alcalá
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Ayer la llamada marcha Generación Z en la CDMX llenó Reforma de blanco, sombreros y hartazgo. En teoría eran los “chavos”. En la práctica, fue México.
Desde el Ángel hasta el Zócalo, caminaron familias, médicos, activistas y vecinos cansados de la inseguridad. Iban con el asesinato de Carlos Manzo clavado en la memoria.
Mientras tanto, el Movimiento del Sombrero volvió a poner rostro al duelo. La abuela de Manzo, en silla de ruedas, recordó que detrás de cada consigna camina un cadáver.
Además, llegaron colectivos de desaparecidos, pacientes sin medicinas y personas que simplemente quieren llegar vivas a casa. El reclamo central fue sencillo: seguridad primero, discursos después.
Por un lado, el Gobierno capitalino habló de 17 mil asistentes. Por otro, las tomas aéreas mostraron Reforma saturada y contingentes interminables rumbo al Centro.
Sin embargo, en Palacio prefirieron minimizar. Claudia Sheinbaum aseguró que había “muy pocos jóvenes” y vinculó la marcha con la oposición política de siempre.
Así, la narrativa de la 4T salió en automático: no era la Generación Z, era la “derecha disfrazada”, usando el dolor por Manzo para golpear al gobierno.
Del otro lado, los críticos del régimen vieron algo distinto. Vieron a una ciudadanía que ya no compra el eslogan de “abrazos” mientras el país se desangra diario.
Porque, seamos francos, no se organizan marchas nacionales por capricho. Se organizan cuando la gente siente que el Estado dejó de proteger y empezó a regañar.

Sin embargo, la historia no terminó en paseo familiar. Terminó en batalla campal, gas, pedradas, extintores y vallas de cuatro metros cayendo frente a Palacio Nacional.
Ahí entró el famoso bloque negro. Encapuchados con martillos, cuerdas y cizallas tiraron las vallas, golpearon policías y regalaron al gobierno las imágenes perfectas.
Además, las redes se llenaron de teorías: que eran anarcos profesionales, que eran infiltrados del gobierno, que eran reventadores contratados para ensuciar la protesta.
Por otro lado, algunos colectivos radicales hablaron de “rabia legítima” contra el Estado. Pero su “estrategia” terminó borrando a las víctimas que marcharon pacíficamente.
Aquí está el punto incómodo: derribar vallas puede ser un símbolo poderoso. Patear policías tirados en el suelo no es “rebeldía”, es simple barbarie.
Y, mientras tanto, el gobierno sonríe. Porque cada martillazo a las vallas le permite decir: “¿Ven? No quieren justicia, quieren caos. Nosotros somos el orden”.
La 4T abrazó ese encuadre sin pestañear. Presentó la marcha como mezcla de golpe blando, berrinche fifí y provocadores violentos. Perfecto pretexto para ignorar el fondo.
Sin embargo, el fondo es brutal. Hubo más de cien heridos y decenas de detenidos, pero ninguna respuesta seria sobre cómo frenarán la violencia que originó la movilización.
Además, el mensaje político quedó claro: si marchas en paz, te ignoran; si alrededor vuelan piedras, tu causa se vuelve nota roja y tú, sospechoso profesional.
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Por eso, la Generación Z —y quienes marcharon con ella— enfrenta un doble reto. Exigir seguridad al gobierno y blindarse, al mismo tiempo, de los violentos encapuchados.
No basta con decir “fue infiltración”. También hace falta separar, aislar y denunciar a quienes se esconden tras el pasamontañas y convierten el enojo en show sangriento.
Porque, de otro modo, cada marcha contra la violencia terminará secuestrada por quienes aman la adrenalina del choque, pero jamás se quedan a levantar a los heridos.
Mientras tanto, el oficialismo seguirá preguntando “¿y dónde estaban cuando gobernaba el PAN o el PRI?”. Buena pregunta, pésima coartada para seguir sin resultados hoy.
La respuesta ciudadana podría ser sencilla: hoy estamos aquí, en la calle, diciendo que también ustedes nos fallaron. El hartazgo dejó de tener partido y color.
Al final, la imagen que importa no es solo el muro metálico cayendo. Es la de miles gritando “queremos paz” antes de que los gases cubrieran el Zócalo.
Si la 4T escucha únicamente los golpes del bloque negro, se perderá lo incómodo: una generación que quizá llegó tarde, pero llegó para decir basta.
Y si la oposición cree que puede apropiarse de estas marchas, también se equivoca. Esta generación desconfía de todos, incluso de quienes se venden como sus salvadores.
Claro y conciso: o la política responde a la marcha Generación Z en la CDMX, o la calle seguirá llenándose de sombreros, enojo y, lamentablemente, más riesgo.




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