Las prioridades no están en chino, están en coreano. En un movimiento que oscila entre lo frívolo y lo estratégico, el gobierno federal utiliza una carta a Corea del Sur para distraer de decisiones geopolíticas críticas.
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Análisis
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Las prioridades del gobierno federal no parecen estar en español, y mucho menos en el lenguaje de la diplomacia energética. Están en coreano. Ayer, el país despertó con una dualidad desconcertante: mientras se confirmaba —finalmente— que México dejará de enviar petróleo a Cuba, la Presidencia enfocaba su narrativa en una carta enviada a Corea del Sur.
¿El objetivo? Interceder para que el grupo BTS abra más fechas de conciertos en territorio nacional. No es una broma, aunque la coyuntura lo sugiera.
El cese del subsidio petrolero a Cuba no surgió como una estrategia geopolítica calculada ni como una política exterior madura. Al contrario, analistas sugieren que fue una maniobra de control de daños. Un “parche” colocado deprisa para silenciar el ruido mediático generado por la gestión del espectáculo y la falta de boletos.

La administración actual parece no estar gobernando, sino administrando contradicciones. Existe un abismo palpable entre lo que pueden decir —para no incomodar la línea del sexenio anterior— y lo que deben hacer para evitar que la economía y la seguridad colapsen.
Mientras la 4T jugaba a ser parte del ARMY, la realidad nacional sigue marcada por Blood, Sweat & Tears. Esta no es una metáfora pop; es la descripción literal de un territorio donde las madres buscadoras excavan con sus propias manos ante la indiferencia institucional. Vivimos en un escenario de Dynamite: una mezcla inestable de violencia, inflación y desabasto de medicinas.
Sin embargo, para el gobierno, los problemas resbalan como Butter. Las omisiones y los errores se normalizan bajo una narrativa que prioriza la popularidad sobre la eficacia. La diferencia radica en que la mantequilla de BTS genera millones de dólares; la del gobierno solo provoca desgaste institucional.
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Estamos ante un Fake Love donde se predica austeridad mientras se disfruta de lujos, y donde el ADN del viejo régimen —clientelismo y simulación— sigue intacto. La Presidencia, que prometía liderazgo científico y presencia en foros como Davos, prefirió escribir una carta por un concierto que enfrentar a la comunidad internacional.
El gobierno baila torpemente entre el pasado y el presente. Pero México ya no está para conciertos, sino para soluciones reales.
Esta editorial está basada en la columna de opinión de Verónica Malo Guzmán, publicada en SDP Noticias.

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