Entre la advertencia de la FAA y la frase “en territorio nacional no hay nada”, el tema ya no es solo diplomático: es percepción de riesgo, soberanía y costos reales para vuelos, turismo y comercio.
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La presidenta Claudia Sheinbaum soltó una frase corta, pero cargada: “En territorio nacional no hay nada”. Con eso negó que Estados Unidos esté ejecutando operaciones militares en México, tras la advertencia de la FAA a aerolíneas y pilotos estadounidenses para extremar precauciones al volar sobre regiones cercanas a México y otros países.
El punto fino es que un aviso aeronáutico no se publica “por deporte”. Normalmente, responde a riesgos concretos: actividad militar, posibles interferencias GPS o escenarios donde aeronaves operan con patrones distintos a los civiles. Por eso, aunque el documento sea “preventivo”, el mensaje de fondo es incómodo: el ambiente regional está más tenso y el cielo también lo resiente.

Ahora bien, SICT salió a matizar: el NOTAM no es una prohibición, no impone restricciones a México y aplica a operadores bajo jurisdicción estadounidense. En otras palabras, el gobierno mexicano intenta evitar pánico y proteger dos cosas a la vez: la soberanía y la confianza operativa de la aviación civil.
Sin embargo, la tensión no nace del NOTAM; nace del discurso político. Donald Trump insiste en que México está “controlado por cárteles” y habla de “atacar por tierra”. Ese tipo de declaraciones no solo enciende la conversación pública: también presiona a agencias, rutas comerciales y decisiones de seguridad en un corredor donde se mueven turismo, inversión y carga.
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Además, el ruido se amplifica cuando Washington presume golpes “contundentes” en la región y abre la puerta a acciones más agresivas. Aunque cada país es un tablero distinto, el ciudadano común lo traduce a una pregunta simple: ¿se está negociando la seguridad con hechos o con narrativas?
En el día a día, el impacto llega por vías prácticas. Primero, viajes: más cautela implica potenciales ajustes de rutas, seguros, costos y percepciones. Segundo, economía: cuando el riesgo sube en el radar, sube la incertidumbre y se encarece la logística. Tercero, política interna: la oposición acusa debilidad; el oficialismo responde con soberanía.
Por eso el verdadero reto de Sheinbaum no es solo negar, sino explicar. Si “no hay nada”, entonces conviene precisar qué se coordina, qué no se permite y cómo se garantiza la seguridad aérea. Porque, mientras el discurso se vuelve más duro, la gente solo pide una cosa: certeza.

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