Editorial | Política
Análisis
Política Gurú
En el tablero de Morena, la salida de Adán Augusto de la coordinación en el Senado no se entiende como un trámite administrativo. Más bien, es la señal de que Claudia Sheinbaum empezó a ejercer control real sobre su mayoría legislativa.
De acuerdo con reportes públicos, el relevo quedó en manos de Ignacio Mier Velazco, quien asumió la conducción del grupo y de la Jucopo desde el 1 de febrero. Ese movimiento, aunque se vendió como “decisión personal”, reacomoda incentivos y lealtades rumbo a 2027.
Ahora bien, la conversación de fondo no es solo quién reparte turnos y agenda. Lo que está en juego es la administración del riesgo: reputación, expedientes y costo electoral. En ese contexto, el caso de Hernán Bermúdez Requena se volvió un catalizador incómodo.
Bermúdez —exfuncionario de Tabasco— fue detenido tras meses prófugo y su nombre ha sido ligado a una red criminal local. Aunque las responsabilidades penales se determinan en tribunales, políticamente el episodio reactivó preguntas: quién nombró, quién supervisó y quién se benefició. Ese ruido pega al corazón del movimiento.
Te puede interesar: Salinas Pliego vs. Jesús Ramírez: Choque por “huachicol fiscal” y fractura en la 4T
En paralelo, la columna “Así se gestó la salida de Adán Augusto” describe, como reconstrucción de fuentes, una negociación para dejar el mando parlamentario bajo garantías específicas. Conviene subrayarlo: son versiones periodísticas, no hechos judicialmente probados, pero retratan un clima de desconfianza interna.
Según esa narrativa, el núcleo sería blindar al político con fuero y, además, mover piezas sensibles en la Fiscalía. Ahí aparecen nombres como Alejandro Gertz Manero y Ernestina Godoy. Si acuerdos así existieran, el mensaje ciudadano sería durísimo: la impunidad seguiría siendo moneda de cambio.
Sin embargo, también hay una lectura menos conspirativa y más pragmática. Para un gobierno que necesita mostrar mando, separar a un operador desgastado baja la presión diaria y compra tiempo para reordenar al partido. Por eso, el “movimiento” sacrifica una figura para intentar proteger el proyecto.
Además, el relevo por Mier manda una señal hacia adentro: la disciplina legislativa se centraliza y la negociación se profesionaliza. Con ello, Sheinbaum gana margen para empujar reformas sin que el Senado sea rehén de tribus internas. Aun así, el control total rara vez existe: las lealtades se cobran.
Síguenos en Bluesky para mantenerte siempre informado.
Aquí entra la variable electoral y la sombra de Andrés Manuel López Obrador. Si Adán Augusto migra al trabajo territorial, su valor no desaparece; cambia de cancha. En México, 2027 es la gran bolsa de poder: candidaturas, presupuestos locales y redes que luego pesan en 2030.
De hecho, la columna sugiere la intención de operar una “presidencia paralela” dentro del partido y jugar contras en plazas donde no haya consenso, incluso en estados clave como Chihuahua. En política interna, esa amenaza funciona como palanca de negociación.
Si esa estrategia se materializa, el riesgo para el ciudadano común es doble. Primero, más pleito interno y menos foco en seguridad y servicios. Segundo, decisiones públicas tomadas por cálculo faccioso, no por resultados, justo cuando la economía familiar está apretada.
Mientras tanto, la dirigencia formal de Morena intenta sostener unidad hacia afuera y ajustes hacia adentro. La tensión real es si el partido puede corregirse sin romperse y, sobre todo, si la promesa de transformación resiste cuando la élite se protege a sí misma.
Crédito: Editorial basada en la columna Miocardio de Claudio Ochoa Huerta, publicada en El Universal.
Be the first to comment on "Sheinbaum mueve el tablero: la salida de Adán Augusto y el pulso interno en Morena"