Si la reforma electoral abre una ventana política, Alfonso Durazo quiere colarse por ella rumbo a Segob. En Palacio escuchan su ofrecimiento: “Yo arreglo” con PVEM y PT.
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Si la reforma electoral abre una ventana política, Alfonso Durazo quiere colarse por ella rumbo a Segob. En Palacio escuchan su ofrecimiento: “Yo arreglo” con PVEM y PT. Pero, en un gobierno que hoy premia la disciplina, venderse como mediador también es apuesta de alto riesgo.
El choque es simple: Morena quiere recortar plurinominales y bajar prerrogativas; Verde y PT ven ahí su oxígeno. Por eso, aunque en público piden “diálogo”, en privado calculan cuántos escaños y cuánto dinero perderían. Y cuando se toca su supervivencia, la lealtad siempre se renegocia.
Además, desde la cúpula se percibe una línea dura. La idea de pesquisas de la UIF sobre figuras aliadas opera como recordatorio: la coalición es alianza, pero también es control. En ese clima, Durazo ofrece la zanahoria: consenso sin ruptura y sin que la reforma parezca golpe al árbitro.
Para Claudia Sheinbaum, el “corazón” es político y de narrativa: ahorro, reglas contra nepotismo y ajustes que vendan orden. Si se queda solo en limitar órganos electorales, el costo reputacional crece, justo cuando el tema se vuelve termómetro de fuerza y cohesión.

Sheinbaum ya marcó el carril: no abrirá mesa con la oposición ni con PVEM y PT; la negociación irá por Segob, hoy encabezada por Rosa Icela Rodríguez. En otras palabras: quien opere, manda. Y ahí Durazo intenta moverse, porque Bucareli no es solo un escritorio: es el tablero.
Mientras tanto, la “Ley Esposa” en San Luis Potosí dejó una postal. Manuel Velasco celebró el veto de Gallardo a una reforma que, según críticas, abría camino a la candidatura de su esposa. La prisa revela nervios: si el Verde se siente acorralado, puede tensar la mayoría.
Dentro de Morena, además, el problema no es solo sumar militantes; es dominar la conversación pública. En Palacio se comenta decepción con la dirigencia y con el aparato territorial. Por eso, un operador como Durazo suena, aunque él sospecha que lo “empujan” para controlarlo, no para premiarlo.
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Y aquí entra otro actor: Omar García Harfuch. Si Seguridad acumula control territorial e inteligencia, Gobernación pierde margen como “control político”. Entonces, cualquier aspirante a Segob incomoda, porque mueve equilibrios internos. Durazo lo sabe y, por eso, se vende como solución “sin pleito”.
En paralelo, ya se filtran puntos: recorte de un 20 % al financiamiento público y eliminación de 132 espacios plurinominales, además de cambios operativos. Para el ciudadano común suena bien “ahorrar”; sin embargo, también implica rediseñar representación y contrapesos.
El cierre es incómodo: la reforma puede venderse como eficiencia, pero se cocina como disputa de poder. Si Durazo se coloca como arquitecto del acuerdo, gana reflectores y llave de Bucareli. Si falla, paga el costo de haber pedido la silla antes de tiempo.

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