México ‘sin desempleo’… y con la realidad en contra: el truco de la cifra oficial

Desocupación en México

Mientras el gobierno presume récords de desocupación, la realidad laboral sigue marcada por informalidad y sueldos insuficientes. La cifra luce, pero el ciudadano paga.

Editorial | Análisis

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Nadie puede negar que la presidenta Sheinbaum sabe vender optimismo. Presume que México es “el país más democrático”, que casi no hay desigualdad, que la clase media crece como espuma y que somos “el segundo con menor desocupación del mundo”. Suena bonito. Sin embargo, la realidad rara vez cabe en una frase.

Porque una cosa es celebrar avances reales y otra, muy distinta, construir triunfos con datos recortados. Democracia no es un eslogan: se mide con instituciones, contrapesos, libertades y reglas claras. Y cuando varios índices internacionales advierten retrocesos, el discurso triunfal se vuelve propaganda, no diagnóstico.

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Además, hablar de desigualdad y “crecimiento de la clase media” exige algo más que una definición conveniente. Si el umbral para “ser clase media” se fija en un piso que apenas alcanza para sobrevivir, entonces el concepto se abarata. Y cuando el concepto se abarata, el gobierno presume “movilidad” mientras el ciudadano sigue contando monedas.

Ahora bien, el caso de la desocupación es el ejemplo perfecto del truco: una tabla corta, con pocos países, puede acomodar a México donde convenga. Aun así, aunque el porcentaje fuera competitivo, el indicador por sí solo no dice si el empleo es formal, estable y con salario suficiente. Por lo tanto, vender “pleno empleo” mientras la gente brinca entre contratos eventuales, propinas y plataformas es vender humo.

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De hecho, el mexicano común no vive en la estadística: vive en la informalidad, en la subocupación, en el “sí hay trabajo, pero no alcanza”. Mientras tanto, el gobierno celebra cifras “bajas” y la calle responde con jornadas largas, sueldos apretados y servicios cada vez más caros.

Entonces, ¿por qué insistir en el maquillaje? Porque el relato paga: sostiene aprobación, baja presión política y vende “transformación” como producto terminado. Sin embargo, esa narrativa cobra factura cuando llega la realidad: la cuesta de enero, los precios y los “no habrá nuevos impuestos” que terminan convertidos en más cargas, directas o disfrazadas.

En suma: si hay logros, que se defiendan con datos completos. Y si faltan resultados, que se admitan para corregir. Porque cuando se infla la cifra, el que se desinfla es el bolsillo.

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