La estructura de poder que protegió a Jesús Ramírez Cuevas durante seis años se desmorona. Entre libros reveladores y escándalos inmobiliarios, la presidenta Sheinbaum evalúa una “salida elegante” para evitar que el fuego alcance su gestión.
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La tensión en los pasillos de Palacio Nacional ha alcanzado su punto de ebullición este jueves. Tras días de silencio ante las explosivas revelaciones del libro “Ni venganza ni perdón”, Jesús Ramírez Cuevas finalmente rompió el silencio. De manera tajante, el actual Coordinador de Asesores calificó la obra de Julio Scherer como un “pasquín inmundo” y un “libelo”, asegurando que las acusaciones de un desfalco de 27 mil millones de pesos carecen de sustento legal.
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No obstante, el desmentido no ha logrado sofocar el incendio. La respuesta de Ramírez, lejos de calmar las aguas, ha sido interpretada por analistas como un síntoma de zozobra interna. Efectivamente, el vocero se defiende alegando que es víctima de una campaña de desprestigio por parte de quienes buscan fracturar la continuidad de la 4T. Por el contrario, las pruebas presentadas sobre el decreto para extrabajadores de Luz y Fuerza sugieren un boquete financiero que el ciudadano común terminará pagando vía impuestos.
En este sentido, la sombra de Sergio Carmona sigue siendo el flanco más débil. Aunque Ramírez niega cualquier vínculo con el “Rey del Huachicol”, las investigaciones que cruzan la frontera con Estados Unidos mantienen a la expectativa al gabinete de seguridad. A pesar de que la presidenta Claudia Sheinbaum le otorgó un espaldarazo público en la “mañanera”, calificándolo como un “hombre de principios”, el costo político de mantenerlo es cada vez más difícil de ignorar.
Mientras tanto, el nombre de Gerardo Esquivel no deja de sonar en los conciliábulos del poder. La posibilidad de un relevo técnico no es solo un rumor; representa la necesidad de Sheinbaum de blindar su gestión frente a los escándalos heredados. Por lo tanto, la “salida elegante” que se mencionaba al inicio de la la semana se ha transformado en una urgencia estratégica para evitar que el gobierno pierda tracción en temas críticos como la inversión y el empleo.
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Finalmente, la moneda está en el aire. La defensa de Ramírez es una apuesta de todo o nada: si logra sobrevivir al embate de Scherer, se consolidará como el último guardián del obradorismo puro. De lo contrario, su caída marcará el inicio de una purga técnica en el corazón del staff presidencial.

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