La renuncia de Alejandro Gertz Manero no fue un acto elegante, sino una defenestración calculada. El caso Rocha Cantú, la llegada de Ernestina Godoy y el ascenso de Omar García Harfuch revelan cómo la 4T reordena su Fiscalía.
Editorial | Procuración de Justicia
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La salida de Gertz Manero de la FGR no fue un movimiento elegante ni planeado. Fue una defenestración con mensaje político clarísimo.
La nueva fiscal interina, Ernestina Godoy, habló de “compromiso ético” y “lealtad al pueblo”. Entre líneas, marcó distancia del viejo fiscal incómodo.
Porque en Palacio ya sabían que en la Fiscalía se había vuelto costumbre vender información, carpetas y favores al mejor postor, incluso a presuntos criminales.
El caso de Raúl Rocha Cantú, empresario y dueño de Miss Universo, exhibió ese “mercado negro” dentro de la FGR y encendió todas las alarmas.
No solo se filtró su expediente, también se supo que había pagado millones para obtener datos y un cómodo criterio de oportunidad.
Ahí fue cuando la presidenta Claudia Sheinbaum explotó. No por descubrir de pronto la corrupción, sino porque esa corrupción se le salió de control.
Durante años, el gobierno aguantó a Gertz Manero pese a escándalos, venganzas personales y un estilo autoritario que chocaba con el discurso de transformación.
Pero esta vez el fuego llegó demasiado cerca del círculo presidencial y de los negocios donde se mezclan poder político, contratos energéticos y espectáculo.
Como bien apunta Mario Maldonado en su columna Historias de NegoCeos en El Universal, la 4T está cruzada por intereses económicos gigantescos.
Esos intereses conviven incómodamente con la narrativa oficial de austeridad y combate a la corrupción.
El episodio Gertz–Rocha–Miss Universo es el punto de quiebre perfecto: huachicol, dinero, filtraciones, favores judiciales y un fiscal que ya no controlaba su propio aparato.
Por eso, detrás de la renuncia “voluntaria” hubo en realidad una operación de fuerza desde Palacio Nacional, con ultimátum legislativo incluido.
A Gertz Manero le ofrecieron una embajada como salida decorosa. No es castigo, es premio de consolación para alguien que sabe demasiado.

Porque el exfiscal se va con años de expedientes, secretos y grabaciones sobre personajes clave de la 4T, empezando por sus viejos aliados políticos.
Esa información puede convertirse en seguro de vida, moneda de cambio o simple arma de chantaje desde un cómodo exilio diplomático.
Al mismo tiempo, la llegada de Ernestina Godoy no es una sorpresa.
Es la pieza de confianza del grupo gobernante colocada en la caja negra del sistema.
La promesa de “ética” y “lealtad al pueblo” suena bien, pero en los hechos significa lealtad política a Sheinbaum y al proyecto presidencial.
Además, la reconfiguración de la FGR fortalece a Omar García Harfuch, el verdadero ganador silencioso de este reacomodo en el gabinete de seguridad.
Sus cuadros llegan a posiciones clave para alinear investigaciones, operativos y carpetas con la agenda de seguridad de Palacio y no con una autonomía real.
El riesgo es evidente: una Fiscalía usada para perseguir narcotraficantes, sí, pero también para doblar a opositores, empresarios incómodos y voces críticas.
La historia reciente de México demuestra que cada gobierno promete justicia y termina afinando su propia fiscalía de consigna, adaptada a sus enemigos del momento.
Por eso la pregunta incómoda no es solo por qué cayó Gertz, sino por qué lo sostuvieron tantos años a pesar de todos los escándalos.
La respuesta es sencilla: mientras fue funcional al poder, se toleraron abusos, filtraciones selectivas y venganzas disfrazadas de legalidad.
Cuando sus operaciones comenzaron a estorbar y a exhibir las grietas internas del proyecto, la misma élite que lo sostuvo decidió sacrificarlo.
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En ese sentido, como señala también la columna “¿Por qué defenestraron a Gertz Manero?”, del periodista Salvador García Soto,
La ruptura se explica por política pura, no por súbito despertar ético.
La 4T busca mandar un mensaje de control y limpieza hacia fuera, mientras reordena hacia dentro quién decide a quién se investiga y a quién se protege.
Al relevar al fiscal, Sheinbaum intenta mostrar autoridad y distancia de los excesos heredados, pero mantiene intacto el diseño centralizado de la justicia.
Seguimos teniendo una FGR poderosa, poco transparente y ahora todavía más alineada con la presidencia y con el nuevo jefe del gabinete de seguridad.
Lo que está en juego no es solo el destino de un exfiscal polémico,
Sino la posibilidad de construir una justicia verdaderamente independiente del poder político.
Si Godoy y Harfuch usan esta fuerza para ir contra el huachicol, el crimen organizado y las redes de corrupción,
El país lo va a notar.
Pero si la prioridad termina siendo callar filtraciones incómodas y disciplinar adversarios, solo habremos cambiado de nombres para repetir la misma historia.
Mientras tanto, a varios en la 4T les quita el sueño una sola duda: qué hará Alejandro Gertz Manero con todo lo que sabe.

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