En un año marcado por ultimátums y aranceles, el binomio Ebrard-Harfuch se convierte en la columna vertebral de la presidenta Claudia Sheinbaum para frenar el ímpetu de un Donald Trump más impredecible que nunca.
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En el complejo ajedrez de la política binacional, la administración de Claudia Sheinbaum ha desplegado a sus dos piezas más letales. Marcelo Ebrard y Omar García Harfuch no solo son secretarios; hoy actúan como los pararrayos oficiales ante las constantes descargas de Donald Trump desde la Casa Blanca.
Sin embargo, la estrategia no es reactiva, sino de contención quirúrgica. Mientras Ebrard aplica su ya conocida técnica zen para absorber los golpes arancelarios, Harfuch consolida una interlocución inédita con las agencias de inteligencia estadounidenses. En consecuencia, la relación México-EE. UU. ha mutado en una simbiosis de supervivencia.

Por un lado, el canciller de la economía navega la tormenta del T-MEC. Su experiencia previa con el republicano le otorga una ventaja competitiva. No obstante, el reto actual es mayor, pues Trump ha decidido mezclar peras con manzanas: seguridad con comercio, usando los impuestos como un garrote político.
Por otro lado, la figura de García Harfuch emerge como el garante de la tranquilidad fronteriza. Los números son fríos: una caída del 89 % en el flujo migratorio y una reducción del 50 % en el tráfico de fentanilo. Además, esta eficiencia ha evitado que las amenazas de intervención militar pasen de la retórica a la acción.
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Para el ciudadano común, este despliegue de “cabezas frías” significa evitar que el precio de la canasta básica se dispare por aranceles punitivos. Asimismo, representa una apuesta por recuperar la paz interna mediante la colaboración con el FBI y la DEA, aunque esto implique ceder en soberanía operativa bajo la mesa.
En conclusión, Sheinbaum ha entendido que con Trump no se pelea, se negocia con resultados en la mano. Finalmente, el éxito de este primer año no radica en la ausencia de conflictos, sino en la capacidad de Ebrard y Harfuch para que los rayos de Washington no incendien el Palacio Nacional.

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