Se acabó el blindaje venezolano y el efecto dominó ha llegado al Caribe. Con Nicolás Maduro fuera de la ecuación, Donald Trump ha girado la mira telescópica hacia su objetivo histórico favorito: Cuba. Y el momento no podría ser peor para La Habana.
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Se acabó el blindaje venezolano y el efecto dominó ha llegado al Caribe. Con Nicolás Maduro fuera de la ecuación, Donald Trump ha girado la mira telescópica hacia su objetivo histórico favorito: Cuba. Y el momento no podría ser peor para La Habana. La isla atraviesa su hora más vulnerable, una “tormenta perfecta” de crisis energética, bancarrota moral y aislamiento geopolítico.

La reciente advertencia de Trump desde la Casa Blanca fue un ultimátum directo: “No habrá más petróleo ni dinero yendo a Cuba”. No es una amenaza vacía. La caída de Maduro significó el fin del salvavidas que Hugo Chávez y Fidel Castro diseñaron a principios de siglo: petróleo casi regalado a cambio de médicos y, crucialmente, agentes de inteligencia y militares. La muerte de 32 escoltas de élite cubanos en Venezuela no solo destrozó el mito de su invencibilidad, sino que confirmó lo que el régimen siempre negó: su injerencia militar directa para sostener al chavismo.
El impacto para el ciudadano de a pie es devastador e inmediato. Sin los 50 mil barriles diarios que Venezuela ya no puede enviar, Cuba se apaga literalmente. La Navidad de 2025 fue la más oscura del siglo, con el 62 % del territorio sin electricidad simultáneamente. Las viejas termoeléctricas no dan más y no hay diésel para los generadores. La ecuación es simple y brutal: sin mecenas petroleros, la isla entra en un colapso energético crónico.
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Mientras el presidente Miguel Díaz-Canel desempolva el viejo manual de culpar exclusivamente al “bloqueo” estadounidense por la catástrofe, la realidad en las calles cuenta otra historia. Desde las protestas del 11-J en 2021, cerca de 2 millones de cubanos han votado con los pies, huyendo de la miseria y de una represión que mantiene a más de mil presos políticos. Washington sabe que el régimen es inviable, pero en Florida tiemblan ante la posibilidad de que el colapso final provoque un nuevo éxodo masivo tipo Mariel. Trump aprieta, pero nadie sabe si La Habana aguantará la presión o estallará en pedazos.

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