A Donald Trump le gusta gobernar con frases incendiarias. Este lunes 5 de enero de 2026 dijo que la presidenta Claudia Sheinbaum “tiene miedo” de los cárteles y revivió el fantasma de una invasión.
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A Donald Trump le gusta gobernar con frases incendiarias. Este lunes 5 de enero de 2026 dijo que la presidenta Claudia Sheinbaum “tiene miedo” de los cárteles y revivió el fantasma de una invasión. Sheinbaum lo negó y cerró la puerta: intervención extranjera no es opción.
Sin embargo, el problema real no es el intercambio de declaraciones. El riesgo está en el daño colateral: cuando desde Washington se instala la idea de que México “no puede” con el narcotráfico, se normaliza la receta de “soluciones militares”.
Además, esa narrativa encarece el costo país: se enfría la inversión, se endurecen fronteras y se castiga al comercio legal. En otras palabras, una frase puede terminar en inspecciones más lentas, costos logísticos más altos y empleos bajo presión.
Sheinbaum insiste en la línea correcta en el plano diplomático: cooperación sí, subordinación no. Incluso contó que Trump ha insistido en permitir el ingreso del Ejército estadounidense. Ese mensaje protege la soberanía; pero el Gobierno debe sostener el “no” con resultados medibles.

Porque, aunque el Palacio marque distancia, en la calle manda otra conversación. La violencia y la extorsión no se debaten en conferencias: se pagan en comercios, transportes y colonias. Y mientras la narrativa se centra en “no habrá invasión”, el ciudadano pregunta: ¿quién lo cuida hoy?
Sheinbaum repite cuatro ejes: atención a las causas, consolidación de la Guardia Nacional, más inteligencia e investigación y mejor coordinación. Suena ordenado; no obstante, el reto está en el detalle: qué metas trimestrales se fijan, qué territorios priorizan y cómo se castiga la impunidad sin maquillaje estadístico.
Mientras tanto, la retórica de Trump ya se tradujo en decisiones: su administración designó a cárteles mexicanos como organizaciones terroristas y voces en Washington han coqueteado con usar al Ejército “si es necesario”. Ese marco sube la presión sobre México y alimenta la idea de una acción unilateral.
Entonces, el dilema para México es doble. Primero, contener la presión externa sin escalar una crisis bilateral. Segundo, demostrar control interno sin caer en la tentación de militarizarlo todo o de maquillar cifras. Si el Gobierno falla en cualquiera, pierde: o cede narrativa, o pierde legitimidad.
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Por lo mismo, la respuesta más inteligente no es solo “no”. También es transparencia: mapas de incidencia por municipio, detenciones con judicialización, decomisos con trazabilidad y evaluación pública de policías locales. Y, sobre todo, proteger víctimas y testigos, porque sin confianza no hay denuncia ni inteligencia.
Al final, Sheinbaum tiene razón al rechazar una “solución” importada a balazos. Pero esa postura se sostiene únicamente si el Estado recupera territorio, reduce el cobro de piso y muestra que la seguridad no depende de discursos, sino de capacidad. De lo contrario, Trump seguirá hablando… y México seguirá pagando.

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