Félix Salgado se baja de Guerrero, pero exhibe la grieta de Morena por el nepotismo

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Félix Salgado Macedonio dijo que no buscará la gubernatura de Guerrero en 2027 por el candado antinepotismo de Morena, pero aprovechó el anuncio para cuestionar la congruencia de la dirigencia nacional y reabrir una tensión que el oficialismo no ha logrado desactivar.

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Félix Salgado Macedonio volvió a poner el dedo en una de las heridas más incómodas de Morena. El senador aseguró que no competirá por la gubernatura de Guerrero en 2027, pero usó ese mismo anuncio para cuestionar la coherencia interna del partido en su cruzada contra el nepotismo.

La señal es doble. Por un lado, Salgado acepta que el estatuto morenista le cierra hoy la puerta a una candidatura, debido a que su hija, Evelyn Salgado, gobierna actualmente el estado. Por otro, deja claro que no se va en silencio. Su mensaje en redes fue una crítica directa, aunque sin destinatarios con nombre y apellido, a una dirigencia que presume reglas éticas mientras, según él, tolera familias enteras instaladas en espacios de poder.

Ahí está el fondo del problema. Morena decidió adelantarse al calendario legal y aplicar desde 2027 un candado interno contra candidaturas de familiares directos, aunque la reforma constitucional sobre nepotismo electoral fue movida para entrar en vigor hasta 2030. En términos políticos, el partido quiso vender congruencia. En términos prácticos, abrió una nueva fuente de conflicto entre sus propios cuadros.

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Eso explica el malestar de Salgado. El senador llevaba tiempo como figura natural en la conversación sucesoria de Guerrero. No era un aspirante marginal ni una ocurrencia aislada. Era, de hecho, uno de los nombres más visibles dentro del oficialismo local. Por eso su exclusión no solo tiene peso personal; también exhibe el costo interno de imponer reglas que golpean intereses regionales muy concretos.

La paradoja es evidente. Morena quiere presentarse como el partido que corrige viejas prácticas de la política mexicana, pero cada intento por disciplinar a los suyos termina mostrando que el problema no era solo discursivo, sino estructural. Cuando un movimiento necesita recordarse a sí mismo que no debe heredar candidaturas, la discusión deja de ser moral y se vuelve de control político.

Además, lo de Guerrero no es un caso aislado. En San Luis Potosí, la posibilidad de que Ruth González, esposa del gobernador Ricardo Gallardo, entre a la disputa ya tensionó la relación con el Partido Verde. En Zacatecas, el apellido Monreal sigue metido en la ecuación sucesoria. Es decir, la regla antinepotismo no solo ordena el tablero: también desacomoda pactos, despierta agravios y obliga a la dirigencia a decidir hasta dónde está dispuesta a aplicar el mismo rasero.

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Para el ciudadano común, este pleito sí importa. No porque se trate de una batalla de egos, sino porque vuelve a poner sobre la mesa una pregunta de fondo: si los partidos quieren abrir la competencia o seguir administrando el poder como asunto de familia. También importa por otra razón: porque la credibilidad de cualquier regla depende menos del discurso que de su aplicación pareja.

Salgado, en ese sentido, no solo se bajó de la contienda. También dejó sembrada una sospecha incómoda para su propio partido: que el antinepotismo puede ser principio cuando conviene, pero estorbo cuando toca a los cercanos correctos.

Morena quiso enviar una señal de autoridad rumbo a 2027. Lo que obtuvo, al menos por ahora, fue otra muestra de que ordenar la casa será bastante más difícil de lo que dicta el eslogan.

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