La Secretaría de Educación Pública vive una fractura expuesta. Mientras Marx Arriaga convoca a una “insurrección” interna contra supuestos neoliberales, Mario Delgado intenta mantener el control institucional ignorando el llamado a la agitación.
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Mientras el país intenta adaptarse al ritmo del segundo piso de la Transformación, en la Secretaría de Educación Pública (SEP) se cocina un conflicto que parece sacado de un manual de guerrilla ideológica. Por un lado, tenemos a Marx Arriaga, director de Materiales Educativos, llamando abiertamente a la “agitación” y a la creación de comités obradoristas dentro de la propia institución. Por el otro, al secretario Mario Delgado, quien, con una frialdad burocrática, ignora el motín y se limita a defender la institucionalidad de la Nueva Escuela Mexicana (NEM).

Es alarmante, por decir lo menos. Arriaga, en un despliegue de retórica combativa, asegura que la SEP corre el riesgo de ser capturada por “neoliberales” y organismos internacionales como la OCDE o el FMI. Su solución no es administrativa, sino política: “refundar” el sistema desde abajo, organizando a la base para ser un contrapeso real. En otras palabras, un funcionario de alto nivel está llamando a la rebelión contra la estructura jerárquica de su propia dependencia. ¿Es esto lealtad al proyecto o un intento de secuestrar la agenda educativa con dogmas innegociables?
Sin embargo, la respuesta de Mario Delgado brilla por su omisión. Sin mencionar a su subordinado rebelde, el secretario prefiere hablar de cifras: 160 millones de Libros de Texto Gratuitos y mejoras en 200 mil planteles. Delgado insiste en que la NEM es una política de Estado consolidada, un legado de AMLO fortalecido por Claudia Sheinbaum. Pero, ¿puede consolidarse un modelo educativo cuando sus propios creadores se acusan mutuamente de traición ideológica o de tibieza neoliberal?
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En consecuencia, el verdadero perdedor aquí no es ni Arriaga ni Delgado, sino el sistema educativo. Mientras los funcionarios juegan a las vencidas por el control político de la SEP, la calidad educativa queda en segundo plano. La educación pública no necesita “agitación” ni comités de defensa ideológica; necesita certeza, presupuesto y resultados.
Al final del día, este cisma expone una grieta en el gobierno: la lucha entre los radicales puros que añoran la confrontación permanente y los operadores políticos que buscan gobernabilidad. Y en medio de ese fuego cruzado, lamentablemente, están los estudiantes de México.

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