Pleito Morena-Verde, el delirio de ‘Alito’ y la carrera Harfuch-Ebrard: La obsesión por el 2030.

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Apenas arranca el sexenio y la política mexicana ya vive en el futuro. Desde la ruptura Morena-Verde en San Luis Potosí hasta el insólito auto-destape de ‘Alito’ Moreno, analizamos la prematura fiebre sucesoria.

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Apenas hemos superado el primer año de gobierno y, sorprendentemente, la clase política mexicana ya vive en el 2030. Mientras el ciudadano común navega la inflación y la inseguridad diaria, las cúpulas partidistas han decidido ignorar el presente para enfrascarse en una prematura guerra de sucesiones.

Por un lado, la alianza oficialista muestra grietas profundas. La llamada “Ley Esposas” en San Luis Potosí no es una anécdota local; es un síntoma de descomposición. El Partido Verde (PVEM), fiel a su pragmatismo histórico, desafió abiertamente la línea de Claudia Sheinbaum al legalizar la alternancia de género para que la esposa del gobernador Ricardo Gallardo pueda sucederlo. En consecuencia, Palacio Nacional lanzó una desautorización política, pero el Verde, envalentonado, ya marca su territorio.

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Sin embargo, el cinismo no es exclusivo del oficialismo. En la oposición, Alejandro ‘Alito’ Moreno ha protagonizado el acto de negación más espectacular del año. Tras reconocer que el PRI recibió “una chinga” en 2018 y una “súper madriza” en 2024, su conclusión no fue la renovación, sino el auto-destape. Moreno desdeña las candidaturas ciudadanas y afirma tener el “carácter” para el 2030, ignorando que su marca política arrastra un rechazo histórico.

Por otra parte, dentro de Morena, la maquinaria de la sucesión ya tritura nombres. Las encuestas colocan a Omar García Harfuch y a Marcelo Ebrard en un empate técnico, adelantando una competencia feroz. Harfuch capitaliza la percepción de seguridad entre la base dura, mientras Ebrard se perfila como el bombero económico ante la era Trump. Es decir, la gabinete ya no solo gestiona; compite.

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Finalmente, este escenario revela una verdad incómoda: para la clase política, el sexenio actual es mero trámite. Ya sea estirando la liga de la alianza, alucinando con resurrecciones priistas o midiendo popularidad en el gabinete, todos miran al 2030. La pregunta es: ¿quién gobierna el 2025 mientras ellos juegan al futuro?

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