Un episodio incómodo en pleno ambiente mundialista abre una pregunta de fondo: cuando el enojo ciudadano deja de ser privado y se vuelve colectivo, el poder tiene dos opciones: descalificarlo o escucharlo.

#AsídeClaro | David Martínez Staines
Opinión
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Política Gurú
“Claudia, Claudia, chingas a tu madre”.
El grito que el gobierno no debería ignorar.
La frase es vulgar. No hay manera elegante de describirla. Sin embargo, quedarse únicamente en la grosería sería perder de vista el fenómeno político que representa.
Durante años, la clase gobernante mexicana ha insistido en que la voz del pueblo constituye la máxima fuente de legitimidad. Se ha invocado al pueblo para justificar reformas, decisiones de gobierno, consultas, campañas y proyectos de nación. Pero cuando ese mismo pueblo expresa su inconformidad de manera espontánea, el discurso cambia. Entonces aparecen las explicaciones que buscan minimizar el hecho: que son grupos infiltrados, que son provocadores, que son opositores organizados o que se trata de una minoría ruidosa.
Lo ocurrido en el Mundial merece una reflexión más seria.
Los estadios son uno de los pocos espacios públicos donde la ciudadanía habla sin intermediarios. No hay encuestas diseñadas por consultoras, no hay estrategas de comunicación, no hay filtros institucionales ni moderadores. Lo que emerge es una expresión directa, emocional y muchas veces brutal del estado de ánimo social.
Por eso el grito no debería analizarse como una anécdota deportiva, sino como un síntoma político.
A casi dos años del inicio de su administración, Claudia Sheinbaum enfrenta una realidad distinta a la que describen los discursos oficiales. La inseguridad continúa siendo una de las principales preocupaciones de millones de mexicanos. La extorsión sigue afectando a comerciantes y pequeños empresarios. El costo de vida continúa presionando a las familias. El sistema de salud sigue lejos de cumplir las expectativas prometidas. Y la percepción de que el país avanza en algunos indicadores no necesariamente coincide con la experiencia cotidiana de quienes enfrentan problemas concretos todos los días.
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La distancia entre la narrativa gubernamental y la realidad percibida por muchos ciudadanos parece haberse ampliado.
Esa desconexión es particularmente peligrosa para cualquier gobierno. La historia política demuestra que los gobernantes rara vez caen por culpa de sus adversarios. Generalmente, se desgastan cuando dejan de escuchar las señales de malestar provenientes de la sociedad.
Y los estadios suelen convertirse en un termómetro especialmente sensible.
No es la primera vez que ocurre. En distintas partes del mundo, eventos deportivos han servido como escaparate de inconformidades políticas. La razón es sencilla: cuando miles de personas se reúnen en un mismo lugar, las emociones individuales se transforman en expresiones colectivas. Lo que una persona piensa en silencio, una multitud puede convertirlo en consigna.
Por supuesto, tampoco sería serio concluir que un grito representa a toda la nación. México es un país plural, dividido en preferencias, ideologías y visiones de futuro. Existen millones de ciudadanos que respaldan a la presidenta y millones que no. Sin embargo, tampoco sería responsable ignorar el mensaje contenido en esas manifestaciones.
La pregunta relevante no es quién inició el grito.
La pregunta relevante es por qué tantas personas estuvieron dispuestas a repetirlo.
Cuando un gobernante mantiene altos niveles de confianza social, los intentos de protesta suelen diluirse. Cuando existe un sentimiento acumulado de frustración, enojo o decepción, la protesta encuentra terreno fértil para expandirse. Esa es la diferencia fundamental.
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El problema para el oficialismo no es una consigna ofensiva. El verdadero problema es que esa consigna puede ser la manifestación visible de un malestar más profundo. Un malestar que quizá no aparece en los eventos cuidadosamente organizados por el gobierno, pero que sí emerge en espacios donde la espontaneidad todavía existe.
La democracia implica escuchar tanto los aplausos como los reclamos. Los primeros alimentan la popularidad; los segundos advierten sobre los riesgos.
Por ello, el episodio debería preocupar menos por el lenguaje utilizado y más por lo que revela acerca del estado de ánimo de una parte de la sociedad mexicana.
Porque los insultos, por estridentes que sean, terminan desapareciendo.
Lo que permanece es la inconformidad que les dio origen.
Y cuando una parte importante de la ciudadanía deja de ver a sus gobernantes con respeto para empezar a verlos con enojo, el problema ya no es de comunicación política. Es de legitimidad, confianza y resultados.
Y cuando el descontento deja de expresarse en privado para convertirse en un coro multitudinario frente al mundo entero, cualquier gobierno haría bien en prestar atención.

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