México vive en modo ensayo general: se presume coordinación rumbo al Mundial, se anuncian miles de millones para escuelas, se exportan giras de relumbrón y se toleran curules vacías. De paso, hasta el internet podría entrar al catálogo de controles oficiales. Bienvenidos a la modernidad tropical.

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Claudia Sheinbaum reunió a su equipo para medir el avance rumbo al Mundial 2026. En la mesa se sentaron Clara Brugada, Gabriela Cuevas, Andrés Lajous y funcionarios de seguridad, movilidad y obras. Traducido al idioma del contribuyente: Ya empezó la fase en la que todos quieren salir en la foto del evento planetario, aunque la banqueta siga rota y el tráfico conserve su doctorado en sadismo. El Mundial sirve para presumir coordinación, vender narrativa y barnizar de modernidad una ciudad que todavía castiga al peatón, exprime al automovilista y pone a prueba la fe del usuario del transporte público. La duda no es si habrá escaparate. La duda es si debajo del maquillaje habrá ciudad suficiente para sostenerlo.
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Escuelas con chequera grande: el presupuesto llegó, el milagro sigue en camino
El gobierno federal empujó la cifra de 26 mil millones de pesos para escuelas en 2026 y Mario Delgado volvió a colocar sobre la mesa la expansión del bachillerato junto con la eliminación del examen de ingreso. En el papel, la fórmula suena a justicia social con presupuesto. En la práctica mexicana, también suena a la vieja rifa entre contratistas, mantenimiento diferido, gobiernos locales con imaginación contable y obras que nacen viejas. Porque aquí el problema no suele ser anunciar dinero; para eso sobran micrófonos. El verdadero suspenso empieza cuando el recurso abandona el discurso y entra a la selva burocrática, donde cada peso debe sobrevivir a las mordidas, los retrasos y esa costumbre tan nacional de convertir la urgencia pública en botín administrativo.
Samuel en Tokio: diplomacia de exportación, resultados en aduana
Samuel García se fue a Japón a vender a Nuevo León con el Mundial como pretexto fino y la inversión como objetivo real. Su reunión con la princesa Hisako de Takamado le dio a la gira la postal exacta que cualquier estratega de imagen mandaría enmarcar: protocolo, sonrisas y una narrativa de gobernador internacional en modo premium. El problema es que los viajes lucen mucho mejor en Instagram que en el indicador de resultados. El mandatario neoleonés ya domina el arte de salir al extranjero como si cada visita fuera un capítulo de modernización acelerada. Lo que sigue siendo más complicado es aterrizar la épica en empleos, infraestructura y certezas. Porque una gira sin resultados es como un brindis oficial: deja buena foto, buena espuma y muy poca sustancia.
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La república de los faltistas: curul presente, legislador ausente
En el Senado, la transparencia sobre las ausencias volvió a exhibir lo que en política suele maquillarse con solemnidad: hay quienes cobran como representantes de la nación, pero trabajan como si la sesión fuera optativa. Alejandro Moreno apareció entre los nombres más señalados por inasistencias injustificadas, en una lista que retrata una enfermedad más amplia y más vieja que cualquier bancada. El problema no es solo faltar; el problema es que la ausencia se volvió costumbre y la costumbre, privilegio. En cualquier empleo serio, tantas faltas te cuestan el puesto. En el Congreso mexicano, en cambio, a veces apenas te cuestan una mención incómoda y quizá un gesto fingido de indignación. La patria, mientras tanto, se legisla a distancia, en modo avión y con cargo al erario.
Internet con botón de apagado: la censura siempre entra por la puerta del trámite
En la Suprema Corte asomó un proyecto del ministro Arístides Guerrero para validar que el IMPI pueda ordenar el bloqueo o la remoción de contenidos en sitios de internet en ciertos casos de propiedad industrial. Jurídicamente, podrá vestirse de tutela de derechos; políticamente, huele a esa pulsión burocrática de apagar primero y discutir después. Hoy dicen que es por marcas, derechos y legalidad. Mañana, cualquier funcionario con vocación de portero digital puede descubrir que censurar con oficio membretado también produce una deliciosa sensación de poder. En México la censura rara vez llega con botas. A veces llega con expediente, sello, fundamento legal y cara de “sólo estamos siguiendo el procedimiento”. Y ahí suele empezar el chiste macabro.

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