Mientras Donald Trump busca asfixiar al régimen cubano tras la caída de Maduro, México emerge como su principal proveedor de petróleo, desatando una tormenta diplomática en Washington.
Editorial | Geopolítica
Análisis
Política Gurú
La geopolítica regional ha dado un giro drástico. Tras la captura de Nicolás Maduro, el radar de Washington apunta directamente a Cuba. Sin embargo, México se ha interpuesto en ese camino, convirtiéndose en el oxígeno energético de la isla en su hora más oscura.
Por un lado, la administración de Claudia Sheinbaum sostiene que el envío de petróleo es una decisión soberana y humanitaria. No obstante, para el equipo de Donald Trump, esto representa un desafío directo a su estrategia de asfixia económica contra el régimen de Díaz-Canel.

En consecuencia, México está suministrando actualmente el 44 % del crudo que consume Cuba, según datos del Financial Times. Aunado a esto, el volumen de exportación creció un 56 % en comparación con el sexenio anterior. Por si fuera poco, la opacidad sobre si este petróleo es regalado o vendido genera incertidumbre total.
En este sentido, la tradición diplomática del Acuerdo de San José parece insuficiente frente a la nueva realidad. Anteriormente, los presidentes mexicanos informaban a EE. UU. sobre estos movimientos como cortesía. Por el contrario, Sheinbaum ha mantenido una postura que Washington interpreta como desafiante y poco consistente.
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Además, el secretario de Estado, Marco Rubio, ya puso las cartas sobre la mesa durante su visita a Palacio Nacional. Pese a ello, tras una breve reducción en los envíos, México reactivó el flujo a 35,000 barriles diarios. Por lo tanto, el choque con el Capitolio parece inevitable.
Efectivamente, Trump ya advirtió que Cuba está “lista para caer” sin el petróleo venezolano. Bajo esta premisa, el hecho de que sea México quien sostenga la economía cubana agrita la relación bilateral. Incluso, legisladores republicanos y demócratas coinciden en que este apoyo fomenta la explotación laboral de médicos cubanos.
Finalmente, la soberanía no puede ser solo un discurso nacionalista. En conclusión, la presidenta enfrenta el reto de redefinir su política exterior ante un reordenamiento brutal de fuerzas. De lo contrario, el costo político y económico para México podría ser devastador.
Análisis basado en la columna Estrictamente Personal de Raymundo Riva Palacio, publicada en El Financiero.

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