La metamorfosis política ha concluido. Claudia Sheinbaum entra en su etapa de autonomía total, desplazando a los “intocables” y asumiendo el mando en primera persona.
Editorial | Política
Análisis
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La metamorfosis política de México ha llegado a su punto crítico. Claudia Sheinbaum dejó atrás la sombra del carisma ajeno para tomar las riendas con mano propia. Por consiguiente, el panorama nacional se reconfigura bajo una nueva lógica de mando directo y sin concesiones.
En primer lugar, debemos recordar la tesis de Jorge Zepeda Patterson sobre las “cuatro Sheinbaum”. La candidata, la electa y la presidenta del primer año fueron etapas de acumulación de poder. No obstante, hoy presenciamos la versión definitiva: la que gobierna en primera persona.
Efectivamente, tras 16 meses de gestión, la presidenta ya no administra herencias. Por el contrario, ella ha comenzado a producir futuro mediante el control de los nodos fundamentales del Estado. Asimismo, la toma de posiciones en la UIF y la Fiscalía confirma esta nueva realidad.

¿Qué significa esto para ti, el ciudadano de a pie? Básicamente, implica que la bicefalia política ha muerto. En consecuencia, las políticas públicas ya no dependen de inercias del pasado, sino de una estrategia centralizada. Además, esto facilita la rendición de cuentas: el mando es uno solo.
Sin embargo, este control absoluto viene con un costo político elevado. Por un lado, Sheinbaum ha desplazado a figuras que parecían intocables, como Adán Augusto López o Arturo Zaldívar. De igual forma, esto demuestra que la “unidad” partidista es ahora una herramienta y no un fin.
Adicionalmente, es vital entender que no hay una ruptura ideológica con la 4T. Por el contrario, los principios fundacionales siguen intactos en la narrativa oficial. Pese a esto, la forma de ejecutar las órdenes ha cambiado radicalmente hacia una eficiencia institucional más rígida y técnica.
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Por lo tanto, el reacomodo de piezas marca el inicio de una etapa donde la lealtad se mide con resultados. En este sentido, la presidenta ha decidido asumir la responsabilidad total de todas las áreas de gobierno. Ciertamente, ya no existen zonas de confort para los funcionarios heredados.
Finalmente, toda presidencia se define cuando deja de mirar el espejo retrovisor. Por consecuencia, la cuarta Sheinbaum ya no tiene márgenes para refugiarse en el pasado. Efectivamente, el poder que hoy concentra es tan amplio que solo le permite gobernar hacia delante.
En conclusión, el ciudadano común verá un gobierno más vertical y menos nostálgico. No obstante, queda la duda de si este control servirá para ordenar intereses genuinos o simplemente para administrarlos. De cualquier modo, la era de la “fiel discípula” ha terminado formalmente.
Editorial basada en la columna de Carlos A. Pérez Ricart en su columna de Opinión, publicada en El Reforma.

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