Tren Interoceánico: 13 muertos en Oaxaca y la pregunta incómoda sobre la Línea Z

descarrilamiento del Tren Interoceánico

El Tren Interoceánico descarriló en la Línea Z, en Nizanda, Oaxaca, con 241 pasajeros. El reporte oficial más reciente confirma 13 muertes y 98 lesionados, mientras crece la exigencia de una explicación técnica clara.

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El domingo 28 de diciembre de 2025, el Tren Interoceánico dejó de ser promesa y se volvió tragedia. En la Línea Z, a la altura de Nizanda, Oaxaca, la máquina principal se descarriló con 241 pasajeros a bordo. El saldo oficial más reciente reportó 13 muertes.

Además, la propia autoridad informó 98 lesionados, con decenas hospitalizados. Sin embargo, la comunicación inicial habló de 20 heridos y poco más. Esa brecha no es un detalle: cuando fallan los datos, también se erosiona la confianza.

La Semar, encargada del tren, ofreció condolencias y prometió actuar con transparencia. Mientras tanto, la presidenta Claudia Sheinbaum instruyó que el titular de Marina y un subsecretario de Gobernación acudieran al sitio para atender a las familias. También se movilizaron enlaces del IMSS e IMSS-Bienestar.

Ese despliegue humano importa, aunque no responde la pregunta central: ¿por qué ocurrió? Hasta ahora, no se ha informado una causa técnica confirmada. Por eso, cada hora sin explicación abre espacio a rumores, especulación política y, sobre todo, miedo entre usuarios.

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Para el ciudadano común, el asunto es simple: “Me subí a un tren federal y no llegué”. En consecuencia, el debate no debería arrancar en el pleito partidista, sino en la seguridad ferroviaria: mantenimiento, supervisión, señalización, velocidades permitidas y protocolos de operación.

Aun así, la oposición ya culpó a Morena y a AMLO por “prisas políticas” y por la operación bajo control militar. De hecho, el señalamiento toca un nervio: cuando una obra se vuelve símbolo, el incentivo cambia. Entonces, la propaganda compite con la ingeniería.

Ahora bien, poner a la Marina al frente no vuelve “bueno” o “malo” el servicio por definición. Pero sí obliga a estándares medibles y auditables, porque se trata de vidas. Además, administrar infraestructura civil requiere experiencia ferroviaria, no solo disciplina operativa.

Por ejemplo, la transparencia real se ve en bitácoras públicas de mantenimiento, auditorías externas periódicas y metas de confiabilidad por tramo. Asimismo, se necesitan sanciones claras si alguien recortó pruebas, omitió reportes o aceleró la operación sin condiciones.

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El impacto también pega en el bolsillo. El Corredor Interoceánico depende de confianza para atraer industria, turismo y carga; cada accidente encarece seguros, frena inversiones y golpea a comunidades que esperan empleo. Mientras tanto, la gente paga el costo invisible: más riesgo y menos credibilidad.

Por eso urge un peritaje independiente: vía, durmientes, señalización, estado del tren, capacitación, decisiones del día del siniestro y respuesta de emergencias. Además, se requiere una línea de tiempo pública con datos verificables para corregir fallas, no solo cerrar el tema.

Si el gobierno quiere que el proyecto trascienda sexenios, debe tratarlo como servicio público, no como trofeo. En consecuencia, la discusión tiene que moverse del “quién lo inauguró” al “quién responde” y “qué cambia” para que no se repita.

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