2027 ya empezó en Morena: la pelea no es con la oposición, es por el control de AMLO y Sheinbaum

elecciones 2027 en Morena

Las elecciones de 2027 aún no llegan, pero en Morena ya se reparten posiciones: el equipo de Sheinbaum contra los leales a AMLO. Y cuando el poder se pelea adentro, el ciudadano paga afuera.

Editorial | Elecciones

Análisis

Política Gurú

Las elecciones 2027 todavía no arrancan en el calendario, pero ya arrancaron en la realidad. Además, no se sienten como competencia democrática, sino como guerra interna de señales, vetos y “cortes” que se organizan mucho antes de que el ciudadano vea una boleta.

Durante años, el manual fue claro: quien buscaba una candidatura relevante pedía el guiño del presidente en turno. Sin embargo, hoy el dilema es otro: en Morena se miden los equipos de Claudia Sheinbaum contra los grupos que todavía esperan la venia de AMLO.

Por eso el pleito ya no es ideológico. En cambio, es de mando: quién reparte posiciones, quién cobra lealtades y quién controla la marca. Cuando dos jefaturas compiten, el partido se disciplina hacia adentro… y el país se queda esperando hacia afuera.

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Y 2027 no es “una elección más”. Se renueva la Cámara de Diputados y se disputan 17 gubernaturas; por lo tanto, se juega presupuesto, seguridad local y capacidad de gestión. Si el oficialismo llega dividido, la factura se traslada a los estados: coordinación rota y decisiones congeladas.

Mientras tanto, la maquinaria ya opera como campaña permanente. Se “miden” aspirantes, se reparten territorios y se mandan mensajes por debajo de la mesa. Así, la conversación pública se llena de nombres y encuestas, pero se vacía de resultados: medicinas, transporte, agua, empleo y seguridad.

En paralelo, Morena insiste en el método de encuestas y presume reglas contra el nepotismo. Pero si la regla se dobla por conveniencia, entonces la encuesta funciona como coartada. Y ahí aparecen aspirantes eternos, como Félix Salgado Macedonio, dispuestos a forzar estatutos y tiempos.

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El costo ciudadano es doble. Por un lado, se gobierna con el ojo en la sucesión y eso empuja gasto de propaganda, discrecionalidad y decisiones para la foto. Por otro, se normaliza la idea de que el poder “se hereda”, aunque el discurso lo niegue.

Además, la oposición mira el espectáculo con un problema peor: la irrelevancia. Porque si no construye opciones serias, la contienda se reduce a la pelea del oficialismo consigo mismo. En consecuencia, el ciudadano termina votando entre facciones, no entre proyectos.

La pregunta de fondo es práctica: ¿puede gobernar una presidenta si el partido actúa como si existiera una presidencia informal? La historia mexicana ya vio capítulos parecidos, y suelen terminar igual: el Estado se llena de mensajeros, no de decisiones.

Sheinbaum no necesita dramatismos, pero sí algo elemental: reglas que se cumplan y un mando político claro rumbo a 2027. De lo contrario, seguiremos con una presidencia formal y otra en sombras. Y ninguna democracia aguanta mucho cuando gobiernan dos manos.

Fuente: Verónica Malo Guzmán, Opinión de Verónica Malo Guzmán, publicada en SDPNoticias.

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