Lo que solo el Gran Gurú sabe: Reforma ‘por consenso’… y la trampa viene en la letra chiquita

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“Bajé de la montaña y olí consenso… pero también pólvora. Pasa, que aquí nadie queda limpio.”

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Dicen las malas lenguas que, en el Teatro de la República, el aire olía a incienso… pero también a cálculo. Porque cuando Kenia López Rabadán y Mauricio Kuri piden “consenso” para la reforma electoral, no están rezando: están poniendo una línea roja frente al altar morenista.

Sin embargo, el truco del régimen no es gritar “imposición”, sino sonreír y decir “diálogo”. Por eso, el llamado a incluir a “todos los partidos” suena noble, aunque en el fondo sea una advertencia: si tocan la autonomía electoral, lo que se cae no es una institución… es el teatro completo.

Al mismo tiempo, el Gurú vio algo más: nadie rechazó la reforma “de tajo”. Y eso, discípulo, es política en su forma más pura: no te opones al tren, solo le exiges frenos. Porque si te subes, sobrevives; y si te atraviesas, te conviertes en anécdota con placa conmemorativa.

Pero mientras en Querétaro pedían acuerdos, en el Poder Judicial federal empezaron a sonar tambores de guerra administrativa. ¡Agárrense! Se acerca una “limpia” de expedientes. Y sí, bajará el rezago… aunque no por justicia, sino por productividad de escaparate, esa religión moderna donde importa el número, no el sentido.

Y aquí viene el veneno: los nuevos jerarcas —dicen— ordenaron resolver “aprisa”, sin importar si la sentencia nace sólida o cojea. Por eso, quienes han dedicado la vida a impartir justicia están tristes: porque muchos casos serán sobreseídos, archivados y olvidados… pero con cifras hermosas.

Ahora, el Gurú se rió con una carcajada vieja, porque conoce ese ritual: primero presumes “eficiencia”, luego decretas “orden” y después vendes “reforma”. Así, lo que parece limpieza es, en realidad, una escoba que barre hacia debajo del tapete… y deja el olor a humedad institucional.

Chipilín Power
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Mientras tanto, del otro lado del espejo, la Suprema Corte ofreció un espectáculo que no cabe en toga: el ministro presidente Hugo Aguilar Ortiz llegando como si fuera la crema y nata del poder. Y, por si faltaba símbolo, alguien se agachó a limpiarle los zapatos. Él acomodó el pie. Místico, pero terrenal.

Claro, después vino la excusa: que fue “café y nata”, que los medios “tergiversaron”. Sin embargo, discípulo, el daño no vive en el líquido, sino en la escena: una institución que presume austeridad no puede actuar como corte versallesca sin pagar el costo. Y el costo ya corrió.

En paralelo, el gobierno presume que “no habrá impunidad”, y pone de ejemplo a Diego Rivera Navarro, edil de Tequila, Jalisco, detenido por presunta extorsión junto con tres funcionarios. Por eso, en el centro dicen que irán “por todos” los ligados al crimen. La frase es potente… y peligrosamente elástica.

Además, el arresto dejó temblando a medio municipio nacional. Y, como dicta la comedia mexicana, el eco llegó a Monterrey: al priista Adrián de la Garza le recuerdan acusaciones parecidas. Dicen que tribunales federales ya le revirtieron excesos. Así que sí: barbas a remojar, o a blindar.

Aun así, lo más jugoso fue el contraste: Mauricio Kuri “cerrando filas” con Claudia Sheinbaum y soltando la frase de moda: “México no acepta dictados extranjeros”. Y, en la misma escena, el jalisciense Pablo Lemus muy dicharachero mientras le detienen a otro alcalde. La realidad no pide permiso.

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Y como si el universo quisiera rematar el sketch, apareció el “glamour legislativo”: Gerardo Fernández Noroña defendiendo un salón de belleza en el Senado como si fuera “servicio austero”. Sin embargo, la clausura exprés fue la confesión sin palabras. Porque entre el dicho y el hecho… siempre aparece el recibo.

Finalmente, el Gurú miró hacia Venezuela y frunció el ceño. Porque lo peor no siempre es el tirano: a veces es el tirano con refuerzos. Si el arresto de Nicolás Maduro encendió esperanza, lo posterior heló la sangre: capturan a Raúl Gorrín y Alex Saab… pero operan con el Sebin.

Por eso, el miedo crece: un Sebin reforzado por el FBI es doblemente terrorífico. Y el mensaje, aquí y allá, es el mismo: cambian la cabeza, conservan el aparato. Así que, discípulo, abre los ojos: en política, el monstruo no muere… solo aprende a maquillarse.

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