Reforma judicial: del contrapeso al “obedézcase”

Reforma judicial

La reforma judicial se vendió como democratización; sin embargo, su diseño creó mecanismos de control que ponen en riesgo la independencia judicial y debilitan el Estado de derecho.

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Claroy Cociso | Alberto Castelazo Alcalá

Opinión

Política Gurú

@Castelazoa

La reforma judicial se vendió como “democratización”. Sin embargo, en la calle se siente más como “domesticación”: mucha épica, poca técnica y demasiada política metida hasta la cocina.

México sí necesitaba ajustar tuercas. Pero una cosa es corregir un sistema y otra es rediseñarlo para que el árbitro termine jugando en el mismo equipo que el poder.

El corazón del problema no está en el eslogan, sino en la mecánica. Además, cuando conviertes la carrera judicial en una pasarela electoral, invitas a la peor mezcla: ambición, dinero y lealtades.

Hoy, el Poder Judicial ya no se ve como contrapeso; se percibe como engranaje. En consecuencia, el Estado de derecho pierde esa pieza incómoda que obligaba a los gobiernos a explicar, justificar y, a veces, detenerse.

Dicen que exagero. Por lo tanto, vayamos a lo concreto: desapareció el Consejo de la Judicatura Federal y lo sustituyeron por un esquema con nombre de manual corporativo: Tribunal de Disciplina Judicial y un Órgano de Administración.

Traducción al español sin maquillaje: ahora te administran… y te disciplinan. Así, el juez entiende rápido el nuevo clima: “Si incomodas, te revisan; si insistes, te sancionan”.

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Y cuando la sanción se vuelve posibilidad real, la autocensura se vuelve rutina. De hecho, no necesitas una orden escrita; basta el rumor del expediente para que la pluma se vuelva tímida.

Por eso suena creíble lo que se comenta en pasillos: ya habría un “cuarto de junto” revisando cómo corregir o revertir partes del invento. Aun así, el daño ya está hecho: sembraron la idea de que resolver distinto trae costo.

El caso de Francisco García Cabeza de Vaca dejó una lección incómoda. Un juez concedió un amparo, luego cayó sanción, y más tarde la Suprema Corte de Justicia de la Nación revocó la protección y validó la orden de aprehensión.

Aquí no importa si al exgobernador te cae bien o te provoca urticaria. En cambio, importa el precedente: si un juez toma una decisión contraria al interés del poder y la consecuencia llega rápido, el resto entiende el mensaje.

Ahora bien, elegir juzgadores por voto no vacuna contra la corrupción. Al contrario, puede abrir la puerta a campañas financiadas con “apoyos” que después se cobran en sentencias.

Si el dinero manda en la campaña, manda en el juzgado. Por consiguiente, sin reglas duras de financiamiento, fiscalización y blindaje territorial, el riesgo no es “politización”; es captura.

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Y esto ya prendió focos rojos fuera del país. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos advirtió afectaciones a la autonomía; además, la Corte Interamericana de Derechos Humanos abrió la puerta a revisar compatibilidades con la Convención Americana.

Mientras tanto, aquí seguimos vendiendo la idea de que “la justicia por fin será cercana”. Sin embargo, cercanía sin independencia judicial es propaganda, no garantía.

La salida no es defender al viejo sistema como si fuera santo. Más bien, toca reconstruir: reglas claras, carrera judicial real, evaluación transparente y sanción técnica, no política.

Porque un país sin jueces libres no es más democrático. Simplemente es más obediente.

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