La “soberanía” ha regresado al discurso oficial como el pretexto perfecto para todo, desde justificar envíos de crudo a la isla hasta negar operativos conjuntos con Washington, aunque la realidad muestre una doble moral diplomática.
Editorial | Geopolítica
Análisis
Política Gurú
En el tablero de la política, el discurso no es solo ruido de fondo; es la brújula que marca el destino de una nación. Mientras líderes como Lincoln o Gandhi usaron la palabra para liberar, en México hemos perfeccionado una narrativa distinta: la del eterno derrotado. Históricamente, nos hemos envuelto en la bandera de la víctima, culpando a los “gachupines” del pasado o a la “maldita vecindad” del norte por nuestras desgracias. Sin embargo, bajo la administración de la presidenta Claudia Sheinbaum, este viejo recurso retórico ha regresado con fuerza bajo una sola etiqueta: soberanía.
Para el ciudadano de a pie, esto podría parecer solo retórica mañanera, pero tiene implicaciones reales en el bolsillo y la seguridad nacional. La narrativa soberana, que parecía diluida por la globalización, ha resurgido como un escudo conveniente para la clase gobernante. Funciona como un “anillo al dedo” para justificar decisiones polémicas sin dar explicaciones profundas.

El ejemplo más claro está en el reciente debate sobre el envío de petróleo a Cuba. Ante los cuestionamientos, la respuesta oficial no fue técnica ni económica, fue ideológica: es una “decisión soberana”. Pemex y el Ejecutivo se escudan en este concepto para no rendir cuentas claras sobre el uso de recursos nacionales en apoyo a un régimen extranjero. Sin embargo, esta “soberanía” parece tener interruptor.
La contradicción es evidente cuando miramos hacia el norte. Mientras el gobierno se llena la boca defendiendo la independencia energética o diplomática frente a la isla, Estados Unidos aprieta las tuercas en temas críticos de seguridad. La negativa a permitir operativos conjuntos contra el crimen organizado se vende como un acto de dignidad nacional. No obstante, la realidad operativa cuenta otra historia: enviamos decenas de criminales mexicanos a ser juzgados en cortes estadounidenses porque nuestro sistema no puede con ellos. Ahí, curiosamente, la soberanía no se siente vulnerada.
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Al final, “con la soberanía hemos topado”. El término se ha deformado hasta convertirse en una especie de machismo diplomático: un “aquí mando yo” que funciona muy bien en los mítines locales, pero que se desmorona ante la presión internacional real.
Como bien apuntaba el escritor Jorge Ibargüengoitia, es una ironía cruel que un país que se siente tan lleno de héroes y dignidad termine proyectando una imagen de sumisión o folclore ante el mundo. Usar la soberanía como pretexto para ocultar ineficiencias o contradicciones no nos hace más fuertes frente a Washington ni más solidarios con La Habana; simplemente nos deja atrapados en un discurso que, lejos de resolver problemas, solo alimenta el ego nacionalista mientras la realidad sigue su curso.
Nota editorial basada en la columna de Juan Ignacio Zavala, publicada en La Política On Line México.

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