México condenó el ataque militar de Estados Unidos en Venezuela y lo llamó una violación al Artículo 2 de la Carta de la ONU. Sin embargo, el mensaje real va más allá del comunicado.
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México condenó el ataque militar de Estados Unidos en Venezuela y lo llamó, con razón, una violación al Artículo 2 de la Carta de la ONU. Sin embargo, lo relevante no es el comunicado: es lo que México intenta decirle al mundo y, de paso, a su propia audiencia.
Porque, aunque la soberanía se defiende en discursos, en la práctica se negocia todos los días. Por eso, cuando la SRE habla de “acción unilateral” y de “zona de paz”, también está enviando un mensaje interno: el gobierno quiere verse como árbitro moral, incluso cuando su casa arde.
Además, la condena sirve como cortina de humo. Mientras se habla de Caracas, se deja en segundo plano la agenda doméstica: violencia, impunidad y una sensación cotidiana de inseguridad que no se resuelve con frases solemnes. En cambio, se presume una vocación pacifista como si bastara para blindar al ciudadano.

Aun así, el tema no es menor. Cualquier escalada entre Washington y Caracas afecta flujos de migración, mercados de energía y tensiones regionales. En consecuencia, México apuesta por el libreto del derecho internacional: diálogo, negociación y la ONU como bombero diplomático.
El problema es que la ONU no apaga incendios con rapidez, y todos lo saben. Por lo tanto, pedir “acción inmediata” suena correcto, pero también cómodo: traslada la presión a un organismo lento y altamente politizado, mientras los hechos avanzan a velocidad de drones y misiles.
Asimismo, la mención a América Latina como “zona de paz” es una aspiración, no una garantía. De hecho, la región ya vive conflictos de baja intensidad: crimen transnacional, tráfico de armas y economías ilegales que cruzan fronteras sin pedir visa. Eso también es guerra, solo que sin declaración oficial.
Y aquí está el impacto para la gente común: si la crisis sube, suben los costos. Puede encarecerse el transporte, presionarse el precio de combustibles y endurecerse el control migratorio. Además, cualquier choque diplomático abre espacio para narrativas extremas que luego se traducen en políticas más duras.
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Por otro lado, México anunció comunicación permanente con la comunidad mexicana en Venezuela. Esa parte sí importa: cuando hay tensión, lo primero es la seguridad consular. Sin embargo, el anuncio también recuerda algo incómodo: hay mexicanos en zonas donde la política exterior se decide con bombas, no con notas verbales.
En el fondo, el gobierno mexicano busca dos cosas: marcar distancia de una intervención y proyectar liderazgo regional. No obstante, ese liderazgo se mide por consistencia. Si se condena la fuerza afuera, también debe exigirse Estado de derecho adentro, con resultados, no con retórica.
Finalmente, México puede y debe defender el principio de no agresión. Pero, al mismo tiempo, debería explicar qué hará para que la “paz” no sea solo una palabra de cancillería, sino una realidad en calles, carreteras y hogares. Ahí es donde se gana credibilidad.

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