El caso de huachicol fiscal en la Marina ya dejó mandos presos y marinos muertos. Aun así, dos oficiales cercanos al clan Farías-Ojeda fueron ascendidos, encendiendo focos rojos dentro y fuera de México.
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En la Marina no hay calma. Aunque avanzan las investigaciones por huachicol fiscal, en los pasillos navales se habla de traiciones y recompensas.
La red ligada a los sobrinos políticos de Rafael Ojeda Durán es acusada de mover combustible ilegal desde Tamaulipas y otras aduanas durante varios años.
Según las carpetas, entraron decenas de buques con diésel disfrazado de aditivos. Así se evadieron impuestos y se desviaron millones fuera del erario público.
El escándalo estalló tras el decomiso de un barco con diez millones de litros irregulares en el Golfo. Después vinieron cateos y detenciones.
Entre los señalados está el vicealmirante Manuel Roberto Farías Laguna, preso. Su hermano, contraalmirante Fernando Farías, acumula órdenes de captura y amparos; sigue sin aparecer.

Las autoridades presumen el caso como el mayor golpe militar a la corrupción del sexenio. Sin embargo, en la tropa la lectura es menos triunfalista.
En plena tormenta ascendieron al almirantazgo a Ramiro Lobato Camacho y a Martín Enrique Barney, mandos vistos cercanos al grupo de los Farías.
Con Lobato Camacho hubo trato directo cuando fue inspector general de Marina. Supervisaba puertos clave, contratos y movimientos internos que hoy también están bajo revisión.
Con Barney, los sobrinos habrían dado visto bueno para su llegada a la IX Región Naval. Ese antecedente pesa ahora como una ancla política incómoda.
Cercanos al actual secretario Raymundo Morales insisten en que ninguno de los dos está bajo investigación formal. Aseguran que sus expedientes internos aparecen completamente limpios.
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Aun así, en cubiertas y camarotes muchos marinos sienten otro mensaje. Ven que los castigos llegan abajo, mientras los cuadros cercanos al antiguo círculo sobreviven.
Además, las muertes dudosas y las versiones de suicidios relacionados con el expediente alimentan la idea de que el caso solo se está administrando.
Al mismo tiempo, Morales intenta recomponer la relación con el Pentágono, clave para operaciones contra narcolanchas y tráfico en el Pacífico y el Golfo.
Mientras tanto, en Washington observan con lupa cada movimiento. Preguntan si realmente se rompió la cadena de complicidades o solo se cambiaron algunos nombres.

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