La fiesta millonaria que estalló en Tabasco no solo desató indignación por el exceso. También exhibió la contradicción más corrosiva de la 4T: predicar austeridad mientras florece una nueva élite política y empresarial bajo el cobijo de Morena.
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Análisis
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La promesa original de la 4T fue clara: acabar con los abusos del viejo régimen, imponer una nueva ética pública y gobernar con austeridad. Ese discurso le dio identidad a Morena, lo separó de sus adversarios y lo convirtió, para millones, en una alternativa frente a la corrupción y los privilegios de siempre.
Sin embargo, con el paso de los años, esa narrativa empezó a erosionarse. No por lo que dicen sus documentos, ni por lo que repiten sus voceros, sino por lo que ya se ve con demasiada frecuencia: una nueva clase política que se comporta como si el poder fuera también una licencia para exhibir riqueza, cercanía y excesos.
Hoy, en México, hablar de algunos cuadros emergentes de Morena ya no remite a cuadros austeros ni a funcionarios distintos. Remite, cada vez más, a personajes que encontraron en el gobierno una plataforma de ascenso político, económico y social. Muchos de ellos eran prácticamente desconocidos hace unos años. Hoy ocupan espacios de poder, influyen en decisiones públicas y se mueven con la seguridad de quien siente que ya pertenece a una nueva élite.
Ese es el problema de fondo. No se trata solo de una cuestión estética ni del mal gusto de ciertos personajes. El asunto es más serio: mientras el discurso oficial sigue apelando al pueblo, a la sobriedad y a la honestidad, en los hechos se ha ido consolidando una red de poder donde la ostentación dejó de ser excepción y empezó a convertirse en costumbre.
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La polémica reciente en Tabasco lo resume con claridad. Más allá de los detalles de la fiesta que provocó escándalo en redes y medios, lo que indignó no fue únicamente el monto o el despliegue. Lo que realmente encendió la discusión fue el origen político de esa riqueza y el contexto que la rodea. Porque cuando un empresario ligado al poder puede exhibir un nivel de gasto difícil de explicar sin que nadie se sonroje, lo que aparece no es solo una fiesta: aparece una forma de entender el poder.
Y esa forma de entenderlo se parece demasiado a aquello que Morena juró combatir.
El problema también tiene una dimensión pública más profunda. En un país donde millones enfrentan servicios deficientes, inseguridad, falta de medicamentos, empleos precarios y gobiernos rebasados, la exhibición de lujo alrededor del poder no es un detalle menor. Es una señal política. Le dice al ciudadano que el sacrificio, la contención y la austeridad son valores exigibles hacia abajo, pero no necesariamente hacia arriba.
Por eso Tabasco pesa tanto en esta discusión. No solo por su valor simbólico en la historia del obradorismo, sino porque se ha convertido en una referencia incómoda de los costos del poder mal administrado: violencia, deterioro institucional, cercanía entre intereses públicos y privados, y una vida política donde demasiados entienden el cargo como escalera patrimonial.
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Claudia Sheinbaum ha intentado mantener la bandera de la austeridad republicana, pero el problema ya rebasó el plano del discurso. Cuando los excesos se multiplican en el entorno político, cuando familiares, aliados, contratistas y operadores empiezan a presumir lo que antes se condenaba, lo que se desgasta no es solo una consigna: se desgasta la credibilidad completa del proyecto.
Al final, esa es la verdadera amenaza para la 4T. No la oposición, no los adversarios mediáticos, no la crítica externa. Su mayor riesgo está en parecerse demasiado a aquello que prometió reemplazar.
Porque cuando un movimiento deja de representar una ruptura y empieza a producir sus propios privilegiados, ya no encarna una transformación. Encarará, más bien, una repetición.
Editorial basada en la columna de opinión de Juan Ignacio Zavala publicada en LPO.

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